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jueves, 15 de junio de 2017

“No permitan que nadie les diga que ustedes no son inteligentes”

Alejandra SanIsidro - 580

—En mi familia nunca nadie había ido a la universidad –dice Alejandra.

Ir a la universidad en El Salvador es privilegio, uno de esos zanjones que dividen la sociedad entre los que pueden –aunque opten por no hacerlo– y los que no; sí, es cierto que la Constitución dice que el derecho a la educación es inherente a la persona humana, pero también es cierto que del dicho al hecho hay un trecho, y la sociedad que los salvadoreños hemos moldeado tras casi dos siglos de independencia es excluyente y desigual y clasista, una sociedad en la que la universidad es opción real solo para los hijos de determinados estratos sociales, y no lo es para los hijos de los estratos desfavorecidos; claro que hay excepciones y algunas becas para los bachilleres pobres sobresalientes, pero solo un estúpido defendería que tienen las mismas posibilidades de ir a la universidad un niño criado en la residencial Vía del Mar o en la colonia Escalón que una niña criada en el cantón Azacualpa, como es el caso de María Alejandra Martínez, la Alejandra que dice que es la primera de su árbol genealógico, nacida en 1998, en octubre, y que ahora cursa tercer ciclo de la Licenciatura en Gerencia Informática de la Universidad Pedagógica, siendo ella de Panchimalco, del área rural de Panchimalco, de un lugar que está a apenas 17 kilómetros en línea recta de Catedral metropolitana, pero tan olvidado y aislado y abandonado que Alejandra necesita tres horas y tres buses para salir, y otros tres y tres para regresar.

—A veces no me dan ganas de levantarme, pero mi abue me dice: “Hija, tenés que ir a estudiar”. Otras veces son mis hermanos los que me animan: “Tenés que hacer la tareas”. Y todo eso como que me da más fuerzas, más ganas –dice Alejandra.

El año pasado era peor la madrugadera, pero en este ciclo las clases comienzan a las 8, y a Alejandra le basta con poner el despertador a las 4 para llegar a tiempo; cuando se es pobre, juntar dinero y tiempo y ganas para superarse es complicado si se vive en el bajomundo de Mejicanos o de San Miguel o de Lourdes, pero todo se complica cuando se vive en lugares como el cantón Azacualpa, porque Alejandra tiene que salir de la casa a las 4:40 a.m. para agarrar el bus que a cambio de $0.60 y una hora por una calle infernal la deja en el casco urbano de Panchimalco, luego tiene que tomar una Coaster de la Ruta 17 que por $0.35 la lleva en media hora hasta el Centro Histórico de San Salvador, y más luego toma, por otros $0.20, cualquier bus de las rutas 11 o 9 o 3, que la acercan hasta la Universidad Pedagógica, por la colonia Médica de San Salvador; un viaje que con los tiempos perdidos entre bus y bus le supone casi las tres horas y $1.15, y otro tanto para regresar al cantón, y así cada día.

—Cuando me desanimo, pienso en mi abue, en mis hermanos, en mi mamá… en todo el esfuerzo que ellos están haciendo, y eso como que me da fuerzas para seguir –dice Alejandra.

Alejandra estudió en Azacualpa hasta que el cantón se le quedó pequeño, en noveno grado, y luego se fue al cantón San Isidro, el único centro de la zona donde se estudia bachillerato; ahí tuvo la tercera mejor nota de su grado, pero el Complejo Educativo Cantón San Isidro es público y es rural, y año tras año la Prueba de Aprendizaje y Aptitudes para Egresados de Educación Media (PAES) evidencia la desigualdad del sistema educativo salvadoreño, y los centros públicos y rurales promedian notas notablemente inferiores a las de los privados y urbanos; Alejandra no llegó al seis en la PAES cuando era una joven de ochos y nueves, y eso la desanimó a presentarse a las pruebas de ingreso en la Universidad de El Salvador, la pública, pero no a seguir estudiando, gracias primero al decidido apoyo de su abue y de sus hermanos y de su madre –apoyo familiar entusiasta muy poco habitual–, y gracias también a una beca gestionada por la Fundación Forever, una oenegé que canaliza sinergias y aportes económicos de distintos sectores para que jóvenes como Alejandra, nacida y criada en un contexto asfixiante, tenga una oportunidad real –real– de superarse, para beneficio de ella y para beneficio de la sociedad de la que forma parte.

