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sábado, 10 de abril de 2010

La Chilindrina

Apenas hay mujeres en Comandos de Salvamento. Nunca fueron multitud, y con el pasar de los años cada vez son menos porque vestirse de amarillo es muy exigente. Así lo cree Rosa María Gálvez, apodada “Chilindrina”, quien recaló a mediados de los noventa en la institución y se empleó como socorrista primero y en la clínica ahora. ¿Pero a qué se refiere cuando llama exigente la labor del socorrista?

—No sé si se acuerda del último terremoto, en Santa Tecla. Estuvimos ocho días allí, ocho días sin llegar a la casa, sin cambiarnos. Y es más, yo ya ni comía, porque ya tenía penetrado en la nariz el olor a muerto. No le hallaba chiste a la comida. Para mí, eso fue lo más, lo más… este… escalofriante. Porque aparte, de primero sacábamos solo personas muertas, pero enteras, pero de los tres días para allá solo pedazos. Vísceras, o sea, ya no podíamos sacar nada entero. Sacábamos pedazos de pies, pedazos de manos… Las máquinas que metieron, aparte de que ya estaban podridos los cuerpos, los destripaban. Y es más, al final ya ni se recuperaba nada, porque los pedazos se los llevaba el camión de la tierra a botarlos, así.

Exigencia.

Físicamente Chilindrina no se parece para nada al personaje televisivo. Es coqueta –anillos, pulseras, uñas pintadas– y extrovertida, y su mirada es poderosa. Acaba de cumplir 35 años y desde hace siete es madre soltera de Andrea Abigail. Es su familia, dice. La acompaña siempre. Incluso cuando tiene turno nocturno su hija duerme con ella en las camas de la sede central. A Andrea le gusta mirar cómo trabaja su madre. En un rato aparecerá Julio César Ventura, un niño también de siete que vendrá con su padre para hacerse ver los puntos debajo de su cachucha. Chilindrina se pondrá los guantes y los revisará. Todo en su lugar, pero pronto aún para descoser.

—¿Una colaboracioncita? –Chilindrina señalará una alcancía candada.
—No, no tengo –responderá el padre, mirada al suelo.

Raro es que alguien deposite algo.


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Este es un fragmento de una larga crónica titulada La respuesta amarilla, que fue publicada el 6 de septiembre de 2009 en Séptimo Sentido, la revista dominical del diario salvadoreño La Prensa Gráfica.

jueves, 12 de noviembre de 2009

El parque de atracciones Verapaz

En unos minutos Jhonny Ramos se alterará un poco y sin dirigirse a nadie en particular, pero en alta voz para hacerse oír, dirá:

—¡Yo no sé por qué pasa la gente si la Policía cerró el paso! ¡…!

Eso será en unos minutos. Ahora está encorvado, intenta arrancar una motosierra.

Jhonny tiene 38 años, la piel oscura y el pelo rizado y negro como el joven Michael Jackson. Lleva puesto el overall amarillo chillón que identifica a la Ong Comandos de Salvamento y está al frente de la brigada que trabaja en el cruce de la 1.ª calle oriente con la 2.ª avenida norte, en la zona baja de Verapaz, San Vicente.

Es mediodía del lunes y Verapaz es un hervidero de gentes. La madrugada del domingo una correntada de lodo, rocas y árboles bajó del volcán Chichontepec y devastó este pequeño pueblo que rarísima vez aparecía en los noticieros. Hoy es distinto. Ni en las fiestas patronales se ve tan concurrido. Los menos han venido a ayudar, como Jhonny y su brigada. O a intentar ayudar al menos. Pero los más son curiosos que desde primera hora han llegado para ver con sus propios ojos la desgracia ajena. Los hay mirones, y también con cámaras de video, con cámaras fotográficas y con teléfono celular.

La Policía Nacional Civil ha colocado en la entrada a las calles más enlodadas bandas de plástico amarillas de esas que dicen POLICÍA NO CRUZAR, como las que pone cuando hay un asesinato. Pero el morbo puede más.

Hasta este cruce bajaron escombros arrastrados de todo el pueblo. El tapón es descomunal, inestable y surrealista. Lo que más se ve son troncos y raíces, pero también hay hierros retorcidos, rocas, cables, un poste del tendido eléctrico, un televisor, un par de refrigeradoras vacías, un paraguas abierto y un camión estrujado que misteriosamente tiene un foco encendido.

Llevo media hora aquí parado y sobre el tapón he visto pasar, varios tambaleándose, a jóvenes, a no tan jóvenes, a soldados, a viejitas encanecidas, a adultos, a niñas con su bebé en brazos, a socorristas de esos que no se sabe a qué institución pertenecen, a funcionarias del Ministerio de Salud… Parece parque de atracciones.

Y ahora es cuando Jhonny se da por vencido con la motosierra, se incorpora y grita.

—¡Yo no sé por qué pasa la gente si la Policía cerró el paso! ¡Estamos buscando cuerpos y cuanto más personas pasan, más se apelmaza este bolado!

Nadie parece darse por aludido. Y la gente sigue pasando.





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