martes, 28 de febrero de 2012

Monseñor Romero, Rutilio Grande y el 28 de febrero

Faltan 11 días para que asesinen al padre Rutilio Grande.

El padre Grande ha salido esta mañana temprano de Aguilares. Se dirige a Domus Mariae, unas instalaciones que el arzobispado tiene en Mejicanos, y se ha detenido en Guazapa para recoger a Evita y a otras hermanas. Como cada primer martes de mes, toca reunión del clero de la archidiócesis. Hoy es 1 de marzo de 1977, y entre los alicientes está que será el bautismo del nuevo arzobispo en este tipo de encuentros.

—Pónganse en oración, hermanas, que tenemos que hacer que nuestro obispo cambie –comenta el padre Grande en algún punto de la carretera que conduce hasta San Salvador.

La hermana Evita conoce bien a Monseñor Romero, desde Santiago de María, donde lo vio hacer cosas que en San Salvador ni siquiera se sospechan, como cuando se presentó solo en la delegación de la Guardia Nacional de Ciudad Barrios para pedir que liberaran a dos catequistas que estaban siendo torturados; sin embargo, el nombramiento también fue una decepción para ella.

Monseñor Romero tomó posesión una semana antes, el martes 22 de febrero, y acude a la reunión consciente de que hay un sentimiento generalizado de hostilidad hacia su persona. En el salón del Domus Mariae son mayoría los que en cierta manera lo siguen viendo como un usurpador del cargo que correspondía a monseñor Rivera Damas. Por si fuera poco, el ambiente político de estos días también contribuye a crispar los ánimos. El 20 de febrero hubo elecciones presidenciales y las ganó el candidato oficialista, el general Humberto Romero, pero las denuncias de fraude son sonoras y están organizadas. El domingo hubo una multitudinaria concentración en el parque Libertad de la capital. En la madrugada del lunes, cuando la cifra de manifestantes bajó a unos 6,000, la Fuerza Armada ordenó el desalojo. Ante la negativa, se abrió fuego a discreción. La iglesia del Rosario, a un costado del parque, se convirtió en el improvisado refugio. Al amanecer hubo más enfrentamientos en todo el centro de la ciudad. Todo eso ocurrió ayer, pero la información aún es escasa a esta hora de la mañana por la férrea censura implementada por el Gobierno. Con el tiempo se sabrá que el número de masacrados fue de entre 40 y 60; algunos reportes elevarán la cifra hasta los 300.

El ponente principal de la reunión del clero es el padre Grande, y la idea inicial es hablar sobre el trabajo pastoral que realizan en Aguilares. Pero la agenda se cambia por completo cuando el padre Alfonso Navarro, uno de los presentes ayer en el parque Libertad, toma la palabra y comienza dar algunos brochazos que permiten hacerse una idea de lo ocurrido. Monseñor Romero propone crear 14 grupos para debatir realidad nacional, cada uno integrado en función del departamento de nacimiento. El tono de las discusiones está marcado por la preocupación, y las conclusiones convergen en la idea de que la Iglesia no debería permanecer pasiva ante tanto atropello. Monseñor Romero habla poco, prefiere escuchar. Al final se muestra condescendiente pero cauteloso con las ideas planteadas.

—Por favor –les pide–, ayúdenme, porque yo solo no puedo.

De regreso a Aguilares el padre Grande maneja satisfecho. Él ha visto un cambio que invita al optimismo.

—Es una señal –le hace saber a Evita y a las demás.

Fotografía: internet

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(Este relato forma parte de la semblanza de Eva del Carmen Menjívar, incluida en el libro "Hablan sobre Monseñor Romero", publicado en marzo de 2011)

Al interior de las torres de la iglesia El Carmen

Incluso antes de entrar la iglesia El Carmen llama la atención. Sus torres pueden verse de varias cuadras a la redonda. La dirección es avenida Manuel Gallardo y 1.ª calle poniente, arteria que la Alcaldía de Santa Tecla rebautizó como la calle Padres Jesuitas*. En salvadoreño, es la que está dos cuadras al norte del parque Daniel Hernández, frente a la parada de bus del Banco Agrícola.

