lunes, 20 de junio de 2011

Una buena mañana

Es un orgullo extraño, difícil de explicar, quizá imposible; dudo al menos que lo logre en este post escrito con las urgencias propias de esta situación. Muy avanzada ya la mañana de este lunes, mi hija Alejandra está ahora sentada sobre su pequeña silla amarilla de plástico, extrañamente hipnotizada por las imágenes que salen de la computadora portátil. Alejandra aún no ha cumplido año y medio, pero hay una serie llamada JimJam y Sunny que la cautiva, y no es de hoy, es desde hace meses, desde que en enero conoció en Euskadi a esos muñecotes cabezones y amarillentos que con canciones enseñan los colores, las formas, las partes del cuerpo. “Pacum”, dice Alejandra cuando JimJam enseña sus zapatos. Un pacum es un zapato, obvio, aunque pacum en otro contexto también puede significar pato. Ella sabe. Sentada continúa Alejandra. Lleva dos episodios de más de 20 minutos cada uno, con mi mirada. Apenas se ha levantado para beber agua o para hacerme notar alguna ocurrencia de los cabezones. “Tin”, me ha repetido cuando Sunny agarró un calcetín. Tin, obvio, significa calcetín. Alejandra se levanta ahora para bailar, para balancearse sobre sus poderosas piernitas. Y es así, parada y en movimiento, cuando más se le ven las docenas de puntos rojos que se han apoderado de su cuello, una extraña reacción que ya está en tratamiento, con ungüentos y todo eso, y que es la que me está permitiendo disfrutar de mi hija esta mañana. Ahora me mira y me mata. Me mata. Se ha bajado de la sillita, tan liviana que ella la agarra y la mueve como si fuera una servilleta, y la quiere morder, y me mira primero con esos grandes ojos oscuros, como esperando que la reprenda. Es tan guapa… Se levanta, parece que el efecto de JimJam y Sunny comienza a disiparse. Probaré algo: me sentaré en el suelo, a un par de metros y le pediré que me dé un abracito. Luego les cuento.

[…]

Lo dicho: un orgullo extraño, difícil de explicar. Imposible.

Fotografía: Roberto Valencia

jueves, 16 de junio de 2011

Morir en Bluefields

El cuerpo de Pen-Pen todavía está dócil; hace apenas seis horas aún respiraba. Lo tienen sobre una camilla metálica, envuelto como Jesucristo en una sábana blanca, aunque la sangre que sale por los orificios de las balas comienza a teñirla de rojo. La madre, María, está sentada cerca del cadáver, quizá demasiado para una madre. Los grandes rulos en su cabello blanco dejan entrever lo inesperado y lo intempestivo de esa muerte.

La casa es humilde, de madera como se estila en el Caribe. Además de la madre, la habitación está llena de familiares, de amigos, de curiosos. Todos son negros. Casi todos son jóvenes. El silencio se vuelve más silencio cuando en la puerta aparece uniformado el comisionado mayor Manuel Zambrana, la máxima autoridad de la Policía Nacional en Bluefields. También para él ha sido una larga noche. Entrar en la casa no ha resultado sencillo, le ha tocado escuchar de todo.

—Dos o tres chavalos gritaban molestos cuando llegamos –me dirá Zambrana dos días después–, pero si usted averigua quiénes son, verá que son delincuentes con un rosario de antecedentes, con el mismo perfil de Pen-Pen.

Zambrana viene del hospital, de unas horas más tensas si cabe, pero quiere presentar sus condolencias a María, cumplir así el compromiso de visitarla, adquirido ante una de las hermanas del finado.

—Sentimos mucho lo que pasó –le dice Zambrana a María–. Aquí estamos, para ayudar en lo que podamos.

Esa ayuda se limitará a café y azúcar para la vela. Aprovecha el encuentro para explicarle la versión oficial de lo ocurrido. Le cuenta que, al verse emboscado, su hijo metió un balazo en la cabeza a un agente de la Policía Nacional, y que el compañero respondió al fuego con los cinco o seis disparos que acabaron con Pen-Pen. Serena, María responde que cree que su hijo presentía que iba a morir. La conversación es corta, y, apenas termina, Zambrana se despide con un abrazo y se retira de la casa.

En los próximos días la muerte de Pen-Pen estará en boca de todos.

----------------------------------------------------
(Esta es la primera versión de la entrada de una crónica titulada La muerte de Pen-Pen, que se publicará en Sala Negra de El Faro la próxima semana)

Fotografía: Roberto Valencia


sábado, 11 de junio de 2011

Hablan de Monseñor Romero (prólogo del autor)

Monseñor Romero se ha convertido en algo tan grande que aspirar a condensarlo en un puñado de páginas resultaría un acto de vanidad. Este libro, pues, no tiene vocación biográfica, ni pretende ser un manual de historia, ni revelar verdades nunca antes contadas sobre su teología o sobre las sombras que aún envuelven su asesinato. 