—No permitan que nadie, absolutamente nadie, les diga que ustedes no son inteligentes –dice Alejandra a los jóvenes que este año se graduarán de bachiller en San Isidro.
En ese centro ignoto del área rural salvadoreña se han multiplicado –y no es licencia literaria– los que quieren seguir los pasos de Alejandra.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

La PAES cuando se estudia entre mareros



A mediados de octubre pasé una mañana en el Complejo Educativo Cantón San Isidro, municipio de Panchimalco. Para los que vivimos en la capital, Panchimalco suena cercano, a pupusas domingueras, pero para llegar hasta el cantón San Isidro hay que bajar primero de los Planes de Renderos al pueblo, tomar una de las vías sin asfalto que desde el casco urbano se abren hacia el sur, y manejar otros 20 minutos, si la destartalada calle está de buenas.
En muchos aspectos, la escuela-instituto encarna el prototipo de centro educativo rural y público: para que el agua corra después de usar el baño dependen de las pipas, cuenta con reservas generosas del programa ‘Vaso de Leche’, los alumnos caminan uniformados desde caseríos y cantones cercanos, cuenta con una modesta sala de computación… Pero en San Isidro hay un factor que trastoca todo lo demás: está en una zona con fuerte presencia de pandillas, más de una.
—Yo trabajo acá desde hace 15 años, pero ni siquiera los compañeros saben dónde vivo. Es una forma de protegermos –dice Melvin Márquez, director desde hace dos años y docente durante más de una década.
La calle frente al centro educativo es la frontera: divide el caserío El Potrerito, dondecontrola la Mara Salvatrucha, de zonas como el cantón Las Crucitas, donde los placazos son del Barrio 18.
—Acá tenemos alumnos de las dos pandillas, pero jamás se van a los puños o se amenazan. Los podría poner a comer en la misma mesa, frente a frente, y no pasaría nada, quizá porque ellos mismos han hecho el pacto de no agredirse dentro de la escuela. Pero ya en noviembre y diciembre que no hay clases…
No suena muy aventurado suponer que el supuesto pacto al interior del centro educativo se deba a la continua presencia de la Policía Nacional Civil. Desde que en 2011 Panchimalco se convirtió en un habitual en los ránking de municipios más violentos de El Salvador, el Ministerio de Seguridad quiso tomar cartas en el asunto y, entre otras medidas, instaló fuera de la escuela-instituto un puesto fijo –uno de esos remolques pintados de azul y blanco– con uniformados armados para la guerra; la presencia de agentes es 24/7.
—Cuando inicia el año escolar, el día que presentamos la planta de docentes, se presenta también a los agentes –dice el director Márquez.
Todo parece indicar que en 2015 la cifra de asesinatos en Panchimalco será la más alta desde que se lleva un conteo confiable: arriba de 90 homicidios en un municipio que ronda los 47,000 habitantes, con el agravante de que la violencia castiga más las áreas rurales, como el cantón San Isidro, donde pandilleros de una y de la otra, fuerzas de seguridad y grupos de exterminio paraestatales están en plena temporada de gatillo fácil.
¿Cómo estudiar así? ¿Cómo superarse? ¿Qué es de aquellos jóvenes que son víctimas de todos los grupos que han optado por las armas? La violencia está marcando a fuego toda una generación en amplias zonas del país, aunque en los platós de televisión y en los despachos de los burócratas apenas se hable del tema.
En el Complejo Educativo Cantón San Isidro, la matrícula cayó de 936 alumnos en 2014 a 858 en 2015. Desplazamientos forzados, migración, la pandilla como un atractivo mayor… El segundo año de bachillerato, el más afectado por el fenómeno de las maras por razones obvias, renunció este año a tener dos grupos, por la significativa reducción en la matriculación que el director Márquez relaciona sin matices con la violencia.
Pero, ¿y los que pese a todo quieren superarse? ¿Qué futuro espera a la treintena de estudiantes de la San Isidro que, con obstáculos inimaginables para quien forma parte de la mitad privilegiada de la sociedad, se han convertido en bachilleres e hicieron la famosa PAES, la Prueba de Aprendizaje y Aptitudes para Egresados de Educación Media? Incluso sin las pandillas, saltar a cualquier universidad desde zonas empobrecidas es casi un imposible, reservado para el ramillete con notas impresionantes, y con una familia en una situación lo suficientemente desahogada como para mantener a un hijo universitario. La violencia ha vuelto más compleja la ecuación, y hoy en día jóvenes de El Potrerito no podrían cursar estudios superiores, ni aunque obtuvieran alguna de esas becas que universidades y oenegés elitistas reservan para captar a los más brillantes. ¿Por qué? Para llegar a la capital hay que pasar por territorio dieciochero, y uno de los códigos de la pandilla, acentuado desde que terminó la Tregua, dice que la mera pertenencia a un cantón o colonia controlada por la pandilla rival te convierte en enemigo.
En estos días, con la PAES fresca, raro es encender el televisor y no hallar en los programas de entrevistas a encorbatados y perfumadas pontificar sobre los resultados. Hablan sobre la diferencia entre la educación pública y privada, sobre los datos dispares de tal y cual departamentos, sobre centros rurales versus centros urbanos, sobre estudiantes de uno y otro género… pero apenas se dice nada sobre un elemento que desde hace al menos un lustro, a mi juicio, está convulsionando la calidad educativa en El Salvador: que el instituto esté o no en una zona controlada por pandillas.
—La batalla no está perdida –dice optimista el director Márquez–. Se está haciendo mucho, pero hasta donde nosotros alcanzamos. Si alguien nos tendiera la mano...

jueves, 10 de noviembre de 2011

Panchimalco, ¿pueblo vivo?

