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miércoles, 30 de enero de 2013

Una maleta con Alma


Más de dos años sin verte pero seguís igual, Euskadi, irrepetible. Hoy me has recibido gris y húmeda, como casi siempre desde que te abandoné allá por 2001. Me recibís triste y encantadora, como solo vos sabés serlo. Sos todo lo contrario a mi país –a mi otro país–, El Salvador, un terruño intenso y agridulce y desgarrador y sofocante. Ustedes dos son tan complementarios, tan diferentes… Hace 24 horas eran 32 ºC, y ahora, mediodía, sobre la autopista que une Bilbao y Vitoria-Gasteiz la pantallita digital del carro me susurra que afuera hay 7 ºC.

Justo en este momento, a 110 por hora sobre robledos y baserris, he caído en la cuenta de lo delicada de la situación: en las maletas que no han llegado a Bilbao viajaba un lote de libros queridos. Hace una media hora, cuando me dijeron que nuestro equipaje se había extraviado –nuestro: hija, esposa, yo–, no le di más importancia que la necesaria, pero ahora estoy pensando en el serio revés que sufriría mi pequeña biblioteca trasatlántica de crónica esecialmente latinoamericana.

Dentro de la gran maleta roja iban Alma Guillermoprieto (Desde el país de nunca jamás yLa Habana en un espejo), Óscar Martínez (Los migrantes que no importan), Álex Ayala Ugarte (Los mercaderes del Che), Truman Capote (A sangre fría), Cristian Alarcón (Cuando me muera quiero que me toquen rumba y Si me querés, quereme transa), Martín Caparrós (Entre dientes), Sergio Carreras (Los niños del hielo), Pedro Juan Gutiérrez (Nada que hacer), Gabo (Noticia de un secuestro, Relato de un náufrago y Doce cuentos peregrinos, que no es crónica pero como si lo fuera), José Alejandro Castaño (Zoológico Colombia), Ryszard Kapuściński (Los cínicos no sirven para este oficio) y un puñado de recopilaciones meritorias (Antología de crónica latinoamericana actual, Bestiario del poder, Crónicas SOHO y Jonathan no tiene tatuajes). Y por supuesto, iba también la gran Leila Guerriero ( Frutos extraños y Los suicidas del fin del mundo).

Los detalles los contaré otro día en otra entrada, dentro de no mucho, pero fue Leila quien me inculcó en agosto de 2007 la pasión por la crónica, pasión que me ha convertido en un devorador de este género. Lo que más leo, con diferencia, es crónica de largo aliento. Escribo crónica –o esa es la aspiración. Vivo crónica.

Por eso justo en este momento, al dimensionar la pérdida después del subidón por el rencuentro con mi madre y mi hermano mayor, es cuando he comenzado a preocuparme. Pasaré en esta ocasión una temporada larga en Euskadi y creí necesario que algunos libros viajaran. Son, como decía, libros queridos, de los que consulto y releo con frecuencia, y en su mayoría firmados y dedicados por sus autores. Iban también algunas obras de ficción, pero es la pérdida de los de crónica la que ahora me azora.

Por fortuna, todo terminará relativamente bien.

El viernes –hoy es miércoles– las tres maletas extraviadas llegarán a casa. La roja y grande, la que cargaba casi todos los libros, me la entregarán abierta, con una tarjeta dizque explicativa de la TSA gringa (la Administración para la Seguridad en el Transporte, una entidad que se arroga el derecho de abrirte el equipaje cuando y como les dé la gana) y golpeada como un pulpo antes de sancocharlo. Al meterla en la casa, se le desprenderá una rueda.

—Así me la dieron –me dirá el hombre con cara de circunstancias–, pero ahí le dejo unos teléfonos para reclamar. Llame, casi seguro que le darán otra maleta.

No lo haré. No merecerá la pena. Lo verdaderamente importante estará de regreso.

