martes, 9 de mayo de 2017

Ni Mara 503 ni MS-503

Foto Yuri Cortez (AFP)

Hace dos años, ocurrió algo parecido.
A mediados de 2015, poco después de que la administración Sánchez Cerén le apostara a la versión más brutal del manodurismo para hacer frente a las maras, se comenzó a regar la idea de que las tres pandillas mayoritarias se fusionarían para crear una única estructura en El Salvador, llamada ‘Mara 503’.
Aquella idea se aireó desde sectores interesados en agigantar la amenaza que suponían la Mara Salvatrucha (MS-13) y las dos facciones del Barrio 18 (18-Revolucionarios y 18-Sureños). Raúl Mijango, mediador durante la Tregua –el proceso que marcó la agenda nacional entre marzo de 2012 y enero de 2015–, fue quien más habló sobre el tema. Pero Mijango era nomás una fuente, parcializada. Que durante semanas se diera por sentado la existencia de la ‘Mara 503’ se debió sobre todo a dos factores: por un lado, a la irresponsabilidad de los medios de comunicación (locales y extranjeros) que, cegados por el breaking news, se olvidaron de algo tan elemental como contrastar la información; y por otro, al hecho de que, a pesar de que las maras son el principal problema de la sociedad salvadoreña, los dedos de una mano bastan para contar a las personas que pueden hablar con conocimiento sobre el tema, tanto dentro del Estado salvadoreño como en ámbitos académicos o periodísticos.
Aquella ‘Mara 503’, aquella cacareada fusión operativa entre emeeses y dieciocheros para hacer frente a la Policía Nacional Civil, resultó un cohete soplado, un bulo.
Sospecho que está ocurriendo algo parecido ahora.
Desde hace varias semanas, el Estado (la Fiscalía y el gabinete de seguridad, sobre todo) se está esforzando en dar mayor empaque a la idea de que la MS-13 se ha partido en dos facciones, y que el grupo disidente responde al nombre de ‘Mara Salvatrucha 503’, ‘MS-503’ o ‘MS-Revolucionarios’.
En julio de 2016 se destapó la ‘Operación Jaque’, que desde el inicio se quiso vender como un golpe cuasi mortal a la Mara Salvatrucha. Ya entonces, voceros del gabinete de seguridad dejaron caer que la MS-13 tenía una fuerte fractura interna, animados seguramente por la convicción de que la división es síntoma inequívoco de debilidad. ‘Divide et impera’, decían en Roma. Divide y vencerás.
Desde entonces se ha venido dando forma a la posibilidad de que al interior de la Mara Salvatrucha salvadoreña esté sucediendo algo similar a lo que sucedió a finales de la década pasada con el Barrio 18: la ruptura entre Sureños y Revolucionarios. La idea, reitero, llevaba algunos meses en el ambiente, comentada ocasionalmente –pero sin pruebas– por distintos funcionarios y analistas. Pero hace un par de semanas, la ‘Mara Salvatrucha 503’ se coló de lleno en la agenda nacional e internacional, cuando un artículo de El Diario de Hoy titulado ‘La Mara Salvatrucha se divide en MS-13 y en MS-503 y ordenan purga de cabecillas’ suscribió a ciegas y perifoneó la versión del Estado.
El gobierno ‘sustenta’ el que en mi opinión es un nuevo bulo –la partición de la Mara Salvatrucha– en un puñado de homicidios y de homicidios tentados ocurridos en su mayoría dentro de las cárceles controladas por la MS-13, con un triple asesinato de tres mareros como detonante, fechado el 6 de enero de 2016, en la cárcel de Izalco.
Es cierto que dentro de la Mara Salvatrucha hay desde hace un par de años una herida abierta entre el programa de la Fulton Locos y la ranfla nacional, herida que explica la mayor parte de las muertes sobre las que el gobierno sustenta la existencia de la ‘MS-503’. Pero dentro de la MS-13 son unos 50 programas diferentes y, aunque la Fulton es por historia y por territorialidad uno de los importantes, e incluso suponiendo que haya logrado atraer a algún que otro programa disidente, la idea de la división la juzgo desproporcionada y tendenciosa.
Las diferencias entre clicasprogramas y liderazgos al interior de una estructura tan atomizada como la MS-13 salvadoreña son tan viejas como la propia pandilla. En San Miguel, por ejemplo, hubo una guerra fratricida entre emeeses que se prolongó entre 1998 y 2004 y que dejó docenas de asesinados a manos de homies que rifaban idéntico barrio; y a nadie se le ocurrió hablar de partición. Durante la Tregua, la pandilla tampoco fue una sola voz, con sectores importantes que nunca acompañaron esa apuesta; y a nadie se le ocurrió hablar de partición.
Las diferencias actuales entre la Fulton Locos y la ranfla nacional no creo que sean suficiente siquiera para abrir el debate sobre una división similar a la que tuvo la 18. Como sucedió en su día con la ‘Mara 503’, que hayamos empezado a oír de la ‘Mara Salvatrucha 503’ más parece el interés de una fuente –el gobierno en esta ocasión– de diseminar la idea del divisionismo-debilidad, sumado a la incapacidad del gremio periodístico y de la sociedad en general para detectar que se trata de un cohete soplado, un bulo.

