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viernes, 14 de mayo de 2010

¿A usted no le han dicho que tiene sida?

El hospital donde pasó todo está muerto.

Corrían los últimos días de 1996. Triste Navidad aquella. Odir Miranda era entonces un hombre esqueleto –65 libras, 1.78 de altura, 28 años, anónimo– que se retorcía en la cama asignada por el Instituto Salvadoreño del Seguro Social en una habitación compartida de un hospital de San Salvador. Semanas atrás había comenzado a adelgazar de forma inexplicable, pero su mente se resistía a relacionar lo que le estaba viviendo con la palabra sida.

Hasta que la incertidumbre pudo más.

En uno de los cambios de turno llegó una doctora. Rutina. Vio lo que tenía que ver, dio media vuelta, y ya se iba cuando el paciente se animó a preguntarle. Después de varios días hospitalizado, quería conocer el porqué de su deplorable estado de salud. La doctora se volteó y le dijo algo que el paciente aún recuerda. A Odir le gusta recrear conversaciones pasadas.

—Mire, señor Miranda, este… ¿a usted no le han dicho que tiene sida? –dice que le dijo la doctora.
—Pero…
—Sí, usted tiene sida. Lo que vamos a hacer es dentro de unos días darle el alta, y lo vamos a referir a otro médico. Lo que sí le advierto es que el Seguro no tiene medicamentos para controlar esta enfermedad y que no tiene cura.

El jarro de agua fría lo escucharon otros médicos y enfermeras. Lo escucharon otras personas que compartían pabellón pero no patología. Y ese mismo día comenzó a sentir la discriminación y el rechazo. Le marcaron su vaso y sus cubiertos, y hubo pacientes que incluso dejaron de utilizar el baño común.

El hospital donde pasó todo en los últimos días de 1996 es el viejo Hospital de Especialidades. Hoy está muerto. Los terremotos de 2001 lo inutilizaron, y encima hubo que levantar otro; sin embargo, aquel hombre esqueleto que estuvo ingresado va camino de los 41 años y afirma con orgullo que ronda las 180 libras.


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(Este relato es un fragmento de la entrada a una entrevista-perfil con Odir Miranda, presidente de la Asociación Atlacatl Vivo Positivo. Se publicó el 30 de noviembre de 2008 en la revista Séptimo Sentido.)

domingo, 24 de enero de 2010

El parqueo de Metrocentro

Nunca me han gustado los centros comerciales. Ni para comprar ni mucho menos para ir a desperdiciar las horas, como hace tanta gente en este país. Por eso, mis visitas a Metrocentro, para muchos el parque más bonito de la ciudad, solo las motiva la pura necesidad. Lo que sí reconozco es que utilizo su parqueo. Hace unos meses, por ejemplo, tuve que ir al Hospital Médico Quirúrgico para hacerme unas radiografías y dejé mi carrito en ese amplio estacionamiento. Lo mismo hice cuando tuve que recogerlas.

El lugar que elijo es cerca de la entrada a Simán; siempre hay huecos vacíos. La mañana del 21 de enero también. Con mi esposa aún convaleciente por el nacimiento de mi hija, me presenté en la Torre del Seguro Social para tramitar su incapacidad por maternidad. Como otras tantas veces, parqueé mi carrito en Metro, subí los vidrios, agarré el fólder donde llevaba el papeleo y me dirigí tan campante hacia la Torre. Pero a unos pasos de la salida del parqueo se me acercó un joven guarda de seguridad en bicicleta. Bermudas y calcetines oscuros, camisa marrón, lentes de sol y un casco ciclístico con trazos fluorescentes. No le pregunté, pero estoy convencido de que algo así lo llevaba por obligación.

—Señor –me dijo–, este parqueo es solo para los clientes del centro comercial.

Me resistía a creerlo, pero alguna vez ya me habían contado que los guardas de Metrocentro te paraban si te veían parquear y abandonar el centro comercial. A mí nunca me había pasado a pesar de hacerlo con descaro.

—¿Habla en serio? –pregunté.
—Sí, si se va le van a cobrar 20 dólares.

Crisis económica, mes de enero, día jueves y 10 de la mañana. El estacionamiento estaba casi vacío. Y me animé a intentar convencerlo.

—Voy a tardar no más de 15 minutos en hacer un trámite ahí enfrente y esto está vacío. Si fuera Navidad, aún lo entendería…
—El parqueo es solo para los clientes.
—¿Le gustaría –le miré a los ojos– que le hicieran lo mismo cuando llega a un centro comercial? ¿O que se lo hicieran a su esposa?

Durante una fracción de segundo creí ver algo de humanismo.

—Nosotros tenemos órdenes de cuidar solo los vehículos de los clientes –replicó, robótico.
—¿Los cuidan? Eso es paja. Si me abren el carro, como ha ocurrido tantas veces aquí, ustedes no se hacen cargo…

No sé cuándo ni cómo lo hizo, pero de repente se acercó otro guarda de seguridad, preguntó que qué pasaba, y concluí que lo mejor era retirarme. Mi carrito y yo abandonamos las posesiones del Grupo Poma, el entramado empresarial propietario de Metro, de otros tantos centros comerciales en toda Centroamérica y de sus respectivos parqueos.
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