sábado, 31 de julio de 2010

El busero cabal

—¡Que aquí no!

El grito lo refuerza con un vigoroso movimiento de dedo para dejar claro que aquí no, que aquí no abrirá la puerta del autobús.

Lentes de sol, goma de mascar y el pelo como si lo llevara mojado y repeinado hacia atrás. Treintañero, barriga incipiente. Incluso si uno se lo encontrara viendo escaparates en Metrocentro adivinaría que es un busero. Viste jeans azules y un polo verde con rayas amarillas horizontales. Maneja un bus que tiembla como lavadora vieja, de la ruta 41-D, la que sube hasta el reparto La Campanera. En su parte delantera, justo encima del espejo al que el busero mira como si en ello le fuera la vida, tiene dos adhesivos largos como una baguette: uno dice Protégenos, Señor; el otro, Need for Speed. Viene del centro de San Salvador, y ahora entra en el centro de Soyapango. La trabazón que generan las ventas obliga a ir despacio, a pie se avanzaría más. Es en momento cuando, ante los golpes que con insistencia una señora da al cristal de la puerta, el busero agita su dedo y grita que aquí no.

—¡Que aquí no! ¡Que la parada está en la próxima cuadra! ¡Allá puedo parar, aquí no!

La puerta, cerrada.

Sorprendido, anoto en mi libreta: “Nunca pensé verlo aquí”. Y encierro las palabras en un recuadro junto a dos letras: CG.



Fotografía: Roberto Valencia

viernes, 30 de julio de 2010

Revolucionarias de salón

“El pueblo salvadoreño te da la bienvenida, Xiomara De Zelaya, defensora de la paz y de la democracia en Centroamérica”. Eso dicen las letras pintadas sobre una gran sábana que han extendido bajo el Monumento a la Paz. Pero ese pueblo tan considerado con las visitas son, exagerando, tres docenas simpatizantes de un grupúsculo de izquierda llamado Red Salvadoreña de Solidaridad con la Resistencia del Pueblo de Honduras. Hay casi más periodistas que pueblo. 

Xiomara Castro de Zelaya es la esposa de Mel Zelaya, el presidente al que un golpe de Estado lo sacó del poder en junio de 2009. Ella aterrizó hace poco más de media hora, y el vehículo que la esperaba está llegando justo ahora aquí. Baja de una Toyota Landcruiser polarizada enfundada en un sobrio pero elegante vestido azul marino. La reciben tímidos vivas coreados por rojos admiradores de Chávez y de Castro; barbudos unos, imberbes los más. Xiomara viene bien maquillada, bien peinada y con unos llamativos pendientes dorados. No están tan lejos los tiempos en los que era Primera Dama o, un poquito más atrás, la esposa de un prominente empresario de Honduras. Ella ha conocido el LUJO. El suyo no es un pasado de guerrillas ni de luchas sindicales ni de hambre ni de carreras delante de los policías. El suyo es un pasado de esposa de un acaudalado empresario. 

—Traigo una carta –dice.
 
Es una misiva que Mel dirige a los presidentes centroamericanos. Suena firme la voz que Xiomara presta a su esposo ausente. Casi ocho minutos le cuesta leerla. Después, una pequeña conferencia de prensa. Cuando terminan las preguntas, comienza una lluvia que aún es tenue para ser esto el trópico. A Xiomara le da tiempo de colocar un modestísimo ramo de flores amarillas y rojas bajo el Monumento a la Paz.

—¡Que viva la juventud de Honduras! –grita una joven.
 
Le secundan no más de ocho voces enfundadas en camisetas con referencias expresas al socialismo o con la hoz y el martillo grabados. Camino de la Landcruiser polarizada acepta tomarse fotografías entre pequeñas banderas rojas del Frente Nacional de Resistencia Popular, el nuevo movimiento político del que su esposo es coordinador nacional. Son pocos. Se toma el tiempo que le piden. Sonríe. Un paraguas protege el peinado recogido de la que parece ser una de las nuevas heroínas de la izquierda centroamericana. Atrás, otro grupito enrolla la sábana que la nombra defensora de la democracia.

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(Este relato es una versión de una crónica titulada La nueva heroína de la izquierda radical centroamericana, publicada el 26 de julio de 2010 en www.elmundo.es)

martes, 27 de julio de 2010

Por la boca muere el pez



La idea promete: demostrar que el uso correcto de la lengua española no tiene que estar relacionado siempre con lo aburrido. Para ello, en unos minutos cuatro reconocidos lingüistas se subirán a una tarima, sin que lo suyo sea subirse a tarimas de bares, e intentarán, armados con sus ocurrencias, algo tan difícil como lograr la aprobación del público. El grupo lo encabeza Alberto Gómez Font, un hombre a un bigote pegado que es el coordinador general de Fundación del Español Urgente. Lo secundan otros dos españoles –Xosé Castro y Antonio Martín– y el mexicano Jorge de Buen. Los cuatro visten igual: idéntico sobrero de paja, idéntico pantalón tirando a oscuro e idéntica guayabera radiante. Quizá alguien les engañó con que ese es el atuendo típico salvadoreño. Hoy es un viernes de julio, cae la noche y esto es La Luna, uno de los pocos lugares de la capital que intenta combinar, como si fuera un cóctel, cultura y diversión. El público somos pocos.