viernes, 24 de marzo de 2017

Cimientos podridos

Algunos ya sabrán: el joven Miguel Ángel Deras, Miguelito, fue sobreseído definitivamente el pasado 22 de febrero por el Juzgado Especializado de Instrucción ‘B’ de San Salvador.
Pido disculpas para los que ya saben pero, para los que no, trataré de condensar su caso en un párrafo: a Miguelito lo detuvieron en la casa de sus padres el 17 de mayo de 2016, lo presentaron encadenado, nos dijeron que era un terrorista de la 18-Revolucionarios llamado el Slipy de la Santa María, y lo involucraron en la peor masacre cometida en El Salvador en el último lustro. El 25 de mayo publicamos en El Faro una investigación que demostraba que Miguelito ni siquiera era marero, pero la Fiscalía igual pidió que lo encarcelaran por más de 300 años, la Policía Nacional Civil lo tuvo 59 días encerrado en condiciones infrahumanas, y pasó otros siete meses con medidas sustitutivas, antes del sobreseimiento definitivo.
Hoy es un joven sin deudas con la justicia. ¿Y ahora qué? ¿Un triunfo del bien sobre el mal? ¿Somos hoy una mejor sociedad que ayer? ¿Periodismo justiciero? ¿Misión cumplida? ¿...?Nada que ver. Como el periodista que destapó y dio seguimiento al caso, no negaré que haber contribuido a su libertad genera cierta satisfacción profesional y personal, pero muy limitada –créanme– tras conocer los pormenores y las posibles consecuencias ante la opinión pública.
Miguelito ha tenido que irse de su Quezaltepeque natal por miedo a represalias de los mismos policías que lo detuvieron. Su familia vendió el puesto del mercado y se endeudó para pagar los desorbitados honorarios del abogado. Ni fiscales ni policías ni jueces ni funcionario gubernamental alguno le han pedido perdón, ni qué decir sobre indemnizaciones, reparaciones o similares. El Estado salvadoreño le aplicó la dosis completa de manodurismo; incluso le colocaron un revólver cuando lo detuvieron, pero chucho no come chucho, y nadie va a abrir una investigación por estos delitos y negligencias que cometen los empleados públicos que forman parte de un sistema de justicia arbitrario, corrupto y que se ensaña contra los sectores más desfavorecidos de la sociedad.
Claro que me alegro por Miguelito y su familia, pero me resisto a identificar su historia como una con final feliz por dos razones fundamentales: la primera, porque me niego a rimar con la palabra felicidad nada que suponga haber pasado un solo día en cualquiera de las mazmorras en las que el Estado mantiene a los privados de libertad, y Miguelito se comió dos meses en unas bartolinas policiales hacinadas y fétidas, entre verdaderos mareros.
Pero la razón más importante por la que el Caso Miguelito me ha dejado un sabor más agri que dulce es porque el Estado lo puede terminar usando, de manera más o menos premeditada, para darse baños de pureza, para presentarse como un sistema justo y garantista, un sistema en el que cuando se comete un error, este termina subsanado de una u otra forma.
No hay sistema en el mundo que esté exento de abusos de autoridad y de errores judiciales; ni siquiera los Estados de derecho que admiramos por su sólida institucionalidad y su pedigrí democrático.
Cuando casos como el de Miguelito suceden en países que funcionan, el periodismo se torna fundamental para señalar y corregir los yerros. Pero en El Salvador los errores no son la excepción dentro de un modelo potable. Los abusos, los encubrimientos y las desidias protagonizadas por policías, soldados, fiscales, abogados, peritos y jueces son pan de cada día. Se fabrican pruebas incriminatorias, se moldean los testimonios de los testigos criteriados, se prevarica, se violan los derechos humanos, se ejecuta extrajudicialmente con total impunidad…
Este ‘sistema de justicia’ se aplica con especial dureza contra los sectores más desfavorecidos, aquellos a los que Monseñor Romero llamó los ‘sinvoz’. No es algo nuevo ni mucho menos, pero la guerra contra las maras iniciada en enero de 2015 y sobre todo las medidas extraordinarias que se aplican desde marzo de 2016 han intensificado estas prácticas hasta niveles quizá no vistos desde la guerra civil.
No es una excepción Miguelito. No es una excepción la masacre de San Blas. No es una excepción Wendy Morales. No son una excepción los esposos Mejía Hernández. No es una excepción Daniel Alemán. No es una excepción que en dos años la Policía Nacional Civil haya matado a mil salvadoreños en ‘enfrentamientos’. No es una excepción…
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Los atropellos que comete el Estado salvadoreño van desde los registros violentos y vejatorios hasta las ejecuciones extrajudiciales, pasando por las detenciones arbitrarias y los juicios viciados. Eso sí: tratan de no afectar a todos los estratos sociales por igual. Si eres pobre, joven, varón y vives en una comunidad controlada para las maras, se multiplican las posibilidades de ser víctima de la maquinaria estatal.
Como ocurre con los iceberg, los casos que trascienden son apenas una fracción de los que están ocurriendo, y por lo general se airean más las injusticias cometidas contra personas de estratos clasemedieros. Por eso el sinsabor con Miguelito. Bien por él, reitero, pero ante los ojos de una sociedad violenta y clasista y anestesiada como la salvadoreña me temo que el ‘final feliz’ puede tener un efecto contraproducente: dar la sensación de que el sistema corrige sus errores, y que estos son excepción.
Dudo que resulte nada bueno de la represión miope y brutal y desproporcionada que abandera un gobierno que dice ser de izquierdas, apoyado por todas las fuerzas políticas con representación parlamentaria, por una mayoría social, y con la complicidad de las instituciones estatales que deberían ser un contrapeso. Esta estrategia genera votos, pero está llenando el país de ‘víctimas colaterales’ y de personas resentidas contra el Estado por haber sufrido en carne propia abusos, o ser familiar de o amigo de. Por otro lado, se está incubando en un grupo de policías, soldados y fiscales la idea de que se puede actuar al margen de la ley, de que “cuando la patria está en peligro, todo está permitido”, como se tuiteó en septiembre pasado desde la cuenta oficial de Twitter de la Policía Nacional Civil.
Resentimiento creciente en el bajomundo, funcionarios armados que creen estar por encima de la ley, y una ciudadanía que –salvo los casos que le afectan de cerca– aplaude o tolera la violación sistemática de los derechos humanos. No parecen los mejores cimientos para la sociedad en la que uno quiere que crezcan sus hijos.