Desde esa parada, a través de una puerta gris, se ve casi toda la fachada. La madera luce vieja y arrugada, como un papel que se ha secado después de estar mojado. Se echa en falta la imagen de la virgen, que la bajaron tras el terremoto del 13 de enero de 2001. Ahora está junto al hangar anexo, donde el padre Salvador Carranza -el padre Chambita
- y otros jesuitas celebran misa todos los días de la semana. Salvo esa puerta gris, toda la verja que rodea lo que podría considerarse el atrio está cubierta con oxidadas láminas de zinc, como si se quisiera ocultar la decadencia. Al otro lado, hay helechos queriéndose adueñar de las agrietadas paredes exteriores, hay troncos, hojas y ramas secas esparcidas por el suelo, y hay un par de matas de guineo que uno no sabe bien qué hacen ahí.

Las láminas de zinc están rematadas con alambre de espino o alambre razor. Pero no sirvió de mucho. Desde hace poco más de un año el templo cuenta con alarma. La instalaron después de que unos ladrones se llevaron un buen número de bancas, la Carmela y poco faltó para que también desapareciera la Chaleca. Ellas son dos de las tres campanas que estaban en las torres.

Una vez dentro de El Carmen, el panorama cambia. El padre Chambita lleva un casco plástico gris que de poco le serviría si el edificio se viene abajo, como teme, y narra con pasión cómo fue el día del terremoto. Por la pared que desapareció casi por completo, la oriental, salieron unos estudiantes que estaban de visita en el templo. El gigantesco hueco de doce metros de longitud sigue ahí, cubierto por una endeble estructura de láminas. Se colocó en 2001, y nadie ha hecho nada más desde entonces. Sin ellas, se verían las matas de guineo de fuera.

No están las bancas, y la nave parece por ello más larga y más desnuda. Se mire donde se mire, no hay más de tres metros de pared sin grietas o sin agujeros en toda la mitad inferior. La situación cambia en la mitad superior, la sostenida por las columnas, que no ha perdido su encanto. Si se mira a algunas partes del suelo, uno se encuentra con las evidencias de que algún animal ha estado arriba. Si se mira hacia arriba, se ven palomas de Castilla revoloteando. Ni el alambre de púas ni la alarma han frenado a estos animales, los que más ganaron con el tácito abandono de una iglesia que era la candidata número uno para convertirse en la catedral de Santa Tecla.

En toda la estructura hay luz natural más que suficiente, y tiene mobiliario eclesiástico de madera amontando en la parte delantera. La sensación ahí dentro es también de decadencia, pero es distinta a la que se tiene fuera. La nave y sus 32 columnas mantienen intacto su poder de seducción, ese que durante más de nueve décadas estuvo al alcance de cualquier feligrés o visitante. Ahora está bajo llave.

El recorrido termina en las entrañas del templo, que El Carmen las tiene en sus dos emblemáticas torres. Son, escribieron los entendidos, las que menos sufrieron aquel 13 de enero. Son de madera, y no de adobe o mampostería, como los muros colapsados. Pero que no les afectara tanto el terremoto no significa que gocen de buena salud. Un siglo es mucho tiempo para la madera.

Para subir, la entrada está en una puerta casi oculta y situada en la parte inferior de la torre derecha. Dentro, hay distintos bloques de escaleras y hay oscuridad. Sobra la oscuridad. Algunos peldaños se mueven, la madera está agujereada y cruje. Todo eso, unido al hecho de ser un edificio cerrado por peligro de colapso, hace que la incertidumbre sea difícil de vencer. Hay tramos, los más altos, en los que la oscuridad hace a uno ir a tientas. Y ni el sonido de las palomas ni su olor contribuyen a la tranquilidad.

Antes de llegar al primer nivel, si es que se puede llamar así, el padre Chambita explica la primera sorpresa: “La fachada que hoy vemos es una fachada añadida. La fachada principal es un triple arco, porque El Carmen iba a ser al principio mucho más baja, neocolonial, y la que se ve es la añadida“. En las entrañas se ve con claridad lo que quiere explicar: un muro macizo y oculto tras la estructura de madera.

El segundo nivel es el tejado de la nave, con láminas de zinc blancas marcadas por el óxido. Es el lugar donde estaban las campanas y la imagen de El Carmen. Desde ahí arriba, se ve el pecado que se cometió al construir las residenciales que trepan las cordillera del Bálsamo; se ve la renovada iglesia de la Inmaculada Concepción; se ve el bullicioso mercado; se ve el volcán de San Salvador; se ven decenas de tejados donde hay más láminas que tejas. En definitiva, se ve Santa Tecla, la ciudad creada vía decreto.

