viernes, 4 de noviembre de 2011

Magaly, María, Rafael y Óscar Arnulfo

Magaly López, María Espinoza y un tal Rafael Correa coincidieron ayer –30 de octubre de 2008– en la entrada oriental de Catedral metropolitana. Los juntaron el azar y Monseñor Romero. El fugaz encuentro ocurrió al filo de la 4 de la tarde, en un espacio poco más grande que el que hay dentro de un ascensor. Después, cada quien siguió con lo suyo.

Magaly López tiene 10 años. Nada sabe de cumbres iberoamericanas ni cosas de esas. Trabaja. Junto a su hermana Fátima llega a diario a catedral desde la residencial Altavista, en Ilopango. Venden –intentan vender– unas calcomanías con motivos religiosos, dos sobres por el dólar. Para aprovechar el tirón que tiene Monseñor Romero, su madre las deja en las entradas a la cripta. Magaly no pudo endosarle ninguna de sus calcomanías al señor de ojos zarcos e impecable saco que se le acercó, le acarició la cabeza y le sonrió.

—¿Y sabes quién es él? –le pregunté después.
—No.

María Espinoza llega a catedral cada día desde hace cinco años desde El Rosario, Laz Paz, cerca del aeropuerto. Se sienta en la entrada oriental de 2 de la tarde a 5 y media. Monseñor Romero, dice, genera bastante movimiento. Ayer estaba en su banquito de plástico con su huacalón lleno de elotes, tamales y atol cuando un tal Rafael Correa se bajó de un potente carro granate. Vio frente a sus narices cómo saludaba a una niña llamada Magaly.

—¿Y usted sabe quién vendrá hoy? –le había preguntado media hora antes.
—No.

Rafael Correa, presidente de la República del Ecuador, se ausentó de la XVIII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado, en la exclusiva colonia San Benito, para bajar hasta el centro de San Salvador, a Catedral metropolitana. Su deseo era conocer el mausoleo bajo el que se encuentran los restos de Monseñor Romero. Descendió de su potente Toyota Prado granate y, con la connivencia de su equipo de seguridad, saludó a una niña llamada Magaly frente a las narices de una vendedora de elotes llamada María.

Después entró en la cripta, raudo. Dejó a los periodistas que lo acechaban sin las ansiadas declaraciones. A la salida, y entre empujones, alcanzó a decir que Monseñor Romero es un ejemplo de vida para los latinoamericanos, que quisiera que la Iglesia siguiera más su ejemplo. Lo dijo con la voz casi apagada por gritos de ¡Viva Rafael!, de ¡Vivan los gobiernos de izquierda! de ¡Correa, Correa!

Todo ocurrió en apenas 12 minutos. Después, el tal Rafael Correa regresó a la Cumbre a proponer una nueva arquitectura financiera regional. Magaly se quedó junto a su hermana vendiendo calcomanías a dos por el dólar; y María, ofreciendo atolyelotes y tamales a $0.25, $0.30 y $0.35.

El encuentro seguramente no se repetirá nunca.


Fotografía: Salomón Vásquez
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(Esta es una versión de una crónica ligera publicada el 31 de octubre de 2008 en el diario salvadoreño La Prensa Gráfica, bajo el título de "Correa hizo una escapada por Romero")

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