jueves, 26 de enero de 2017

Una ciudad hostil con sus peatones

Los días que voy al trabajo en bus lo hago en la 101-D, la ruta que une el centro de San Salvador con el poniente de Santa Tecla. Las oficinas de El Faro están en Antiguo Cuscatlán, a una cuadra de la municipalidad. Me bajo en la parada del centro comercial Multiplaza y, sí o sí, toca caminar poco más de 800 metros. No hay problema en la caminata; al contrario, desde siempre me ha gustado recorrer las calles. Si les cuento esto es porque este paseo en particular, la frecuencia con la que lo doy, me reafirma en la idea de que quienes planifican, autorizan y construyen nuestras ciudades lo hacen sin pensar en los peatones.
Desde la parada de buses camino hasta el redondel Naciones Unidas. Ahí tomo la amplia calle que está entre Multiplaza y Las Cascadas, me echo a la carretera, camino el viaducto que permite sortear la Panamericana, y caigo sobre el bulevar Deininger, justo frente a la alcaldía. Un trayecto sin aceras, sin arcenes, junto a carros que te pasan a dos metros a 60 por hora.
Sería deshonesto y exagerado decir que siento peligrar mi vida, pero que cientos de salvadoreños –¿miles?– tengamos que hacer cada día ese mismo recorrido creo que sirve para ilustrar lo hostiles que son nuestras ciudades con sus ciudadanos.
La construcción de esos centros comerciales y de sus calles de acceso es reciente: la ‘pasarela para carros’ se inauguró en septiembre de 2005. Ni siquiera tienen la excusa de que se planificaron hace medio siglo, cuando las consideraciones para con el peatón eran menores. Subrayo también que se trata de ‘malls’, espacios concebidos para atraer a gente, con lo que haber craneado sistemas de acceso hostiles al viandante podría interpretarse, sin forzarlo demasiado, como que solo son bienvenidos aquellos que llegan motorizados.
En esa misma área se inauguró hace pocos meses el llamado Paso Multinivel del redondel Naciones Unidas, un millonario complemento para facilitar los accesos a Multiplaza, Las Cascadas y La Gran Vía. El referido redondel terminó convertido en un bonito parque, con bancas, jardines floridos y hasta una fuente de piedra. Pero ‘olvidaron’ un pequeño detalle: no se puede acceder a pie, salvo que uno se la juegue corriendo entre los carros.
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Escribí hace cinco post sobre las trabazones infernales en el área metropolitana, certificadas por la aplicación Waze, y advertí de que lo peor está por venir. El clasemediero que no concibe movilizarse por la ciudad sin carro propio se escuda en la delincuencia para no tomar un bus o para no caminar. Sin negar que el temor a ser asaltado es un desincentivo en algunas rutas y sectores del Gran San Salvador, yo creo que la hostilidad hacia el peatón con la que hemos permitido que se construyan nuestras ciudades es el principal lastre, y creo también que es algo que nos acompañará por décadas, porque los sectores más influyentes de la sociedad ni siquiera se han percatado de este problema. Por acción o por omisión, los políticos, los constructores, los líderes de opinión y en general los que tenemos el privilegio de disponer de un carro nos hemos comportado –nos seguimos comportando– como si por nuestras venas circulara gasolina en vez de sangre.