Aún se puede subir más, hasta las estilizadas cúpulas de las torres. Hay más escaleras, pero ya no merece la pena. Lo que se intuye arriba, entre la oscuridad, es solo una maraña de vigas y tablas. Ahí termina el recorrido, y empiezan las preguntas. ¿Se puede salvar El Carmen? ¿Por qué no se ha hecho nada en siete años? ¿Y si ocurriera otro terremoto mañana?
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* La calle Padres Jesuitas ha vuelto a ser rebautizada y ahora se conoce como Paseo El Carmen.

Fotografía: Roberto Valencia
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(Este relato forma parte de un reportaje sobre la iglesia de El Carmen publicado el 2 de marzo de 2008 en Revista Dominical, de La Prensa Gráfica, bajo el título de Abandonada a su propia suerte.)

martes, 21 de febrero de 2012

Rafael Menjívar Ochoa, un bloguero excepcional

(Este artículo se publicó originalmente bajo el título Un bloguero excepcional en la edición #23 de Istmo, la revista virtual de estudios literarios y culturales centroamericanos. Forma parte de un compendio de artículos  de distintos autores sobre el genial escritor salvadoreño)

Fotografía: rmenjivar.blogspot.com
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“La camisa ya es vieja; si no me equivoco, la compré en México en 1997 o 1998. El cabello y la barba también están destiñéndose. La computadora que aparece en la foto ya estaba fallando en ese momento…  Así arranca la primera entrada de Tribulaciones y Asteriscos, el blog que Rafael Menjívar Ochoa mantuvo vivo y actualizado con sorprendente regularidad durante casi seis años y medio. No suena aventurado especular con que aquel 4 de noviembre de 2004 fue un día especial para Rafa. Cualquiera que haya abierto un blog sabe que ese primer post no es igual al número diecisiete o al treinta y nueve. Más allá de la historia que se decida contar, de las palabras que se elijan, esa primera confesión se escribe por lo general acolchada por buenas intenciones, con la íntima convicción de que será la primera de un listado infinito. Pero esos deseos casi siempre son llamarada de tuza, y en cuestión de días o semanas, meses lo más, infinidad de blogs que nacen impetuosos como caballos desbocados terminan muertos de inanición. Afortunadamente, Rafa resultó ser un bloguero excepcional. 

Rafa destacó en muchas y variadas facetas. La de escritor es con justicia la más celebrada, pero también tuvo un papel destacado como docente, como periodista, como historiador, me atrevo a suponer que como padre y compañero de vida, y, por supuesto, como bloguero. Este es el aspecto que en lo particular me gustaría subrayar, y no solo porque es el que me facilitó acercarme a él, el que me permitió conocerlo y dimensionarlo, sino porque estoy convencido de que lo que publicaba era de gran calidad, de que con una buena selección de las mejores entradas costaría poco dar forma a un libro póstumo excepcional.

Tribulaciones y Asteriscos llevaba como subtítulo un significativo Cosa personal de Rafael Menjívar Ochoa, y era un espacio en el que cabían recuerdos, ideas dispersas, críticas literarias y periodísticas, pequeñas crónicas vivenciales, reflexiones políticas, anécdotas, desahogos, halones de oreja públicos a quien se los mereciera, combates dialécticos, intimidades confesables y un largo etcétera. En seis años y cuatro meses publicó 966 entradas, a un promedio de tres por semana; se dice pronto, pero son cifras que intuyo inalcanzables para ningún otro blog de autor –repito: de autor– de los que se escriben en El Salvador. Los suyos, además, tenían la virtud de ser post sustanciosos, que invitaban al debate y a la discusión; prueba de ello es el torrente de comentarios que generaban, y que Rafa tenía la sana costumbre de responder o matizar, algunos de forma tan extensa que empequeñecían el post original.

