martes, 18 de enero de 2011

En El Salvador manejamos mal

En El Salvador manejamos mal. Más de 1.100 fallecidos en accidentes de tránsito durante 2010 –tres cada día– no dejan mucho margen para la objeción, y menos aún cuando esas cifras se relativizan: la tasa de muertos por cada 100.000 habitantes es cinco veces –cinco veces– superior a la de España, y eso que tenemos un parque vehicular proporcionalmente menor y mayores restricciones en cuanto a la velocidad máxima permitida. Pero incluso dejando los números a un lado, hasta un ciego ve que los carros se parquean sobre las aceras con total impunidad, que los intermitentes parecen elementos decorativos, que el respeto al peatón está bajo mínimos, que manejar borracho no está socialmente mal visto, etc., etc. Se mire por donde se mire, y pese a quien pese, en El Salvador manejamos mal.

A esto le voy dando vueltas mientras manejo por la carretera Panamericana rumbo a una pequeña ciudad del oriente del país llamada Santiago de María. Manejemos mal, no hay duda, pero veo –y así lo registro en mi grabadora– que no es solo cuestión de habilidades al volante, que la siniestralidad es, creo yo, el resultado de un cúmulo de circunstancias que podrían agruparse en cuatro: una pésima educación vial, una débil institucionalidad que genera impunidad, unos índices de pobreza que convierten las carreteras en codiciados puntos de venta y una tolerancia social hacia todo lo anterior.

Acabo de dejar atrás San Martín, la última ciudad del Área Metropolitana de San Salvador. Estoy en el campo, aunque esto es un decir en el país más densamente poblado del continente y sobre el... (Este relato puede leerlo completo pulsando aquí).

Fotografía: Roberto Valencia

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