martes, 13 de diciembre de 2016

Nayib quiere ser presidente de El Salvador


Dice Nayib que aún no era el momento. Dice que rechazó una y otra y otra vez la generosa oferta de la candidatura para la Alcaldía de San Salvador que le hizo el partido oficial. Los más altos dirigentes del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), dice, se lo pidieron en persona, pero que en cada reunión convocada para abordar el tema se zafó con delicadeza: que muy agradecido, pero que aún no era el momento.

Nayib Armando Bukele Ortez era la figura emergente en el desolado panorama político salvadoreño que dejaron las elecciones presidenciales de inicios de 2014; la más firme promesa entre los de su generación, quizá la única. Nacido en julio de 1981 –todo un millennial–, Bukele gobernaba entonces un pequeño municipio-dormitorio en el extrarradio de la capital llamado Nuevo Cuscatlán, pero su proyección era ya la de un líder de ámbito nacional. Por eso el FMLN, la exguerrilla reciclada en partido que arrastra un serio problema de renovación de cuadros, lo consideró como la opción más viable para tratar de arrebatar la capital del país a Norman Quijano, un político del derechista Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) con seis años como alcalde y bien parado en las encuestas de opinión.

Dice Nayib que aún no era el momento, y por eso rechazó.

Pasadas las fiestas al Divino Salvador del Mundo de aquel 2014, que paralizan el país durante la primera semana de agosto, quedó para cenar con dos de sus asesores de mayor confianza en Humo, un restaurante de la Zona Rosa. Las encuestas internas no le sonreían, entre ocho y diez puntos abajo de Norman Quijano a medio año de la cita con las urnas. Pero uno de los comensales, un cerebro de la consultora guatemalteca Vox Latina, lo retó: te apuesto mi carrera a que ganarías esta elección.

No fueron la convicción de su amigo y asesor ni sus conocimientos en marketing político los que convencieron a Nayib. El argumento que revirtió su decisión de rechazar la candidatura fue más ambicioso: “No entendés algo que ni siquiera el Frente entiende –escuchó de boca de su amigo–. A sabiendas o sin saberlo, el FMLN te está entregando el futuro de la izquierda, y vos lo estás rechazando”.

“Y yo no sé qué parte del cerebro se activó”, dice Nayib, “pero en ese segundo me dije: acepto”.


Foto Facebook Nayib Bukele.
Aceptó. Menos de dos semanas después, su candidatura fue lanzada con bombo y platillo. Ganó las elecciones con holgura. Devino el alcalde más joven en la historia reciente de la capital. Y, quizá lo más relevante en su estrategia de vida, logró el mejor de los escaparates para el que es su gran ambición: convertirse más temprano que tarde en el presidente de la República de El Salvador.

Nayib, el mesías

Desde hace un par de años, el político de moda en El Salvador tiene nombre: Nayib. Es joven, rico, sofisticado, resultón ante las cámaras, emprendedor, se fotografía con perritos rescatados de la calle, se casa en plena campaña electoral con su novia de una década, es todo un fenómeno en las redes sociales… No hay competidor que le haga sombra en popularidad, y su estrella brilla aún más entre los votantes jóvenes. No es muy aventurado afirmar que es la persona que más entusiasmo ha despertado en la sociedad salvadoreña desde el triunfo electoral en 2009 de Mauricio Funes, el primer presidente efemelenista, que en la actualidad está procesado por enriquecimiento ilícito y exiliado en la Nicaragua de Daniel Ortega.