Hace más de tres décadas que dejó de estar entre nosotros, pero su figura no hace sino crecer: siguen apareciendo documentales, libros, conversatorios, estatuas y homenajes en el ámbito académico-cultural, pero sus palabras y su rostro proliferan también en murales y camisolas tanto en cantones ignotos del territorio salvadoreño como en cosmopolitas ciudades de Europa y Norteamérica. No es ninguna exageración afirmar que Monseñor Romero se ha convertido en un referente mundial. 

A inicios de noviembre de 2010 trascendió una noticia que apenas tuvo eco en la prensa salvadoreña. La Asamblea General de Naciones Unidas (ONU) proclamó el 24 de marzo, fecha de su asesinato, como el Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con Violaciones Graves de los Derechos Humanos y de la Dignidad de las Víctimas, para su conmemoración en todo el mundo. Conviene tomarse unos segundos para leer cómo la ONU justificó esta decisión: “Reconociendo también los valores de Monseñor Romero y su dedicación al servicio de la humanidad, en el contexto de conflictos armados, como humanista consagrado a la defensa de los derechos humanos, la protección de vidas humanas y la promoción de la dignidad del ser humano, sus llamamientos constantes al diálogo y su oposición a toda forma de violencia para evitar el enfrentamiento armado, que en definitiva le costaron la vida el 24 de marzo de 1980”. Eso se dijo en Naciones Unidas sobre un salvadoreño. 

Conviene explicitar, sin embargo, que su grandeza no comenzó a edificarse sobre su memoria. A pesar de ser arzobispo de un minúsculo país tercermundista, Óscar Arnulfo Romero Galdámez fue reconocido en vida por universidades de Estados Unidos y Bélgica con dos doctorados Honoris Causa, y el Parlamento británico lo propuso a finales de 1978 como candidato al Premio Nobel de la Paz. Algún día el Vaticano quizá lo beatifique, para dicha de la feligresía católica, pero, ocurra o no, su figura brilla tanto ya que estoy convencido de que las numerosas biografías, recopilaciones, películas y noticias periodísticas que han visto la luz siguen siendo pocas. 

El librito que tiene entre sus manos surge con la única aspiración de aportar, con mucha humildad, un granito que contribuya a recopilar, ordenar y –si cabe– difundir aún más su vida. La Fundación Monseñor Romero y quien suscribe estas líneas coincidimos en que, dentro de lo mucho y variado que se ha escrito, su lado humano es quizá el menos explorado. De Romero, por ejemplo, se sabe que defendió a los pobres y que pronunció valientes homilías, pero no se conoce tanto si era tímido o extrovertido, callado o dicharachero, o si le gustaban el fútbol, el teatro o los frijoles. 

Para intentar conocerlo mejor, hablamos con un racimo de personajes que lo conocieron bien. El guión es muy sencillo: realizar semblanzas de cada de estas personas para con todos esos perfiles configurar, como si fuera un rompecabezas, una semblanza de Monseñor Romero. Todo, eso sí, concebido, reporteado y redactado desde la trinchera del periodismo, con la entrevista de profundidad como principal herramienta de trabajo, aunado a una intensa labor de documentación. Dicho esto, resulta obvio que la materia prima de esta obra son los testimonios que amablemente brindaron los entrevistados, casi siempre en largas sesiones que en algunos casos se prolongaron por varios días. Desde aquí, un sincero agradecimiento a Héctor Dada Hirezi, Ricardo Urioste, Salvador Barraza, Eva Menjívar, María de la Luz Cueva, Víctor Hugo Rivas, Orlando Cabrera, la familia Chacón y Roberto Cuéllar Martínez. Sin su paciencia este esfuerzo nunca podría haber llegado a puerto alguno. 

El tiempo pasa, y ese pasar de los años termina siendo uno de los principales problemas a la hora de reconstruir escenas, al menos cuando se escribe con la ética como Norte. La memoria humana tiene limitaciones, y tampoco hay que descartar los lógicos riesgos de idealización cuando se habla de alguien como Monseñor Romero. Ya he señalado que este libro se ha escrito desde la trinchera del periodismo, lo que anula por completo la consciente invención o manipulación de datos o testimonios, pero creo que no está de más señalar que en el reporteo quedaron sin respuesta muchas preguntas, que se revelaron respuestas que tenían mal planteada su pregunta, y que hasta se hallaron respuestas falsas que, a fuerza de repetirse, muchos las consideran verdades. 

