Seré cobarde y para decir lo que voy a decir sobre el periodismo que se escribe en las españas –circunscribo y enfatizo: el que se escribe, el escrito–, me
escudaré en una de sus vacas sagradas.
Enric González dijo esto en
una entrevista publicada el pasado mes de noviembre en el diario El Tiempo, de Colombia: “La crónica, que para mí es el género estrella porque tiene mayor presencia de la
voz del autor, brilla en América Latina hace muchos años, pero creo que va cada vez a mejor. Lo que más me llama la atención es lo bien que se escribe, en
comparación con España, donde el uso del lenguaje se ha empobrecido. En América Latina se está llegando finalmente a proporcionarle un auténtico placer
estético al lector”.
El gran Enric González dice una obviedad que no parece serlo tanto en las españas: desde hace al menos una década el mejor periodismo en español se está
escribiendo en Latinoamérica, con Argentina, Colombia, México y Perú a la vanguardia. Y me atrevo a interpretar que no es tan obvio en la “madre patria”
porque en general la sociedad española –e incluyo acá a catalanes, gallegos, vascos y demás– aún no ha logrado desprenderse del aire de preeminencia que
siente sobre lo latinoamericano. Esa altanería (por no adjetivarlo con mayor sonoridad) tan presente en las españas ha permeado en el periodismo y en los
periodistas, como parte de la sociedad que son. ¿Qué tiene que aprender un periodista primermundista español de uno costarricense o boliviano? ¿Alguien que
firma en trasatlánticos como El País o El Mundo puede aprender de algotro que publica en chalupas como Emeequis, Etiqueta Negra, Anfibia o El Faro? Pues
eso.
Pero veamos.
Los últimos tres Premios Ortega y Gasset de Periodismo en la categoría 'Periodismo impreso' los han ganado el colombiano Alberto Salcedo Ramos, el mexicano
Humberto Padgett y nicaragüense Octavio Enríquez. Con el otro gran referente en el que se miden trabajos de uno y otro lado del Atlántico, el Premio Rey de
España de la agencia Efe, hay que rebuscarse para encontrar españoles entre los galardonados del último lustro, y prácticamente han desaparecido de los
reconocimientos que más énfasis ponen en la calidad literaria de las piezas.
Pero si algo me impulsó a escribir este exabrupto –con el que es obvio que muchos amigos no voy a hacer– es lo sucedido en el Premio Gabriel García Márquez
de Periodismo, que la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) entregó el pasado mes de noviembre. Ni un solo trabajo made in Spain entre
los ganadores de las cuatro categorías, ni siquiera entre los doce que subieron al pódium. En la categoría 'Crónica y reportaje' se colaron propuestas de
México, Argentina, Colombia, Chile, Perú, Brasil y El Salvador entre los diez finalistas, pero cero relatos de las españas.
Alguien estará pensando que en Madrid, Barcelona, Sevilla o Salamanca apenas nadie conoce la FNPI (hecho que, de ser cierto, ya tendría un significado
demoledor), pero ni siquiera esa excusa es válida ya. Para las cuatro categorías del Premio Gabriel García Márquez de Periodismo se recibieron más de 1,300
trabajos de un total de 30 países. En el vendaval iban 111 propuestas desde las españas, el quinto país que más propuso, solo superado por Colombia,
Brasil, Argentina y México. Otro dato poderoso y significativo: 7 de los 36 jurados que participaron en las distintas fases del complejo sistema de
premiación tenían pasaporte español, lo que de alguna manera evidencia la conciencia sobre el influyente papel en tiempos pasados y mejores.
Lo bueno es que algunos pasitos se están dando para revertir el declive del periodismo de largo aliento español; mínimos pero válidos. Se ven brotes
verdes, si me permiten la trillada metáfora. En los últimos años, entre tanta discusión estéril sobre el presente y el futuro de la profesión, han surgido
iniciativas como Jot Down, Libros del KO, tintaLibre, FronteraD, eCícero, Líbero... con vocación de escaparate para la buena crónica periodística. Más
importante si cabe, hay una camada de periodistas que se ha dejado latinoameriquizar, bien porque viajaron, permanecieron, se empaparon y se
convencieron, bien porque vencieron sus prejuicios desde la distancia y experimentaron la fórmula latina con humildad.
José Luis Sanz es valenciano, coautor de
'El viaje de la Mara Salvatrucha' –crónica publicada en el periódico digital El Faro– y único español que se coló entre los finalistas de la categoría 'Crónica y reportaje' del Premio
Gabriel García Márquez. Pero él lleva quince años en El Salvador, y es su renuncia a la concepción hispana del periodismo la que lo ha llevado al lugar que
hoy ocupa. Me late que sucede lo mismo con otros periodistas que migraron a tiempo y constataron la obviedad explicitada con maestría por el gran Enric
González. Se me ocurren ahora el gasteiztarra Álex Ayala Ugarte, el cántabro Enrique Naveda, el astur Alberto Arce o la gallega Martina Bastos.
Más de uno se estará planteando una inquietud legítima: ¿quién es este donnadie que se atreve a etiquetar lo que es buen y mal periodismo? ¿Con qué
criterios? Solo me queda invitar a leer lo que se está escribiendo a uno y otro lado (me refiero a la vanguardia, obvio, porque en Latinoamérica también
hay juntaletras y diarios llenos de faltas de ortografía), apelar al sentido común y refugiarme en otra vaca sagrada. Gumersindo Lafuente: “Y es
que, mientras en Europa, y muy especialmente en España, doblan las campanas por la degradación o muerte de muchos periódicos, allá, de México a Chile,
florecen un buen puñado de nuevos medios que pelean, desde la calidad, el rigor y el compromiso con sus lectores, por hacerse un hueco en el mercado. Y
muchas veces en situaciones complicadas, teniendo que enfrentarse a las amenazas del poder o de las mafias. Pero siempre recorriendo el presente y mirando
al futuro con optimismo, ese bien tan escaso hoy en nuestro país”.
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Fotografía: internet |
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(Este texto se publicó primero el 10 de enero de 2014 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, bajo el título 'Periodismo escrito Marca España')