Para conocer las esencias del fenómeno Nayib hay que poner atención a cuatro elementos. Uno: su corta pero fulgurante carrera bajo la bandera del FMLN, un partido de la órbita chavista que a priori no engrana con la clase social de la que siempre ha formado parte el alcalde de San Salvador, en el estrato más privilegiado. Dos: una celebrada gestión en Nuevo Cuscatlán, el pequeño municipio que gobernó bajo la bandera efemelenista durante el trienio 2012-2015. Tres: una estrategia de comunicación de posicionamiento personal que prioriza internet y las redes sociales (sobre todo Twitter y Facebook) sobre los esquemas comunicativos tradicionales, estrategia polémica pero que hasta la fecha le ha generado más réditos que sinsabores. Y cuatro: su nombre y su apellido, de origen árabe-palestino en un país que se llama El Salvador y que en su bandera y en su escudo incluye la palabra ‘Dios’ en la leyenda, en alusión al dios cristiano; Nayib Bukele no se entiende sin Armando Bukele Kattán, padre y mentor, empresario exitoso que amasó su fortuna con una pequeña fábrica de camisas como punto de partida, máximo líder de la pequeña comunidad musulmana salvadoreña hasta su fallecimiento en noviembre de 2015, y amigo íntimo del referente histórico del FMLN, de Schafik Hándal (1930-2006), por sus orígenes palestinos compartidos y sus inquietudes intelectuales comunes en torno a la Universidad Nacional de El Salvador.

“Mi papá era musulmán, y mi mamá es católica; yo creo en dios, aunque no tanto en las religiones organizadas, y de hecho me gusta leer más la Biblia que el Corán”, dice Nayib, concertador, en un tema que sabe que en un país como El Salvador puede resultarle nocivo.

Sobre esos cuatro elementos, que bien podrían representar los cuatro puntos cardinales del fenómeno Nayib, una carpa lo cubre todo: su deseo por convertirse en presidente de El Salvador, deseo que ni siquiera se esfuerza por disimular. Incluso tiene acuñada una frase de corte populista que utiliza de manera recurrente: “El dinero alcanza si nadie roba”.

“Él quiere ser presidente y en su entorno todos hablan de eso”, confiesa para esta semblanza, bajo condición de anonimato, uno de sus colaboradores cercanos. “Quiere ser presidente: eso no lo dudés”, apostilla otra persona de su círculo cercano.

Desde el 1 de mayo de 2015 Nayib es el alcalde de la capital de la República, el trampolín que catapultó a Casa Presidencial a dos de sus últimos siete inquilinos. Está ya en las grandes ligas de la política salvadoreña, y lo está de la mano del FMLN, el partido que gobierna el país desde 2009.

Pero ¿cómo un millennial pudo ganarse la confianza de los viejos comandantes? En cuatro palabras, como proveedor de servicios; en dos, como empresario.

Con apenas 18 años recién cumplidos y con el apoyo de su padre, Nayib creó su propia agencia de publicidad y ofreció sus servicios al cliente con el que ninguna de las agencias del establishment quería trabajar: el único partido que entonces tenía posibilidades reales de arrebatar el Ejecutivo al oficialista ARENA, como a la postre sucedió. Les trabajó –a crédito, en ocasiones– las campañas electorales del 2000, 2003, 2004, 2006, 2009 y 2012. Poco a poco, su rostro y su peculiar nombre ganaron peso en los estrechísimos círculos en los que se toman las decisiones dentro del FMLN. Nayib disfrutó como propios los sonoros triunfos de 2003, cuando el partido por primera vez se convirtió en la fuerza más representada en el Legislativo; de 2009, cuando Mauricio Funes obtuvo la presidencia; y el de 2014, cuando el veterano excomandante guerrillero Salvador Sánchez Cerén sucedió a Funes en el Ejecutivo.


Foto Facebook Nayib Bukele.
Nayib tuvo un rol creciente en las campañas de comunicación y, quizá lo más significativo, logró convencer a sus clientes de que su apoyo a la sigla y a su ideario no se trataba nomás de un trabajo.

San Salvador camina

Después de casi año y medio con las riendas de la capital, la popularidad de Nayib se mantiene firme. LPG Datos, la unidad del diario La Prensa Gráfica que realiza encuestas, publicó la última semana de agosto su más reciente estudio sobre líderes políticos salvadoreños: el 65 % de los encuestados dijo tener una opinión buena o muy buena de Nayib, un porcentaje insólito en un país altamente polarizado como El Salvador, y con el agravante de que las simpatías se han incrementado desde que inició su gestión en la capital.

El segundo político en un listado de 29 personalidades, el vicepresidente de la República, Óscar Ortiz, se queda en el 48 % de opiniones favorables, amén de que las desfavorables duplican las que genera Nayib.

