domingo, 19 de agosto de 2012

Esmeralda y el mercado de Cojutepeque

Creo tener claro –e intento plasmarlo en mis textos– que es un error suponer que pobreza y bondad van siempre de la mano, como también lo es lo contrario: suponer que pobreza y maldad son indisolubles. Entre los pobres pues abunda la maldad. Suena simple la idea, pero no debe serlo tanto, ya que son puñados los periodistas que se acercan a las personas de escasos recursos con la convicción de que llevan la honradez y la solidaridad en su ADN. Ocurre algo parecido con algunas feministas, que se escandalizan –con razón– ante el marido golpeador, pero que toleran o justifican la violencia de la madre hacia sus hijos. En conclusión, la maldad no es patrimonio de una u otra clase social.

Esmeralda García es pobre, pero su calidad humana está fuera de discusión. Lo escribo con tanta rotundidad porque la conozco desde hace ocho años. Ahora estamos hablando sobre la última vez que ella fue al mercado de Cojutepeque, sobre las picardías de las vendedoras. Esmeralda está convencida de que casi todas tratan de engañar al cliente. Pobres que engañan a pobres.

―En la leche se nota. Está bien rala cuando le han puesto agua. La gente por hacer más le pone agua. Al cocerlo se nota, y a veces gruñen las tripas, gruñen las tripas.
―¿A simple vista no se ve, en el propio puesto?
―No, porque como ya la dan embolsada. Es que las mujeres son bien pícaras. Todas las que venden las cosas embolsadas… juuuuum. Yo no compro lo que está embolsado. Si son tomates, mejor le digo: deme de esos otros, porque yo veo los que me va a poner. En cambio, en las bolsas, ponen los tomates volteados para que no se les vea el lunar, el parche. Ya me ha sucedido.

Habíamos empezado a hablar de la leche porque alguna vez que he visitado la casa de Esmeralda, ubicada en un cantón de San Rafael Cedros (Cuscatlán), me ha invitado a la cuajada más sabrosa que he probado nunca, la que ella misma hace.

―Yo ahora siempre le compro a la misma, porque me da la medida exacta…
―Hay gente honrada también pues…
―Sí, claro, también hay gente honrada. Uno las termina conociendo. Y yo a la que ya me friega una vez no le compro más. Hay una señora, y yo ya le he dicho a mi nuera, que hace los volcancitos de los tomates en la mesita, y pone: diez por el dólar, y cuando llegué a la casa me aparecieron solamente nueve. Y no sé ni cómo lo hizo: porque y los conté en el volcancito y eran diez. A saber cómo quitó uno al meterlos en la bolsa.

Luego me cuenta el caso de un vecino del cantón que fue a Ilobasco a comprar frijol para semilla, frijol nuevo. Se vino contento con el producto y con el precio, pero fue sembrarlo y a los pocos días darse cuenta de que se lo habían bajado, que lo que había comprado era en realidad frijol viejo, puesto a remojar la noche anterior para que hinchara tantito. No le nació.

Este tipo de relatos no tienen fin en boca de Esmeralda. Y si así tratan a los oriundos en el mercado, ya pueden imaginar a qué niveles se disparará la picaresca con el foráneo. 

Fotografía: internet

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