En lo particular, y gracias a esa herramienta maravillosa llamada Google Reader –que avisa de inmediato de las actualizaciones–, me acostumbré en los últimos años a leer sus entradas apenas Rafa las subía a la red, y no pocas veces me animé a comentárselas. Recuerdo una, en febrero de 2009, en la que nos contó las vueltas que dio para comprar un carro, un minúsculo Chery QQ de fabricación china, blanco y reluciente como una refrigeradora nueva, con "tacómetro", con "vidrios mecánicos" y con un motor de apenas 800 centímetros cúbicos. Además de por el entusiasmo que logró transmitir, supongo que esa entrada me gustó sobremanera porque ese carrito era –en tamaño, forma y prestaciones– muy parecido al Daewoo Matiz de segunda mano que, a costa de endeudarme con el periódico para el que trabajaba, yo compré a los siete meses de haber llegado a El Salvador.

Otro post entrañable es uno que tituló Por qué no me muero, que empezaba así:
 Algunos de mis estúpidos favoritos (machos y hembras) me preguntan de tarde en tarde que por qué no me muero, que si ya me morí y cosas por el estilo.

A Rafa para entonces ya lo habían operado de emergencia, operaciones que por cierto le impidieron actualizar el blog por una temporada. Los estúpidos a los que se refería eran un pequeño coro de internautas dogmáticos que lo acompañaron casi desde el nacimiento del blog, de esos que tienen a bien expresar su complejo de inferioridad mediante comentarios ofensivos y anónimos, y que Rafa ni siquiera se tomaba la molestia en censurar. 
No me muero porque no me ronca la gana, así de simple. Cuando cambie de opinión lo leerán en los periódicos, les respondió ese día.

Otro día le dio por compartirnos sus recuerdos sobre una procesión a la que involuntariamente asistió en Puebla, México, en la que una multitud paseaba las reliquias de Santa Columba. Que en los días previos hubiera ocurrido algo muy parecido en El Salvador con los restos de San Juan Bosco motivó un intercambio de pareceres.

Y así, casi mil.

Un matiz que creo necesario: mi limitada pero peculiar relación con Rafa no se limitó a Tribulaciones y Asteriscos. Supe de él y de su obra antes, prácticamente desde que llegué a El Salvador en septiembre de 2001. Lo recuerdo como una de las firmas poderosas de Vértice, el suplemento dominical de El Diario de Hoy, que por aquel entonces editaba mi amigo José Luis Sanz. Bastantes años después, a inicios de 2008, con el blog ya en plena ebullición, fue precisamente Sanz quien me sugirió a Rafa como la persona ideal para escribir una página de opinión en Séptimo Sentido, la revista de La Prensa Gráfica que por aquel entonces estábamos armando. Me pareció una gran idea. Se lo propuse a Rafa y aceptó gustoso, entusiasmado diría, pero a última hora alguien en las alturas del periódico se opuso sin dar explicaciones, y los lectores de Séptimo Sentido se perdieron la oportunidad de disfrutar de un buen puñado de artículos de un gran escritor salvadoreño, uno de los mejores, ácido y propositivo como pocos. Cuando con mucha pena lo telefoneé para explicarle la absurda decisión, me dijo que no me preocupara, que se sabía alguien que creaba anticuerpos en distintas esferas. El no alineamiento político tiene un costo en El Salvador.

La última vez que platiqué con Rafa creo que fue en octubre de 2010, medio año antes de su muerte. Lo busqué porque acababa de leer su libro Tiempos de locura (Índole Editores, San Salvador, 2008) y me pareció una fuente idónea para un pequeño reportaje que debía escribir sobre el 30º aniversario de la creación del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN). Me atendió amable, como siempre, como en cada una de nuestras pláticas por teléfono o de nuestros encuentros virtuales en Tribulaciones y Asteriscos.

Pero a pesar de todos estos intercambios, no recuerdo haber estrechado nunca la mano de Rafa, ni habernos sentado a tomar un café. He de confesar que me extrañó cuando Krisma Mancía, su pareja al momento de su fallecimiento, me pidió que escribiera sobre él, habiendo tantas otras personas que mantuvieron una relación mucho más íntima y estrecha. Ella sabrá. Lo más que animé es a juntar este puñado de párrafos sobre lo que más me unía a él: su blog.

Su lucidez se echa en falta en Internet.

La última entrada que escribió se la dedicó a sus hijos, y está fechada el 25 de febrero de 2011. Desde entonces, silencio. Quizá esa era la idea original de Rafa. De alguna manera algo dejó entrever en aquel primer post escrito el 4 de noviembre de 2004, el que comenzaba describiendo su camisa, sus canas y su vieja computadora, y que terminaba con unas palabras que hoy suenan premonitorias:

“Y, en fin, la vida continúa, como ha venido continuando desde hace 45 años y como continuará durante un tiempo indeterminado, pero cierto”.