Así, los testimonios recogidos ponen en duda axiomas como que el calibre de la bala utilizada para asesinarlo era .22, o como el lugar desde el que se disparó el fusil en la capilla, o como la influencia que tuvieron en la metamorfosis de Monseñor Romero los dos años que pasó como obispo de Santiago de María. Esos mismos testimonios también revelan como falsas algunas aseveraciones en torno a su figura, como la del reverendo William Wipfler, quien erróneamente se atribuye ser la última persona en recibir la comunión de manos del arzobispo; o como esa otra versión, tan extendida como errada, que asegura que el proyectil impactó en su pecho durante la consagración. 

En fin, se trata de aportes mínimos pero novedosos a su vida y a su muerte, que surgieron mientras intentábamos satisfacer la principal misión que nos habíamos propuesto: realizar un honesto retrato de Monseñor Romero como ser humano, no solo como el mito casi inalcanzable en que se ha convertido. En estas páginas el obispo mártir reirá, sufrirá, se enojará, tendrá miedo, comprenderá y pedirá comprensión, contará chistes, regañará a sus amigos, se equivocará… como nos ocurre a todos. 

En lo personal, agregar como conclusión que, cuando lo asesinaron, yo apenas tenía 3 años de edad, por lo que celebro sobremanera la oportunidad que la Fundación Monseñor Romero me concedió de conocerlo ahora. De todo corazón agradezco a quienes me abrieron las puertas de sus vidas para intentar comprender la vida de Monseñor Romero. Y a usted, amigo lector, espero que leer este libro le deje la misma sensación de estar ante un personaje inigualable que me dejó a mí escribirlo. 


Roberto Valencia, periodista 
robertogasteiz@yahoo.com 
Marzo de 2011



El libro Hablan de Monseñor Romero se encuentra a la venta en la librería de la UCA y en la sede de la Fundación Monseñor Romero (2226-0934).

viernes, 3 de junio de 2011

Funes y Romero

"Gobernar bien es la máxima expresión del compromiso con nuestro pueblo y con la memoria de Monseñor Óscar Arnulfo Romero; mi maestro, guía espiritual de la nación, cuya tumba visité esta mañana, antes de dirigirme a este auditorio".

Mauricio Funes
1 de junio de 2009

"Queremos creer en las promesas verbales del Señor Presidente sobre la democratización del país, pero lamentablemente estos hechos tienden a contradecir esas promesas". 


Monseñor Romero 
Homilía del 2 de septiembre de 1979


Caricatura: Otto

martes, 31 de mayo de 2011

Alma

El Salón Rosado del Palacio Nacional se ha quedado pequeño para escuchar la ponencia magistral que cerrará el II Foro Centroamericano de Periodismo, organizado por el periódico digital El Faro. En San Salvador es noche cerrada ya, pasan las 8, cuando la cronista mexicana Alma Guillermoprieto toma al fin la palabra.

—Hace ya casi 34 años, a finales de octubre de 1978, llegué por primera vez a El Salvador. Y hace ya 30 años que no había vuelto a este país. Para mí, pues, esta visita está cargada de emociones y recuerdos añejos, y de desconcierto. He encontrado…

Alma nos lleva a sus primeros días en el país, a un accidentado viaje que, organizado por el provincial de los jesuitas, el padre César Jerez, la llevó hasta un recóndito pueblito llamado Cinquera, en el departamento de Cabañas. Allí conoció el terror y la irracionalidad que ya sacudía El Salvador y que en un par de años cristalizaría en una guerra civil interminable.

—Que si a una mujer le habían matado a su hijo, que si otra había encontrado a su marido muerto, todo tuqueadito con un corvo. Otro, y otro más, todos tuqueaditos. Batallando por entender el acento campesino, tardé en entender el significado de la frase. Creo que fue el diminutivo lo que me mató: tuqueadito...

De la multitud en esta sala seguramente soy el único al que no es la palabra “tuqueadito” la que más le llama la atención. La palabra que brilla sobre las demás es corvo. Hay un porqué: hace casi dos semanas, llegó a mi cuenta de Google un correo de Alma, fruto de las urgencias que acompañan todo proceso creativo.

—Roberto, recordame, ¿cómo se le dice al machete en El Salvador? –decía.
—Corvo –respondí de inmediato.
—Exacto. Gracias.

Y ahí quedó todo. Hasta hoy, hasta que esa palabra –corvo– resuena más sonora que nunca incluso en una voz dulce y suave como la de Alma.

La ponencia apenas empieza, y en efecto será magistral, no solo porque así lo diga en las tarjetas de invitación. Invitará a reflexionar, entre otras cosas, sobre este oficio que alguien llamó el más bello del mundo, y finalizará con una frase de esas que logran que el piso se tambalee.

—Y pensé –dirá en unos minutos Alma– que la vida es siempre más fuerte que nuestra capacidad de matar.


Fotografía: Mauro Arias
Related Posts with Thumbnails