—No es lo mismo –dice Horacio– hacerse escritor en un país donde la literatura se valora que en uno donde ser escritor es ser un cero a la izquierda.
Se refiere, claro, a El Salvador, el terruño que lo marcó y que sigue siendo la fuente de inspiración de casi toda su creación. Pero Horacio apenas ha vivido aquí poco más de un tercio de su vida. Nació en Honduras, y ha pasado temporadas más o menos largas en México, Costa Rica, España, Alemania, Canadá y Estados Unidos, donde reside en la actualidad. Su salvadoreñidad, pues, tiene poco que ver con estúpidos sentimientos nacionalistas, y está más relacionada con ser este el país del que abrevan, para bien o para mal, tanto él como la inmensa mayoría de sus personajes. Edgardo Vega de El asco es salvadoreño, como también lo son el comandante Gestas de Perfil de prófugo, Mario Antonio Ortiz "Juan Carlos" y Quique López "Kioci" de La diáspora, o Haydée de Aragón de Tirana memoria; por citar tan solo unos ejemplos. Al igual que hizo James Joyce con la Irlanda que dejó atrás, Horacio escribe sobre El Salvador y sobre los salvadoreños. Pero lo que retrata no siempre gusta a los guardianes. Ni a los de un lado ni a los del otro. En sus libros la Pílsener es una mugrosa cerveza diarreica, y La Prensa Gráfica y El Diario de Hoy son catálogos de ofertas hechos para ser hojeados y no leídos, la mejor muestra de la miseria intelectual de este pueblo. A los compas de la guerra civil, los que se quedaron y los que se exiliaron, no les va mucho mejor: la mayoría son vividores-resentidos-alcohólicos-psicópatas-desencantados-envidiosos-pisones-soplones.
—¡Claro que yo no soy Vega! –dice, pero suena como si nomás quisiera mantener el rebaño en calma–. Lo que ocurre con El asco es que golpea los valores, la identidad, y en esos temas el lector pierde la capacidad de raciocinio.
Horacio quizá sí es Vega, aunque no lo admita hoy aquí. Puede que en público no lo admita nunca en El Salvador, su tierra, el país que no abandonó aunque hace décadas que dejó de ser su hogar.
—A mí me gustan tus libros –dice que le dijo su editor de la poderosa Editorial Tusquets cuando hablaban sobre dónde poder vender sus libros–, lástima que no tengas país.
Lo tiene. Un país desagradecido pero suyo. Horacio es uno de esos seres humanos que tuvieron la suerte de poder elegir cuál sería la tierra que llamaría suya y quiénes sus paisanos, y eligió El Salvador y a los salvadoreños, los mismos que Roque Dalton llamó guanacos hijos de la gran puta. Horacio parece ser un ejemplo más de que criticar y querer un país pueden ir de la mano. Y de que hacerlo es señal de lucidez.
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| Fotografía: Iván Giménez |