Adiós, Rafa, gracias por todo.

viernes, 17 de febrero de 2012

Un país violento es...

Un país violento es aquel en el que la clase política –la que debería dar ejemplo– empapela la ciudad de sonrisas falsas antes del plazo que la ley establece para hacerlo.

En un país violento hay familias que ganan dos mil o tres mil dólares mensuales que se desviven por cobrar el subsidio del gas.

Un país violento es cuando una oenegé te cita en su despacho, llegás a la cuadra, en colonia clasemediera, y no hay rótulos de la oenegé en cuestión, y te dicen que antes sí había, pero que los quitaron porque entra y sale mucho gringo, por la inseguridad.

Un país violento es en el que asesinan a una docena de personas cada día.

Un país violento es en el que asesinan a una docena de personas cada día y a la mayoría de los vivos le vale.

Un país violento es en el que asesinan a una docena de personas cada día, a la mayoría de los vivos le vale, y todavía se molestan cuando se lo recordás.

Un país violento es cuando se te cae el celular al agua, se arruina, y todos te recomiendan sin rubor que vayás a la Policía e inventés que te lo robaron, para poder hacer efectivo el seguro de robo.

En un país violento se monta un tamal para pagar menos impuestos a Hacienda y todavía se tiene la desfachatez de llamarlo milagro de amor.

Un país violento es en el que la progresía se rasga las vestiduras porque el Estado no ayuda a los pobres, y esos mismos quejosos luego pagan diez pinches dólares el día a las personas que les cuidan los hijos o les planchan los calzones.

En un país violento un descuartizamiento es tan común que ya ni se menciona.

Un país violento es cuando el arzobispo desfacela la catedral porque sí, porque es el arzobispo.

Un país violento es cuando el arzobispo desfacela la catedral porque sí, y a la mayoría de los tuiteros –a los que les vale la docena de asesinatos diarios– esto los enciende.

En un país violento las iglesias están más interesadas en ganar diezmos-ofrendas-limosnas, en ganar minutos de televisión, que en modificar conductas violentas.

Un país violento es cuando a pleno mediodía frente a la escalinata de la catedral, con o sin azulejos de Llort, hay un viejo tumbado –ebrio o loco, quién sabe– que se ha cagado encima y hiede, y la gente que pasamos alrededor solo queremos alejarnos, como quien se alejaría de una bolsa de basura.

Un país violento es aquel en el que alguien gana seiscientos dólares mensuales y cree que los suyos son los verdaderos problemas, los únicos, las estrecheces, sin reparar en cómo lo hará el 90% de los salvadoreños que viven con menos.

En un país violento el presidente usa la imagen de Monseñor Romero porque sí, porque es el presidente.

Un país violento es cuando llegás a una colonia, preguntás por alguien, y a ocho-seis-tres casas de distancia te responden que no saben quién es esa persona, pared con pared incluso, porque apenas quedan comunidades, solo gente que vive amontonada.

Un país violento es aquel en el que abundan los ignorantes disfrazados de machos alfa.

En un país violento las oenegés que dizque trabajan en la prevención de la violencia diseñan sus intervenciones al gusto de los mecenas europeos, relegando las verdaderas necesidades de los jóvenes.

Un país violento es en el que los comerciales nos siguen engañando con que somos un pueblo de trabajadores-buzos-felices-avispados-buenagente-afortunados-soñadores-nobles, olvidando los versos del Poeta que hace décadas ya nos definían como ladrones, contrabandistas y estafadores, como los reyes de la página roja, como los guanacos hijos de la gran puta, como los primeros en sacar el cuchillo.

En un país violento no respetar la cola en una trabazón, tirarse por el carril contrario, es ser buzo y avispado.

Un país violento es aquel en el que no serán dos ni tres las personas que leerán esto y su reacción será molestarse con el autor, insultarlo en su mente, pensarán: quién-se-cree-este-periodista-de-mierda-para-hablar-así-de-mi-país, en lugar de reflexionar sobre la sociedad descompuesta de la que forma parte.