Fotografía: internet
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(Este texto se publicó primero en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, también bajo el título "Una maleta con Alma")

martes, 14 de febrero de 2012

Desde un país que no cuenta, ¿o sí?

A inicios de 2008 nació un blog que bauticé con el nombre Desde un país que no cuenta... Al poco terminó convertido en un insípido recopilatorio personal de historias ya publicadas, un verdadero fósil viviente que nunca promociono, pero he de reconocer que el nombre del blog me sigue gustando mucho. El doble sentido era evidente y pertinente: El Salvador se consideraba –aún se considera– un país que no cuenta en la agenda mediática internacional, ignorado por CNN salvo terremoto, huracán o masacre carcelaria; y al mismo tiempo los periodistas salvadoreños huíamos por ignorancia o incapacidad de contar historias en todo su esplendor, huíamos de la crónica, de las historias reporteadas hasta la extenuación y narradas con las herramientas de la literatura, menospreciábamos casi siempre el cómo en favor del qué, preferíamos la cita a la mirada, la estadística a la metáfora. Parafraseando a Leila Guerriero, a inicios de 2008 en las páginas de los periódicos y revistas guanacas el lector hallaba infinitas manchas grises y muy pocos tajos inolvidables.

Han pasado cuatro años, y ya no estoy tan seguro de que el doble sentido siga vigente.

Me explico: la todopoderosa Editorial Alfaguara acaba de publicar en España Antología de crónica latinoamericana actual (Alfaguara, Madrid, 2012), editada por el escritor colombiano Darío Jaramillo Agudelo, y que en el prólogo se presenta como un libro que reúne “a los autores más notables y algunos de sus trabajos más atractivos, más asombrosos”. Pues bien, entre los 46 cronistas latinoamericanos seleccionados hay tres salvadoreños, los tres del periódico digital El Faro: mi amigo Carlos Martínez, su hermano –y también gran pana– Óscar Martínez, y este servidor, con relatos sobre el atormentado juez al que le tocó investigar el asesinato de Monseñor Romero, sobre 
un pueblo clave en el camino hacia Estados Unidos que emprenden los migrantes centroamericanos llamado Altar, y sobre la vida cotidiana en el reparto La Campanera de Soyapango, respectivamente.

El prólogo de la obra, que lo firma Jaramillo Agudelo, arranca así:

La crónica periodística es la prosa narrativa de más apasionante lectura y mejor escrita hoy en día en Latinoamérica. Sin negar que se escriben buenas novelas, sin hacer el réquiem de la ficción, un lector que busque materiales que lo entretengan, lo asombren, le hablen de mundos extraños que están enfrente de sus narices, un lector que busque textos escritos por gente que le da importancia a que ese lector no se aburra, ese lector va sobre seguro si lee la crónica latinoamericana actual.
Después se insertan intercalados entre joyas de Leila Guerriero, Martín Caparrós, Alberto Salcedo Ramos, Juan Pablo Meneses o Daniel Titinger los tres relatos made in El Salvador.

¿Puede afirmarse que El Salvador cuenta ya cuando se habla de crónica, de periodismo narrativo? Las tres historias seleccionadas son, a su vez, la única representación de la región centroamericana. Pero no solo eso. De entre todos los países de América Latina, solo Argentina, Colombia, México, Perú y Chile aportan a la antología de Alfaguara más cronistas que El Salvador. Pero no solo eso. Si se ponderan las cifras en función de la población, el Pulgarcito de América se erige como el territorio con la más alta tasa de cronistas por cada millón de habitantes, seguido por Uruguay, Chile y Argentina. 



Más allá del criterio del compilador Jaramillo Agudelo, la sensación que tengo de que el doble sentido de la frase Desde un país que no cuenta está perdiendo vigencia se debe a la convicción de que en la antología podrían haber entrado historias firmadas por otros colegas salvadoreños, como César Castro Fagoaga, Daniel Valencia Caravantes, Carlos Chávez, Carlos Dada, José Luis Sanz, Glenda Girón… No se trata pues de tres pinches golondrinas; estoy convencido de que desde hace unos años algo se está moviendo en este paisito, poco a poco, imponiéndose sobre la mediocridad generalizada.


