Mostrando entradas con la etiqueta Tragedia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tragedia. Mostrar todas las entradas

viernes, 28 de enero de 2011

Te salaron, Little Fury

De vez en cuando ocurren cosas que botan al traste las leyes de la probabilidad. Algo de eso sucedió la tarde del 15 de octubre de 1943 en ese foco de vida en medio del océano Pacífico que es la costarricense Isla del Coco.

Si en el Pacífico se trazara una circunferencia que tuviera en sus extremos la Costa Rica continental y las Islas Galápagos, el resultado sería un círculo de más de un millón de kilómetros cuadrados. Todo estaría cubierto por agua excepto el espacio ocupado por la diminuta isla. En números, sería un 99.998% de agua frente a un 0.002 de tierra firme. Pues bien, el 15 de octubre de 1943, en plena II Guerra Mundial, el piloto Lester R. Ackeberg y su copiloto Robert E. Moore empotraron el bombardero Little Fury contra el cerro Yglesias de la Isla del Coco. Lester, Robert y los otros ocho tripulantes murieron. El avión estrellado sobrevolaba la zona para localizar un hidroavión militar extraviado el día anterior.

Algunos restos del Little Fury aún se encuentran en el cerro, ocultos entre lo verde. Es una zona de muy difícil acceso, sin ruta abierta. En 1943, pasaron diez días desde que el ejército supo dónde se había estrellado hasta que pudieron rescatar los cuerpos.

El avión era el número 799 de los 2.698 bombarderos de la serie B-24D, construidos entre 1940 y 1942, en su mayoría en San Diego, California. Cuatro motores de hélice, un volante para pilotarlo similar al de un carro y su inconfundible parte delantera, acristalada y armada con dos ametralladoras.

Como suele ocurrir en este tipo de tragedias, a los 10 fallecidos les dieron una medalla póstuma al mérito, y hoy, más de medio siglo después, no son más que una anécdota para contar a los escasísimos visitantes que cada año llegan a la isla.


Fotografía: Internet
--------------------------------------------------

(Este relato es un fragmento de una larga crónica titulada Viaje a un mundo perdido, publicada en julio de 2008 en Séptimo Sentido, la revista dominical del diario salvadoreño La Prensa Gráfica)

domingo, 4 de abril de 2010

Para inundaciones, las del 34

—Yo estaba cipote, pero uno ya pone cuidado de lo que la gente vieja habla.

Hace mucho que Carlos Humberto Henríquez estaba niño, pero lo recuerda con lucidez insultante. Carlos Humberto nació en 1928, en el mes de junio, y estaba a punto de cumplir los seis cuando inició el diluvio de 1934. Ocho décadas dan tiempo para muchas desgracias en El Salvador, y la última, la desatada por el huracán Ida en noviembre, es la que me ha llevado hoy a su hogar, en el cantón Achiotales de San Pedro Masahuat. Este terreno reseco sobre el que platicamos ahora estaba inundado hace tres meses, pero para Carlos Humberto no hay comparación: ni ha habido ni habrá inundaciones como las que en aquel junio de 1934 dejó en Centroamérica un huracán tan pretérito que ni siquiera fue bautizado.

—Como yo ya tuve la primer experiencia de lo que es esos problemas, ¿va? Porque estaba de 6 años cuando sucedió la gran correntada. Y entonces, fíjese, en esa noche se acabaron los dos valles de Las Hojas que había, porque Las Hojas no es solo la playa, ahí donde le dicen ahora, Las Hojas era todo para allá –y extiende impetuosa su mano al aire, como para delinear un arco iris.

Carlos Humberto parece más joven.

—Parece más joven –le comento.
—Quizás, Dios me ha ayudado bastante. Yo no anduve con el cigarro, no anduve tomando, no anduve chiviando –ríe–. Gracias a Dios fueron otras diversiones que a mí me entusiasmaron.

