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martes, 28 de febrero de 2012

Monseñor Romero, Rutilio Grande y el 28 de febrero

Faltan 11 días para que asesinen al padre Rutilio Grande.

El padre Grande ha salido esta mañana temprano de Aguilares. Se dirige a Domus Mariae, unas instalaciones que el arzobispado tiene en Mejicanos, y se ha detenido en Guazapa para recoger a Evita y a otras hermanas. Como cada primer martes de mes, toca reunión del clero de la archidiócesis. Hoy es 1 de marzo de 1977, y entre los alicientes está que será el bautismo del nuevo arzobispo en este tipo de encuentros.

—Pónganse en oración, hermanas, que tenemos que hacer que nuestro obispo cambie –comenta el padre Grande en algún punto de la carretera que conduce hasta San Salvador.

La hermana Evita conoce bien a Monseñor Romero, desde Santiago de María, donde lo vio hacer cosas que en San Salvador ni siquiera se sospechan, como cuando se presentó solo en la delegación de la Guardia Nacional de Ciudad Barrios para pedir que liberaran a dos catequistas que estaban siendo torturados; sin embargo, el nombramiento también fue una decepción para ella.

Monseñor Romero tomó posesión una semana antes, el martes 22 de febrero, y acude a la reunión consciente de que hay un sentimiento generalizado de hostilidad hacia su persona. En el salón del Domus Mariae son mayoría los que en cierta manera lo siguen viendo como un usurpador del cargo que correspondía a monseñor Rivera Damas. Por si fuera poco, el ambiente político de estos días también contribuye a crispar los ánimos. El 20 de febrero hubo elecciones presidenciales y las ganó el candidato oficialista, el general Humberto Romero, pero las denuncias de fraude son sonoras y están organizadas. El domingo hubo una multitudinaria concentración en el parque Libertad de la capital. En la madrugada del lunes, cuando la cifra de manifestantes bajó a unos 6,000, la Fuerza Armada ordenó el desalojo. Ante la negativa, se abrió fuego a discreción. La iglesia del Rosario, a un costado del parque, se convirtió en el improvisado refugio. Al amanecer hubo más enfrentamientos en todo el centro de la ciudad. Todo eso ocurrió ayer, pero la información aún es escasa a esta hora de la mañana por la férrea censura implementada por el Gobierno. Con el tiempo se sabrá que el número de masacrados fue de entre 40 y 60; algunos reportes elevarán la cifra hasta los 300.

El ponente principal de la reunión del clero es el padre Grande, y la idea inicial es hablar sobre el trabajo pastoral que realizan en Aguilares. Pero la agenda se cambia por completo cuando el padre Alfonso Navarro, uno de los presentes ayer en el parque Libertad, toma la palabra y comienza dar algunos brochazos que permiten hacerse una idea de lo ocurrido. Monseñor Romero propone crear 14 grupos para debatir realidad nacional, cada uno integrado en función del departamento de nacimiento. El tono de las discusiones está marcado por la preocupación, y las conclusiones convergen en la idea de que la Iglesia no debería permanecer pasiva ante tanto atropello. Monseñor Romero habla poco, prefiere escuchar. Al final se muestra condescendiente pero cauteloso con las ideas planteadas.

—Por favor –les pide–, ayúdenme, porque yo solo no puedo.

De regreso a Aguilares el padre Grande maneja satisfecho. Él ha visto un cambio que invita al optimismo.

—Es una señal –le hace saber a Evita y a las demás.

Fotografía: internet

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(Este relato forma parte de la semblanza de Eva del Carmen Menjívar, incluida en el libro "Hablan sobre Monseñor Romero", publicado en marzo de 2011)

viernes, 12 de agosto de 2011

Don Tacho

Don Tacho se muere. A todos nos pasará alguna vez, y en este El Salvador tan descompuesto, parece hasta un lujo morir como se está muriendo don Tacho: de viejo, consumido y derrotado por el paso de los años.

Don Tacho es Anastasio Palma y nació en 1925, apenas cuatro años después de que el país celebrara el primer centenario de su independencia. Es el hermano menor de Eugenio Palma, un personaje entrañable de quien ya les hablaré otro día, y del que ahora nomás les contaré que es el bisabuelo al que mi hija Alejandra, a sus 18 meses, reconoce con una amplia sonrisa y hasta lo extraña a su manera, cuando pregunta por el “Eelo”.

Algo de la sangre de don Tacho corre pues por las venas de mi hija pero, por esas circunstancias que no se buscan pero que suceden, nunca he tenido la oportunidad de conocerlo mucho. Esta es una de las paradojas cuando uno se dedica a escribir crónica: uno se esfuerza en conocer a sus personajes tanto como sea posible, mientras que muchos familiares le son a uno auténticos desconocidos. De don Tacho apenas sé su edad, que nació en un humilde cantón del municipio de San Agustín (Usulután) llamado Nombre de Dios, que siempre vivió del y en el campo, que la guerra lo expulsó de su hogar, y que desde hace años vive en Berlín, siempre en Usulután, en casa de su nieta, dos bisnietas y un bisnieto.

Hoy me ha tocado mañanear para llevar a Eugenio hasta Berlín, un municipio que, si el tráfico está tranquilo, queda a una hora y tres cuartos de la capital salvadoreño. Es semana de vacaciones, y Eugenio quiere pasar unos días con su hermano, consciente como todos en la familia de que a don Tacho no le queda mucho. De agosto no pasa, dicen.

Al llegar, estaba tumbado sobre la cama y medio cubierto con una manta, delgado, amarillento, encanecido de tal manera que costaba creer que ese cabello desordenado tuvo alguna vez otro color. Al ver a su hermano mayor, don Tacho lo ha reconocido y ha ensayado sin mucho éxito una sonrisa. Se han dado la mano en silencio por unos segundos eternos. Y toda la habitación se ha llenado de una indescriptible sensación de amargura que me ha obligado a salir con eso que llaman un nudo en la garganta.

La muerte, incluso cuando llega de esta manera, siempre me genera inquietud.


Fuente: despuesdelamuerte.com

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