Un país violento lo hacen violento el Killer de Las Margaritas y el presidente y el agente Majano de la delegación cantonal y el maestro acosador de alumnas y el tuitero que pide el retorno de los grupos de exterminio y vos y yo.

Un país violento es…

(San Salvador, El Salvador. Febrero de 2012)

Fotografía: internet
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(Esta reflexión fue publicada el 14 de febrero de 2012 en la sección Bitácora del proyecto de cobertura periodística de la violencia Sala Negra, de elfaro.net)

martes, 14 de febrero de 2012

Desde un país que no cuenta, ¿o sí?

A inicios de 2008 nació un blog que bauticé con el nombre Desde un país que no cuenta... Al poco terminó convertido en un insípido recopilatorio personal de historias ya publicadas, un verdadero fósil viviente que nunca promociono, pero he de reconocer que el nombre del blog me sigue gustando mucho. El doble sentido era evidente y pertinente: El Salvador se consideraba –aún se considera– un país que no cuenta en la agenda mediática internacional, ignorado por CNN salvo terremoto, huracán o masacre carcelaria; y al mismo tiempo los periodistas salvadoreños huíamos por ignorancia o incapacidad de contar historias en todo su esplendor, huíamos de la crónica, de las historias reporteadas hasta la extenuación y narradas con las herramientas de la literatura, menospreciábamos casi siempre el cómo en favor del qué, preferíamos la cita a la mirada, la estadística a la metáfora. Parafraseando a Leila Guerriero, a inicios de 2008 en las páginas de los periódicos y revistas guanacas el lector hallaba infinitas manchas grises y muy pocos tajos inolvidables.

Han pasado cuatro años, y ya no estoy tan seguro de que el doble sentido siga vigente.

Me explico: la todopoderosa Editorial Alfaguara acaba de publicar en España Antología de crónica latinoamericana actual (Alfaguara, Madrid, 2012), editada por el escritor colombiano Darío Jaramillo Agudelo, y que en el prólogo se presenta como un libro que reúne “a los autores más notables y algunos de sus trabajos más atractivos, más asombrosos”. Pues bien, entre los 46 cronistas latinoamericanos seleccionados hay tres salvadoreños, los tres del periódico digital El Faro: mi amigo Carlos Martínez, su hermano –y también gran pana– Óscar Martínez, y este servidor, con relatos sobre el atormentado juez al que le tocó investigar el asesinato de Monseñor Romero, sobre 
un pueblo clave en el camino hacia Estados Unidos que emprenden los migrantes centroamericanos llamado Altar, y sobre la vida cotidiana en el reparto La Campanera de Soyapango, respectivamente.

El prólogo de la obra, que lo firma Jaramillo Agudelo, arranca así:

La crónica periodística es la prosa narrativa de más apasionante lectura y mejor escrita hoy en día en Latinoamérica. Sin negar que se escriben buenas novelas, sin hacer el réquiem de la ficción, un lector que busque materiales que lo entretengan, lo asombren, le hablen de mundos extraños que están enfrente de sus narices, un lector que busque textos escritos por gente que le da importancia a que ese lector no se aburra, ese lector va sobre seguro si lee la crónica latinoamericana actual.
Después se insertan intercalados entre joyas de Leila Guerriero, Martín Caparrós, Alberto Salcedo Ramos, Juan Pablo Meneses o Daniel Titinger los tres relatos made in El Salvador.

¿Puede afirmarse que El Salvador cuenta ya cuando se habla de crónica, de periodismo narrativo? Las tres historias seleccionadas son, a su vez, la única representación de la región centroamericana. Pero no solo eso. De entre todos los países de América Latina, solo Argentina, Colombia, México, Perú y Chile aportan a la antología de Alfaguara más cronistas que El Salvador. Pero no solo eso. Si se ponderan las cifras en función de la población, el Pulgarcito de América se erige como el territorio con la más alta tasa de cronistas por cada millón de habitantes, seguido por Uruguay, Chile y Argentina. 



Más allá del criterio del compilador Jaramillo Agudelo, la sensación que tengo de que el doble sentido de la frase Desde un país que no cuenta está perdiendo vigencia se debe a la convicción de que en la antología podrían haber entrado historias firmadas por otros colegas salvadoreños, como César Castro Fagoaga, Daniel Valencia Caravantes, Carlos Chávez, Carlos Dada, José Luis Sanz, Glenda Girón… No se trata pues de tres pinches golondrinas; estoy convencido de que desde hace unos años algo se está moviendo en este paisito, poco a poco, imponiéndose sobre la mediocridad generalizada.


