sábado, 16 de julio de 2011

Inside the USNS Comfort (four years ago)

No todos los días uno despierta en una camarote poco más grande que un ataúd. Dos metros de largo, 68 centímetros de anchura y 49 de distancia con el colchón de encima, apenas lo suficiente para poder girarse. Estas condiciones se repiten en los 126 distribuidos en la habitación 4-54-2 del United States Navy Ship (USNS) Comfort. Paradójicamente, se trata de un barco hospital, cuya más básica misión es evitar el uso prematuro de los susodichos ataúdes.

El Comfort lleva haciéndolo desde diciembre de 1987, y en su interior han sanado heridos en episodios trascendentales de la historia reciente, como las dos guerras de Iraq, los atentados del 11-S en Nueva York o los efectos del huracán Katrina en Nueva Orleans. A El Salvador llega a anestesiar durante seis días las secuelas de la pobreza.

Desde ayer, esta nave de 272.5 metros de longitud y camarotes estrechos está anclada en el puerto de Acajutla, y las brigadas médicas que viajan a bordo comenzarán hoy en dos sectores distintos del municipio a brindar servicios de salud gratuitos y de calidad. El país es uno de los 12 elegidos para la primera gran misión humanitaria del Comfort, bautizada como “Amistad y cooperación por las Américas”, y que se prolongará cuatro meses.

Despertar, literalmente, dentro de una misión así no es habitual para un periodista de 31 años -la edad de quien suscribe estas líneas-, y tampoco para veteranos del gremio. Luis Romero, quien en noviembre cumplirá 27 años como fotoperiodista de la agencia internacional Associated Press (AP), confirma la excepcionalidad de esta asignación: “Barcos de guerra ya había visitado, pero dormir y hacer el trayecto, nunca; esta es una experiencia bonita que se lleva uno”.

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Antes de las 6 de la mañana, el USNS Comfort leva anclas a unos cinco kilómetros del puerto nicaragüense de Corinto, donde ha permanecido desde el 18 de julio. El sol ya asoma. Situado en la parte noroccidental del país, Corinto es el puerto del que desde hace años se asegura que será unido vía ferry con Cutuco, en La Unión; algo así como el metro para San Salvador.
El punto de encuentro

El comedor de la nave es el verdadero punto de encuentro del Comfort. Lo primero que llama la atención es que allí se juntan en aparente buena armonía todas las tonalidades que puede adquirir la piel de un ser humano. Es una sala muy amplia, salpicada de mesas y decorada con cuadros, y donde cada uno se sirve lo que quiere.

En el sector de los oficiales está colgado un gran letrero esculpido en madera: “Rose City”. Ese es el nombre que tuvo el Comfort desde que se construyó en 1976, como un petrolero, hasta 1987 cuando, tras dos años de reconversiones, regresó al mar como el barco hospital que es en la actualidad.

Tras el desayuno, que se clausura a las 7:30 a. m., el comedor se convierte en escenario de un ritual que caracteriza a la Armada estadounidense. Al unísono, unas 40 personas comienzan a vociferar el himno de la institución: “Yo soy un marino de Estados Unidos; yo respetaré y defenderé la Constitución...”.

En el grupo está Rubén Vilcara, peruano de nacimiento, pero radicado desde hace 14 años en Bethesda, Maryland. Para él también es la primera vez que realiza una misión humanitaria de esta magnitud, pero el estar asignado a la cocina y la férrea disciplina dentro del Comfort le impiden el contacto directo con los pacientes. Tras 10 días sin tocar tierra, su principal preocupación parece ser cómo es la ciudad de Acajutla. Es la tercera persona que pregunta lo mismo.

La razón puede estar en la respuesta que la noche anterior ha dado Nate Escott, marino también, pero que trabaja en la oficina de comunicaciones del barco. Ante la inquietud por saber dónde tomar una cerveza, la contestación, acompañada de un elocuente gesto de extrañeza, fue concluyente: “En este barco no se puede tomar”.

Ni una sola cerveza disponible en una nave más grande que el propio Titanic. Un verdadero laberinto de escaleras, pasillos y puertas, en el que se evidencia con facilidad quiénes son los recién embarcados. El escaso mobiliario no ayuda mucho. Se repiten de manera cíclica unos pocos elementos: extintores, cajas que contienen chalecos salvavidas, surtidores de agua para tomar, un letrero que indica “To boats” —a los botes—, y las alarmas, platos metálicos de 31 centímetros de diámetro cuyo sonido, afortunadamente, no se pudo atestiguar.

Cuando uno camina por esos lugares, el mar pasa su factura. Todo el barco se mece, esté o no anclado el buque. Por ello, casi todos los objetos están amarrados, y las paredes de los ascensores están forradas con colchonetas azules.

Esa laberíntica red de callejones conduce a los diferentes puntos de reunión de los marinos que se dedican a actividades específicas dentro de la institución. La banda musical, compuesta por 14 personas, viaja en el Comfort con la exclusiva misión de ensayar y tocar. David Wiley, el director del grupo, explica en inglés el porqué de la presencia: “La música es un lenguaje universal que llena de buenos sentimientos a las personas”. Para comprobarlo, la invitación que hacen es a acudir el próximo domingo al parque central de Acajutla, donde ofrecerán un concierto de jazz. Gratuito, por supuesto.

En la cocina, Roderick Bryan es el marino que explica cómo se las ingenian para preparar la comida a unas 700 personas cada día sin que el menú se repita en tres semanas. Las bodegas y los congeladores se llenaron en junio, cuando el Comfort inició su misión, y saben que habrá alimentos hasta el 14 de octubre, la fecha prevista para el regreso a Norfolk, en el estado de Virginia. Lo único que adquieren en los puertos a los que llegan es todo aquello que no se puede congelar o enlatar, lo que reduce a los vegetales y poco más la lista de la compra, que también harán estos días en El Salvador.

Y, además de marinos, en un barco hospital lo que abunda son los médicos, y las salas de operación, de rayos X, ucis... Iván Shulman es un cirujano que decidió cambiar durante cuatro meses su trabajo en un hospital angelino por formar parte del Proyecto Esperanza, una de las ONG que más se ha involucrado en esta iniciativa. “Somos médicos, y lo somos porque nuestra misión es ayudar a la gente en cualquier parte del mundo”, contesta en castellano, el idioma que, a veces con más buena voluntad que otra cosa, casi todos quieren ensayar cuando están frente a alguien que lo habla. Sobre su labor y la de sus colegas, que es en realidad lo más importante, se podrá profundizar en los próximos seis días.

Vilcara, Wiley, Shulman... apellidos en singular de una historia colectiva que ayer atracó en El Salvador. Hasta el 1.º de agosto se podrá conocer de primera mano la labor humanitaria de este grupo de personas que está recorriendo América Latina operando, medicando, haciendo análisis clínicos, regalando lentes o rellenando caries, por citar tan solo cinco del extenso listado de servicios que brinda el Comfort.

Tres de los 262 municipios del país, los tres de Sonsonate, han sido los elegidos para recibir una inyección de las buenas. A última hora de la tarde de ayer, ya se desembarcaban por medio de un helicóptero las medicinas, los insumos y el equipo que llega para quedarse. Una inyección de salud que viene del mar.

Fotografía: Óscar Leiva
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(Este remedo de crónica fue publicada el 26 de julio de 2007 en el periódico salvadoreño La Prensa Gráfica)

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