En su primer año al frente de San Salvador, Nayib puede poner sobre la mesa un ramillete de obras de gran calado que sin duda contribuye a sus buenos números en las encuestas. Se ha embarcado, por ejemplo, en un ambicioso plan por renovar, ampliar y optimizar todo el alumbrado público. También ha dignificado el popular campo de la feria de las fiestas agostinas, el utilizado con mayor recurrencia por los salvadoreños de recursos limitados, aquellos que no pueden disfrutar de opciones de diversión más onerosas. Y un tercer ejemplo de su gestión, el más ambicioso de todos, es la recuperación de las cuadras más emblemáticas del laberíntico y caótico Centro Histórico, que avanza a un ritmo nunca antes visto, a pesar de que implica enfrentarse a verdaderos ‘poderes’ como lo son las asociaciones de vendedores informales y las propias maras.

Nayib quiere ser presidente y, para conseguirlo, necesita una gestión exitosa al frente de la Alcaldía de San Salvador. Necesita resultados. Son su combustible. “El dinero alcanza si nadie roba”, repite cada vez que tiene ocasión.

Pero el cóctel de su popularidad tiene al menos otros dos ingredientes. El primero es un distanciamiento calculado del partido FMLN, que partió desde la renuncia al color rojo durante la campaña electoral para sustituirlo por un ambiguo azul turquesa, hasta aspectos menos simbólicos; no son pocos los encontronazos dialécticos que Nayib ha tenido con la dirigencia de su partido, al punto de que cuadros efemelenistas han salido por la puerta de atrás del equipo gerencial de la municipalidad. El 30 de agosto Nayib publicó en su cuenta de Facebook un artículo de opinión en el que instaba al FMLN a distanciarse de los corruptos: “Seguir defendiendo a corruptos no va a solucionar el problema de nadie; a la larga, ni el del mismo corrupto. Destituirlos podría generar un poco de ruido mediático en el momento, pero a la larga será mejor para todos”. Lo hizo apenas una semana antes de que trascendiera que el expresidente Mauricio Funes había solicitado, con la venia del partido, asilo político en Nicaragua.

El segundo ingrediente que abona a la popularidad son los gestos de corte populista en causas que gozan de aceptación creciente. Nayib hace guiños constantes y premeditados a los amantes de los animales, al feminismo no radicalizado, a los críticos de los periódicos más influyentes, a la juventud en general, a colectivos tradicionalmente ignorados como skaters o grafiteros, a deportistas, a artistas, a…

“Yo hace un par de años era popular porque había manejado bien un pueblito pero, en realidad, no era nadie, y sin pedigrí político”, dice Nayib.

Hoy es alguien. Hoy es el político salvadoreño mejor evaluado. Lo sabe. Y basa su buen posicionamiento en tres pilares: obras de impacto social, distanciamiento medido del FMLN y guiños populistas. Esa estrategia le ha garantizado una presencia constante en la agenda nacional.

Asesores, asesores, asesores

Con Nayib hay un margen para la improvisación, pero casi todo –incluso lo que parece espontáneo– está atado y bien atado desde antes. Nayib invierte en asesores políticos y de imagen, salvadoreños algunos, pero sobre todo de otros países centroamericanos, con una especial debilidad por los costarricenses.

En sintonía con la importancia que da a las redes sociales, es un secreto a voces que Nayib apuesta desde hace años por mantener estructuras de apoyo y aplauso –y de ataque sistemático a críticos y detractores– vía empresas que en El Salvador ya se conocen popularmente como ‘Trol centers’.

Los ‘Trol center’ que lo apoyan tienen una cuota importante de responsabilidad en la popularidad de Nayib, sobre todo entre los votantes más jóvenes. Pero su confianza ciega en este tipo de herramientas le ha supuesto también el que hasta la fecha es el mayor escándalo de su corta carrera política.

Personas muy cercanas a Nayib, tanto en el ámbito personal como profesional, están en la actualidad procesadas por clonar los sitios web de los diarios La Prensa Gráfica y El Diario de Hoy –los dos con mayor circulación del país– para crear campañas de apoyo al alcalde de San Salvador. El que ha sido presentado por la Fiscalía General de la República como el cerebro es José Carlos Navarro, un amigo y estrecho colaborador. Y entre los involucrados está Sofía Medina, también amiga y gerente de Comunicación Social de la municipalidad, cargo al que llegó por haber sido empleada de Nayib durante largos años en su agencia de publicidad.

Lejos de admitir el yerro como un ‘pecado de juventud’ que quizá ya estaría olvidado, el alcalde optó por defender a capa y espada a sus amigos y subordinados, por victimizarse, por atacar a los dueños de los periódicos que emprendieron acciones legales, y hasta por emprender medidas desesperadas y de talante antidemocrático, como convocar a una multitudinaria y poco amistosa manifestación frente a una de las sedes de la Fiscalía.