Por eso hoy me van a permitir el ejercicio de vanidad –consciente de que falta tanto por aprender–, y terminaré este post con una afirmación que a más de uno le sonará temeraria o prepotente: hablando de crónica al menos, El Salvador sí empieza a contar, siquiera tantito, ¿o no?

Fotografía: alfaguara.com




miércoles, 8 de febrero de 2012

Maras 1995

“Maras alerta por La Sombra Negra”, grita el titular, como si lo hubieran escrito a propósito para resultar más atractivo en el futuro. El periódico que lo guarda es un ejemplar de La Prensa Gráfica del 26 de mayo de 1995, y esa noticia es la que abrió aquel día la sección El País, en la que se consignaban las notas del interior que no tenían cabida en las páginas de Nacionales.

Hoy todavía es primera semana de enero, y esto es la hemeroteca de la Universidad Centroamericana (UCA), adonde he llegado bien temprano porque necesito corroborar algunos hechos –y dimensionarlos– antes de cerrar el reporteo de la crónica “La triste historia de un reclusorio para niños llamado Sendero de Libertad”. Creí que las consultas me llevarían lo más un par de horas, pero faltan minutos para el mediodía y aún estoy aquí, fotografiando y tomando notas como loco. En un tema tan complejo y enrevesado como el de las maras, bucear en el pasado suele deparar sorpresas.

A mediados de los noventa, las maras ocupaban ya un lugar prominente en la prensa nacional. A los periodistas les gustaba llamar a sus integrantes antisociales. “Maras intentan violar a joven”, leí hace un rato en un viejo ejemplar sabatino de El Diario de Hoy, un intento de violación consignado a cinco columnas y en página 19.

A mediados de 1995, las pandillas como fenómeno muy poco tenían que ver con lo que tenemos en la actualidad. Pero no faltaron los salvapatrias de turno, y surgieron grupos de exterminio que pretendieron a su manera poner coto a esta forma de violencia juvenil. La Sombra Negra fue el más activo y el que sigue vivo en el imaginario colectivo, pero hubo varios: la Nueva Sombra Blanca, el Comando Ejecutivo Antidelincuencial Transitorio…

La referida “Maras alerta por La Sombra Negra” está ambientada en la ciudad de San Vicente, y trata sobre cómo fue recibida entre los “antisociales” una amenaza de muerte que el grupo de exterminio hizo llegar días atrás a una radio local: asesinarían a los líderes de las pandillas si no dejaban de abrir carros y asaltar a las personas que visitaban el turicentro Amapulapa. Los amenazados eran la Mara 80, la Mara Santuario y la Mara El Río, entre otras. El Barrio 18 y la Mara Salvatrucha ni se mencionan.

No se trata de un caso aislado. En esta mañana he leído al menos dos docenas de noticias relacionadas con las maras, todas publicadas entre mayo y junio de 1995, y apenas se mencionan los nombres de las pandillas que hoy suenan a únicas. La Máquina o la Gallo, maras que ahora algunos se esfuerzan por recordar con nostalgia, eran las que se robaban los titulares de los delitos más graves.

Pero la nota que más me ha sacado de onda es un amplio reportaje titulado “Las maras también son víctimas”, de El Diario de Hoy, sobre un programa organizado por el Instituto Salvadoreño de Protección al Menor, para la reinserción de pandilleros de San Marcos. En ese municipio, señala la nota, había 19 maras diferentes, pero “solo se ha trabajado con miembros de MS (Mara Salvatrucha) por ser menos violentos y más accesibles”.

Menos violentos y más accesibles, dice.

¿Qué nos ocurrió? ¿Cómo una sociedad esperanzada tras los Acuerdos de Paz derivó en lo que somos? ¿Cómo el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha terminaron absorbiendo el crisol de pandillas que había? ¿En qué momento un problema de violencia juvenil se convirtió en el monstruo que nos está devorando? ¿Qué hicimos mal o qué no hicimos? ¿Cómo una sigla como la MS –dizque los menos violentos, los más accesibles– terminó convertida en una refinada máquina de asesinar? ¿Cuánto contribuyeron la Sombra Negra y sus imitadores a la radicalización del fenómeno?