A Panchimalco no se llega por casualidad. Está cerca de San Salvador, a 17 kilómetros, pero primero hay que trepar el cantón Planes de Renderos y luego descender por la sinuosa carretera que primero se dirige hacia Rosario de Mora y luego busca el mar. El casco urbano ni siquiera está sobre esa calle ignota, sino que hay que tomar un desvío y adentrarse un kilómetro. A ese aislamiento quizá le deba las sensaciones de ruralidad que aún transmite, aunque tiene título de ciudad. Por Panchimalco no se pasa; a Panchimalco hay que ir.

Por eso extraña tanta calamidad.

Es sábado de sol y vientos, mediodía, y Panchimalco luce radiante. Al poco de ingresar en el pueblo, por el camino adoquinado que se dirige a la celebrada iglesia colonial, se alza altanero un letrero que atraviesa toda la calle. “Jesucristo, la única esperanza para Panchimalco”, dice. Más abajo, la iglesia está hoy ocupada por un nutrido grupo de niños en retiro espiritual. Guitarra en mano, cantan a Jesús y hasta le hacen porras, como en los partidos de baloncesto de la NBA. “Jota-E-Ese-U-Ese… Jeeeeeeeesús…”

Pero a dios, si es que existe, parece que le vale madres tanto fanatismo.

Basta analizar por un instante los números para concluir que lo que está pasando en Panchimalco es aterrador. Según el Instituto de Medicina Legal, a inicios de la década pasada nunca se alcanzaban los 10 asesinatos en un año. Al igual que ocurrió en todo El Salvador, las cifras se dispararon en 2004 –paradójicamente tras la implementación de las políticas de mano dura–, y el promedio anual de homicidios durante el quinquenio 2004-2009 subió hasta 23; preocupante sin duda, pero siempre abajo de la tasa promedio nacional. Pues bien, en los siete primeros meses de 2011 Medicina Legal levantó 47 cadáveres, y para el 31 de octubre la Policía Nacional Civil contaba ya 72 homicidios. Todo indica que Panchimalco superará este año la tasa de los 200 homicidios por cada 100 mil habitantes, lo que ubicará a este municipio en parámetros similares a los que Ciudad Juárez tuvo en 2010, considerada la urbe más violenta de todo el mundo.

Un dato adicional para dimensionar lo que está sucediendo: los 47 asesinatos en siete meses de Panchimalco son el mismo número que la Comunidad de Madrid, en España, tuvo en todo el año 2010, con el matiz de que mientras la población de Panchimalco apenas supera los 40 mil habitantes, en Madrid vive más gente que en todo El Salvador.

Y si las frías cifras generan –o deberían generar– una sensación de desazón, pruebe a ponerse en el papel del hermano de la víctima, de la madre, de los hijos, del amigo… En eso se ha convertido Panchimalco, en un lugar en el que los panchos matan y mueren, aunque el Ministerio de Turismo siga empecinado en vendérnoslo como un prominente “pueblo vivo”.

—Esto está tremendo, de un año para acá se ha puesto tremendo… Y bien cipotes son… –me susurra una señora que vende tortas a unos pasos de la iglesia colonial–. El otro día ahí mismo mataron a uno, degollado apareció –y señala el parqueo que hay junto a la gran ceiba que sirve como parada a los microbuses de la ruta 17.

De repente, como producto del guion de una mala película, pasan caminando tres policías armados con fusiles que escoltan a dos muchachos esposados el uno al otro: el uno lleva una camisola blanca sin mangas que deja ver en su brazo izquierdo un gran 18; el otro viste una camisola del Barça con el logo de la Unicef cruzado en el pecho. Caminan cabizbajos. También los policías.

—No, si los agarran seguido –dice la señora–, pero cuando salen, salen peor.

Es sábado, mediodía, y Panchimalco luce radiante. El cielo, azul intenso, está algodonado de nubes mínimas, y el viento baja desafiante por las calles, como si alguien hubiera abierto una puerta. En el más alto de los cerros que rodean el pueblo hay una gigantesca formación, de roca pura: le dicen la Puerta del Diablo.

(Panchimalco, San Salvador, El Salvador. Octubre de 2011)

Fotografía: Roberto Valencia
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(Esta crónica fue publicada el 7 de noviembre de 2011 en la sección Bitácora del proyecto de cobertura periodística de la violencia Sala Negra, de elfaro.net)
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