No es su único tropiezo. La importancia trascendental que Nayib otorga a la familia –algo heredado de su idolatrado padre, Armando– y a las personas que le han demostrado confianza lo han llevado a saturar los puestos de mayor responsabilidad con familiares y amigos de confianza. El pasado 7 de septiembre, el Tribunal de Ética Gubernamental lo sancionó con una multa de 10 salarios mínimos, unos 2,500 dólares, por haber designado a su hermano, Yamil Bukele, como presidente del Instituto Municipal de Deportes.

Hay quien cree que, aunque no se ha destapado ningún caso de corrupción en la alcaldía, es solo cuestión de tiempo que pase, habida cuenta la red de intereses en los cargos más influyentes y la frecuencia con la que se recurre a las contrataciones directas –en lugar de licitaciones públicas– para adjudicar servicios o realizar compras.

“Su discurso es pegador, pero no es potente”, dice otro colaborador cercano, en una crítica directa a las esencias del fenómeno Nayib. “Apela a lo sensorial, pero puede llegar a hartar, porque es como escuchar siempre canciones de Arjona”, agrega.

¿Presidenciable en 2019?

El calendario electoral en El Salvador juega a favor del deseo vital de Nayib por convertirse en presidente de la República. En el primer trimestre de 2018 se celebrarán elecciones municipales, en las que, salvo descalabro de última hora o ruptura abrupta con el FMLN, la reelección suena como la opción más viable. Nayib da por hecho que el partido le permitirá postularse de nuevo. Exactamente un año después habrá presidenciales.

En la política salvadoreña, sería un error dar por cerrado con tanta antelación algo así, pero el FMLN, el partido de los excomandantes lastrado por el serio problema de renovación de cuadros, ha hecho saber a Nayib que elegirá a un cuadro efemelenista, a un militante de toda la vida, para aspirar a la presidencia en 2019. Aún faltan más de dos años, pero los hoy mejor posicionados son el ministro de Obras Públicas, Gerson Martínez, y el ministro de Relaciones Exteriores, Hugo Martínez. “Lo veo como casi un imposible”, respondió Nayib cuando en julio fue cuestionado por el periódico digital El Faro sobre si cree tener opciones de convertirse en el candidato presidencial por el FMLN.

Nayib quiere ser presidente de El Salvador. Con su equipo de asesores, con estudios y encuestas sobre la mesa, ha valorado la opción de lanzarse como candidato de un partido que no sea el FMLN, idea que cuesta digerir en un país polarizado hasta las entrañas y en el que las siglas FMLN y ARENA tienen un piso de simpatizantes con fidelidad a prueba de bombas.

Desde que Nayib se ha convencido de que el Frente no lo propondrá como candidato presidencial, han arreciado sus dardos contra la dirigencia y contra las políticas que desarrolla el Ejecutivo. El 13 de septiembre cargó contra el gobierno central con una seguidilla de tuits en los que acusó a distintos ministerios y secretarías de “volverse hostiles contra el proyecto de recuperación del Centro Histórico”.

Pero se trata de Nayib, el presidenciable. Quizá sea una vuelta más en el distanciamiento calculado con el partido que le ha permitido ser político. O quizá no, y esta vez se esté gestando una verdadera ruptura entre el efervescente Nayib y el acartonado FMLN. Nada está escrito. Las presidenciales de 2019 se escuchan todavía lejanas. La única certeza es que, más temprano que tarde, Nayib quiere ser presidente de El Salvador.


Foto Facebook Nayib Bukele.
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Este artículo se publicó originalmente en la edición #177 de la revista Contrapoder, de Guatemala, bajo el título 'De vocación, presidente'.

martes, 1 de noviembre de 2016

Quijote en El Salvador


Este texto es un fragmento de un perfil de más de 7,000 palabras de Alejandro Gutman, presidente de la Fundación Forever, oenegé que desde el año 2004 trabaja en comunidades empobrecidas de El Salvador. La semblanza, que lleva por título ‘Quijote Gutman’ forma parte del libro digital ‘ Pequeñas batallas, grandes historias’, publicado en abril de 2016.
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Alejandro Gutman eligió El Salvador.

No fue así nomás. Cuando en el año 2003 se animó a crear Fútbol Forever –oenegé que con los años fue rebautizada como Forever–, su reputación y sus contactos le valieron el patrocinio de la FIFA, y el programa se implementó primero en Zambia y en Sudáfrica. Fueron los años de la ambición, cuando Gutman quizá creyó que podía cambiar el mundo entero. El aterrizaje de la fundación en El Salvador también fue a lo grande, con proyectos en municipios repartidos por todo el territorio, con pláticas muy maduras para exportarlo a Honduras. Pero aquello duró pocos años. 