Por eso hoy me van a permitir el ejercicio de vanidad –consciente de que falta tanto por aprender–, y terminaré este post con una afirmación que a más de uno le sonará temeraria o prepotente: hablando de crónica al menos, El Salvador sí empieza a contar, siquiera tantito, ¿o no?

Fotografía: alfaguara.com




jueves, 8 de julio de 2010

Ponga una Leila en su vida


Rompo por completo con el tono de los microrrelatos que dan vida a este blog, pero lo hago, creo, con causa justificada: alguien a quien admiro, la cronista argentina Leila Guerriero, acaba de ganar con una crónica titulada “El rastro en los huesos” el premio mayor de la Fundación Nuevo Periodismo Latinoamericano (FNPI), el más prestigioso de cuantos se entregan en el continente.

Conocí a Leila a finales de agosto de 2007, en un modesto taller sobre periodismo narrativo impartido en Ciudad de Panamá. Caí en sus brazos por casualidad. Nunca antes había oído hablar de ella, y disfruté sus textos por primera vez cuando nos los hizo llegar en los días previos al encuentro. 

Fue un taller de apenas dos días, pero no exagero si afirmo que conocer su concepción del periodismo supuso un antes y un después en mi manera de entender esta profesión y, por extensión, de entender toda mi vida. Hasta que la conocí estaba convencido de que los tres ingredientes diferenciadores del buen periodista eran manejar un buen abanico de fuentes, saber cuestionar con argumentos a las autoridades y tener en la agenda de fuentes voces cualificadas y alternativas al discurso oficial. Con Leila aprendí que es mucho más importante –y gratificante– elegir una buena historia, reportearla hasta la saciedad e invertir todo el esfuerzo y el talento posibles para dignificar el texto que firmamos. No se trata de alargar esto, pero sin Leila de por medio en El Salvador no existiría una revista de periodismo narrativo como lo es el dominical Séptimo Sentido, ni habría escrito el pequeño puñado de historias de las que me siento satisfecho, ni seguramente yo habría renunciado a La Prensa Gráfica, ni en la actualidad trabajaría como freelance, ni se estuviera gestando el primer libro de crónicas periodísticas escritas en y sobre este país. Ni siquiera existiría este blog.

Leila es una gran cronista, pero decir eso de alguien que acaba de ganar el premio de la FNPI es perogrullada. Iré un poquito más allá. Dentro del no tan amplio abanico de cronistas latinoamericanos reconocidos, Leila ofrece algo que pocos pueden ofrecer. Entre los cronistas hay virtuosos del lenguaje, verdaderos magos con una mirada incisiva y capaces de sacar una buena historia de una habitación blanca y vacía. Hay también otro grupo de cronistas que saben elegir bien sus historias y que las reportean con tanta rigurosidad que paren relatos brillantes basados en lo sorprendente de sus averiguaciones. Leila se mueve como pez en el agua en ambos terrenos, y los conjunta de forma magistral, con creaciones tan perfectas que muchas veces para el cronista amateur resultan frustrantes por inasequibles. Pero si hubiera que ubicarla en un bando, sería en el de los reporteros exhaustivos más que en el de las plumas privilegiadas, aunque una primera lectura de sus crónicas invite a pensar lo contrario.

Leila es una de las grandes del periodismo latinoamericano, y este premio (aunque intuyo que tiene su dosis de fetidez tras bambalinas, como casi todos los premios) viene a tapar muchas bocas y a poner a mucha gente en su lugar. Lo ha ganado la mejor. La maestra.

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Dejo para los interesados tres enlaces a crónicas suyas:
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