sábado, 4 de agosto de 2012

La muerte llegó en tren a El Progreso

En la tarde del viernes 27 de julio de 2012, Carlos Alfredo Sorto Ramírez –19 años, dieciochero, facción R del Barrio 18– y tres pandilleros más estaban sentados en la entrada de la comunidad El Progreso I, uno de esos asentamientos que supuran podredumbre, de esos a los que las etiquetas precario y marginal les quedan cortas. El Progreso I pertenece al municipio de Delgado, departamento de San Salvador, y para llegar desde la capital hay que ir primero hasta el kilómetro 5½ de la carretera Troncal del Norte, salirse en el desvío de la colonia Montecarlo y caminar unos 400 metros junto al ferrocarril, dirección a Apopa.

El tren –los policías que lo custodian– tiene un papel protagónico en este relato.

Desde hace cinco años, de lunes a viernes un tren recorre lentamente los 13 kilómetros que separan Apopa del mercado La Tiendona, en San Salvador. En su viaje de la tarde, la máquina pasa siempre por El Progreso I a las 4:45, con sorprendente puntualidad. El viernes 27 de julio no fue excepción.

Como tantos días, el grupito de pandilleros descansaba-maquinaba-fumaba junto a los rieles cuando el estruendo los alertó. La rutina: los cuatro se levantaron con parsimonia, se adentraron en el pasaje –uno de ellos incluso aprovechó para comprar una charamusca– y vieron pasar la locomotora y los vagones. Sin embargo, esta vez la máquina se detuvo por completo porque una señora que vendía empanadas pidió subir. Al detenerse, el último vagón quedó apenas unos metros delante de los jóvenes, y sobre el balconcito que hay en el extremo final, un agente joven de la PNC. Siempre viaja ahí uno.

Los cuatro pandilleros regresaron a la línea y aseguran que, sin provocación alguna, el agente desenfundó su arma y apuntó al grupo, creyeron que para intimidar. Apenas unos metros los separaban. No era la primera vez que ese mismo agente los encañonaba, por eso los jóvenes en principio no se inmutaron. Lo hicieron cuando oyeron el bombazo.

―Era una 9 mm. –coinciden dos de los testigos.

Desarmados como estaban, todos se abalanzaron pasaje abajo en busca de protección. Ajeno a todo, el maquinista prosiguió su marcha.

El balazo alcanzó de lleno el bajo vientre de Carlos Alfredo, pero pudo correr hasta la casa familiar, a unos 40 metros. Vencido por la gravedad de la hemorragia, se recostó contra una pared. El hermano menor –17 años, pandillero también– se lo echó al lomo, lo pasó al fondo de la casa, llegaron más homeboys, y rápido consensuaron la seriedad de la situación. Pidieron el vehículo a un vecino y se fueron hacia San Salvador.

Carlos Alfredo llegó cadáver a Emergencias del Hospital Rosales. Murió en el asiento trasero de un carro, en los brazos de su madre y su hermano menor.

Fotografía: Roberto Valencia
(Este es un fragmento de una crónica publicada el 31 de julio de 2012 bajo el título de Muerte de un pandillero en la sección Sala Negra de El Faro)

3 comentarios:

  1. Me pregunto que sintió el policía cuando vio a estos holgazanes ahí sin trabajar, solo planeando el mal; miedo, odio? Talvez pensó en todos los seres humanos que estos malnacidos han descuartizado despiadadamente y lanzado al río Acelhuate. Son una generación inmunda y perdida. No merecen existir!!!!

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  2. no se que esperan que pasara

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