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Cuando el chorro de la FIFA se cortó, Fútbol Forever se centró en El Salvador; y cuando sucedió lo mismo con el apoyo inicial del Gobierno salvadoreño, la fundación adelgazó hasta el raquitismo, con una plantilla decreciente hasta que bastó una mano para enumerar a los empleados, el voluntariado como sostén principal, y con un sector del municipio de Soyapango –en el área metropolitana de la capital– como único ámbito geográfico de acción.

Pero fue en esas circunstancias cuando Gutman más se aferró a la idea de transformar una sociedad. Y no cualquier sociedad.

Con una tasa de 49 homicidios por cada 100.000 habitantes –la ONU establece que a partir de 10 un territorio sufre una “epidemia de violencia”–, El Salvador ya era en 2004 un país pobre, desigual y violento. La violencia impregna de forma transversal toda la sociedad, pero su expresión más visible y cruel son las pandillas o maras, un fenómeno que afecta sobremanera a la mitad más empobrecida, y que por su repercusión internacional se ha convertido casi en una seña de identidad nacional.

Por las zonas en las que comenzó a trabajar, y por su manifiesto deseo de conocer en primera persona la problemática que trata de corregir, a Gutman le tocó conocer el nacimiento de las políticas gubernamentales represivas –el manodurismo– y la consecuente radicalización del fenómeno de las maras.

“Hoy está de moda la violencia de las pandillas, como si fuera la única violencia que existe en el país; pero ayer fue la guerra; y mañana, ¿quién sabe? La violencia en El Salvador no es casualidad. Y si hoy acabaran con las maras, surgiría otra forma de violencia”, dice Gutman en un discurso que no le ayuda a hacer amigos en El Salvador.

El Salvador, según los datos oficiales presentados en 2015, es esto: analfabetismo del 11 %; escolaridad promedio inferior a los siete años; salario promedio de 298 dólares; 16 % de viviendas sin energía eléctrica; 23 % sin agua potable por cañería; la recogida de la basura es un privilegio reservado para el 51 % de la población; 32 % de hogares en pobreza; 8 % en pobreza extrema; 26 % de jóvenes entre 15 y 24 años que ni estudia ni trabaja.

Pero ninguna cifra tan perturbadora como la de la violencia. En 2015, un promedio de 18 personas asesinadas cada día en un país de 6.4 millones. La tasa de homicidios se disparó a 103 por cada 100.000 habitantes. Una comparación fulminante: para que España, por ejemplo, tuviera la misma tasa que El Salvador, tendrían que cometerse más de 47.000 asesinatos, cuando raro es que en un año se alcancen los 350.
Gutman eligió para su quijotada al país más violento del mundo.

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Conchagua es un pueblo de 45.000 habitantes, y en 2014 se cometieron más asesinatos que en Noruega. Aun así, no es uno de los lugares más afectados por la violencia en El Salvador.

En Conchagua solo existen dos centros públicos en los que se imparte educación secundaria. El Complejo Educativo Mario Gómez es el céntrico; un recinto digno, con un poderoso portón metálico por entrada, un muro de tres metros pintado de azul y blanco y coronado con vidrios rotos, y un patio amplio cubierto por una gran estructura de láminas para resguardarse del sol y de las tormentas del Trópico. A un costado se erige una tarima, cubierta también, en la que Gutman está tratando, desde hace una media hora, de sintetizar qué es y cómo funciona la Fundación Forever.  Salpica sus palabras con chistes, analogías y arranques de espontaneidad, ante cientos de alumnos uniformados, un par de docenas de profesores y algún que otro burócrata regional del ministerio.

Gutman aparece con cierta asiduidad en la televisión, y una visita a Conchagua de alguien así resulta todo un acontecimiento. Muy a su pesar, el evento ha devenido protocolario y lleno de discursos y gestos tan bienintencionados como estériles. Incluso imprimieron un gran cartel con el detalle de sus muñecas recubiertas con pulseras: ‘Bienvenido a Conchagua, don Alejandro Gutman’.

“Nosotros –dice, micrófono en mano– no somos la típica fundación que reparte tres becas a los tres que se sacan diez, porque ¿saben qué sucede? Si se gradúan 150 y damos tres becas, ¿qué hacemos con los otros 147?”

La receta Gutman para transformar la sociedad pasa por el ingreso de miles de estudiantes de comunidades empobrecidas en las universidades. Miles. Cada año.

“Transitar por las universidades –dice a los jóvenes de Conchagua– abre muchas puertas, y abre una que es la más importante: la puerta de la cabeza, la de los sentimientos, que ustedes conozcan y reconozcan todos esos ámbitos, y que esos ámbitos y esas empresas los reconozcan a ustedes. Es un ida y vuelta”.

La salvadoreña es una sociedad no solo desigual y empobrecida, también clasista. Si la propuesta de Gutman sería revolucionaria, utópica, quijotesca en cualquier latitud, lo es más en un país como El Salvador.

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