Concluyo lo venía a hacer en la hemeroteca y me encamino hacia el bus con más preguntas que respuestas. Falta tanto por contar… En enero asesinarán a más de 400 salvadoreños. Repito: más de 400 salvadoreños asesinados. Dicen que la mayoría de esas muertes tiene relación con las maras.

(Antiguo Cuscatlán, El Salvador. Enero de 2012)

Fotografía: Roberto Valencia

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(Esta crónica fue publicada el 6 de febrero de 2012 en la sección Bitácora del proyecto de cobertura periodística de la violencia Sala Negra, de elfaro.net)

sábado, 4 de febrero de 2012

Cacao para los niños de Sendero de Libertad

Hoy es el último martes de octubre, y esta tarde de cielos limpios es aún más calurosa dentro de la bodega enrejada de los víveres que el Estado salvadoreño compra para los muchachos del Centro de Inserción Social Sendero de Libertad. Sobre una larga mesa de madera en el cuarto de los refrigeradores –dos refrigeradores y dos congeladores llenos de carnes variadas, quesos, embutidos y cremas– hay un gran recipiente metálico, semiesférico y semilleno de semillas oscuras.

—Mire lo que tenemos aquí –dice Noé, la satisfacción impregnada en cada una de sus palabras–. ¿Sabe qué es? Es cacao, para hacerles chocolate. Les encanta, con leche y puro también.

La semilla de cacao sabe amarga.

Noé Alvarado tiene 24 años, es técnico en Gastronomía y se encarga no solo de que el menú sea idóneo en sabores, texturas y nutrientes, sino también de todo lo administrativo-financiero en la cocina. Ecónomo, le dicen a lo que él hace. No cualquiera puede serlo. Noé se graduó en diciembre de 2009 en la Escuela Especializada en Ingeniería ITCA-FEPADE, y antes trabajó como encargado de cocina en un concurrido restorán llamado La Bodeguita del Cerdito.

—Creo que comen mejor aquí que afuera. Dos veces al mes tengo que darles lonja, ¿y cuánto vale la libra de lonja? Ni en mi familia teníamos eso garantizado cuando yo estaba chiquito. Pero cuesta que comprendan… Quiero hacerles entender que coman vegetales, pero algunos no quieren, y más de uno hasta me ha ofendido alguna vez, aunque en general tengo buena comunicación. Son más los que lo aprecian a uno.
—Para esta noche, ¿qué están preparándoles?
—Vamos a ver…

Noé da un par de pasos y se asoma a la cocina, donde tres de sus subordinados preparan la cena. Unas hojas escritas a mano y pegadas en la pared explicitan el menú de toda la semana. Lee.

—Hoy cenarán plátano frito, casamiento, crema y pan francés. Y para desayuno les dejamos huevo duro con tomatada, frijolitos guisados, queso, dos franceses y la bebida: café con leche. Ah, y siempre se les da un pan dulce.
—¿Cuál es la comida que más les gusta?
—Para el almuerzo… carne a la plancha. Y en la cena, cuando hacemos hamburguesas, hot-dog o sándwich. Les encanta.

A Noé le encanta su trabajo. Me encanta mi trabajo, dice. Su padre no quería que estudiara cocina, lo veía poco apropiado, pero un hermano mayor lo apoyó. Noé es el séptimo de once, y el suyo fue un hogar en el que nunca sobró el dinero, pero en el que todos lograron el cartón de bachiller. La clave, dice convencido, es la familia. Si la familia funciona, la sociedad funciona.

—Casi todos los jóvenes vienen de familias desintegradas. Aquí hay de todo, pero muchos delinquen porque no tienen qué comer o para ayudar a la mamá. Por eso digo: si cometieron un error, tienen derecho a una segunda oportunidad. Si todos fuéramos juzgados por los errores que cometemos, todos estuviéramos presos.

Noé resultará el más optimista entre todas las personas con las que hable en Sendero de Libertad, quizá porque es de los que menos tiempo lleva.

Fotografía: Roberto Valencia
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(Este es un fragmento de una crónica titulada "La triste historia de un reclusorio para niños llamado Sendero de Libertad", publicada el 23 de enero de 2012 en Sala Negra de El Faro).
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