Está arrugado sí, pero mantiene la altura y la rectitud de su juventud. Su gesto es serio, como si le costara sonreír, y la piel la tiene oscurecida por el sol. Viste camisa clara a medio abotonar, jeans con grandes bajos y tenis negros de quinceañero. Lo corona un sombrero roído. Demasiada ropa, pienso, para el calor que hace pero parece no afectarle. A sus pies, orgulloso de mostrarlo, un huerto de rábanos. Carlos Humberto fue uno de los elegidos por la FAO para beneficiarse de la entrega de semilla, abono y aperos, y así intentar amortiguar los efectos del huracán Ida en las cosechas. Con sus propias manos improvisó un cerco en su patio y sembró sobre una parcela de tierra tan reseca que parece playa. Aun así, las hojas de los rábanos, más verdes si cabe por la claridad que las rodea, ya asoman. Está agradecido con la ayuda pero, aun en su pobreza, sabe que otros la necesitaban más, que no fue mucho lo que a él y a los suyos les llevó Ida.

—Gracias a Dios, pues, nosotros no sufrimos tanto. Se nos arruinó la ropa, ¿va? Y algunas cositas así, pequeñas, pero gracias a Dios que no nos pasó nada.

Nada cuando la comparación es con el 34. El río Jiboa, ancho como un mar, se llevó a dos muchachos que estaban en la casa que había hecho un tío suyo en medio de una güisquiyolera. Les avisaron que el valle se estaba llenando, pero no se salieron, y las aguas se los llevaron con todo y la casa. A Carlos Humberto, recuerda, lo rescataron chulón. Por eso que vio y vivió, dice, ya no siente miedo por las llenas.

—Siempre han habido. Mi mamá también contaba, sí, muchas veces la gente se aflige porque nunca ha visto, ¿va? Pero cuando yo estaba cipote mi mamá contaba que hubo un ciclón, dice, que las casas se las botaba; y después hubo una llena que hasta se secaron los manglares de tanta agua, ¿va?



jueves, 12 de noviembre de 2009

El parque de atracciones Verapaz

En unos minutos Jhonny Ramos se alterará un poco y sin dirigirse a nadie en particular, pero en alta voz para hacerse oír, dirá:

—¡Yo no sé por qué pasa la gente si la Policía cerró el paso! ¡…!

Eso será en unos minutos. Ahora está encorvado, intenta arrancar una motosierra.

Jhonny tiene 38 años, la piel oscura y el pelo rizado y negro como el joven Michael Jackson. Lleva puesto el overall amarillo chillón que identifica a la Ong Comandos de Salvamento y está al frente de la brigada que trabaja en el cruce de la 1.ª calle oriente con la 2.ª avenida norte, en la zona baja de Verapaz, San Vicente.

Es mediodía del lunes y Verapaz es un hervidero de gentes. La madrugada del domingo una correntada de lodo, rocas y árboles bajó del volcán Chichontepec y devastó este pequeño pueblo que rarísima vez aparecía en los noticieros. Hoy es distinto. Ni en las fiestas patronales se ve tan concurrido. Los menos han venido a ayudar, como Jhonny y su brigada. O a intentar ayudar al menos. Pero los más son curiosos que desde primera hora han llegado para ver con sus propios ojos la desgracia ajena. Los hay mirones, y también con cámaras de video, con cámaras fotográficas y con teléfono celular.

La Policía Nacional Civil ha colocado en la entrada a las calles más enlodadas bandas de plástico amarillas de esas que dicen POLICÍA NO CRUZAR, como las que pone cuando hay un asesinato. Pero el morbo puede más.

Hasta este cruce bajaron escombros arrastrados de todo el pueblo. El tapón es descomunal, inestable y surrealista. Lo que más se ve son troncos y raíces, pero también hay hierros retorcidos, rocas, cables, un poste del tendido eléctrico, un televisor, un par de refrigeradoras vacías, un paraguas abierto y un camión estrujado que misteriosamente tiene un foco encendido.

Llevo media hora aquí parado y sobre el tapón he visto pasar, varios tambaleándose, a jóvenes, a no tan jóvenes, a soldados, a viejitas encanecidas, a adultos, a niñas con su bebé en brazos, a socorristas de esos que no se sabe a qué institución pertenecen, a funcionarias del Ministerio de Salud… Parece parque de atracciones.

Y ahora es cuando Jhonny se da por vencido con la motosierra, se incorpora y grita.

—¡Yo no sé por qué pasa la gente si la Policía cerró el paso! ¡Estamos buscando cuerpos y cuanto más personas pasan, más se apelmaza este bolado!

Nadie parece darse por aludido. Y la gente sigue pasando.





Related Posts with Thumbnails