—Allá donde vamos –se arranca Jorge de Buen, que en la cortísima velada resultará el más dicharachero– se califica la lengua como algo complejo, algo enredado, algo que requiere mucho conocimiento. Pero nosotros pensamos que la lengua tiene que ser divertida porque nosotros, al menos, nos divertimos… Con el idioma… Aunque la lengua también nos divierte muchísimo, pero, eh…


Las intervenciones se suceden y sirven para que nos enteremos de que no es lo mismo un Martini dry que un dry martini; que margarita, negroni y burdeos se escriben con minúscula cuando se refiere a las bebidas, como cerveza; que el whisky o el ron no son licores sino aguardientes; o que vodka significa agüita en ruso.


—¿Y yo qué puedo decir? –toma la palabra Xosé Castro, copresentador del programa de Televisión Española Palabra por palabra, y quizá por eso el más suelto de todos– Que la gente no relaciona alcohol y cultura, cuando en realidad están estrechamente relacionados. Yo me hago más culto cuanto más bebo, e incluso puedo hablar varios idiomas. Y quizás las conversaciones más interesantes que he tenido con esta gente –y señala con la mirada a sus colegas– han sido bajo los efectos del alcohol.


Sin tiempo suficiente para que el trago que les ha preparado Gómez Font haga su efecto, Castro se mete solito en los pantanosos terrenos de la corrección política.


—Y hay otra cosa curiosa con el alcohol, y es que, por ejemplo, en el Magreb, en el norte de África, hay muy buenos alcoholes, muy buenos aguardientes, pero todos son judíos, dado que los musulmanes no son muy dados a beber alcohol. Si bebieran un poquito más, a lo mejor nos iba mejor en muchos aspectos, pero las grandes bebidas alcohólicas del norte de África son de destilerías judías.
—No entiendo esa parte –interviene De Buen– de que si bebieran alcohol, estaríamos un poco mejor.
—¿Tú no estás un poco mejor cuando bebes alcohol? –pregunta Castro, como quien pide la hora.


Nadie ríe. De Buen prefiere zanjar el tema con una mirada, consciente quizá de que esto no es una plática entre amigos, de que esto una actuación pública, en un bar público, con público.

miércoles, 21 de julio de 2010

Estrategias de venta (periódicos)

No es un ladrón ni un aspirante a pastor evangélico ni tampoco el enésimo vendedor de galletas. Vende sí, o lo intenta al menos, pero lo hace con swing. Tiene don. Se acaba de subir al bus de la ruta 52 en la parada que está junto al centro de Gobierno, sobre la alameda Juan Pablo II. Viste bien y limpio. Jeans, camiseta, cachucha, como cualquier joven que apenas sobrepasa los veinte. Pasaría desapercibido si no fuera por esa especie de manta que le cuelga del hombro, de un anaranjado chillón, que le sirve para llevar dos docenas de periódicos semienrollados. Pasaría desapercibido, pero ahora es lo que menos quiere. Él quiere vender en dos minutos El Mundo, un diario salvadoreño de los intrascendentes, de los que cuesta vender. Se ha subido el último y, apenas el bus arranca, entrega cinco o seis ejemplares a pasajeros al azar.


—Muy buenas tardes, amables pasajeros. Acá les traigo diario El Mundo. Vean, vean qué completito viene hoy. Acá pueden leer el conflicto del gas, que unos dicen que sí al subsidio y otros que no, pero lo que sí está claro es que no son 11 dólares como usted se informó, ¡son casi 15 dólares lo que le va a costar a usted el tambito de gas ahora! Aquí viene más claro. Y más, noticia de última hora: ¡han capturado al venezolano Peña Esclusa! ¡Alejandro Peña Esclusa ha sido capturado! ¡Miren! –y enseña, orgulloso, el diario abierto de para en par– Por lo visto, acá, en El Salvador, esto era una red completita, no era solo Chávez Abarca, no era solitario. Era un comando radicado aquí, en El Salvador. Aquí viene más claro, miren. Y esta otra historia, miren, la historia de este pobre hombre, salvadoreño, de Soyapango, que cuenta cuál fue la razón que lo llevó a cometer ese error, ¿verdad? A dar a sus hijos tortillas hechas con semilla envenenada. Y lo más grave, dice, es que cualquier papá hubiera hecho lo mismo. Vean la situación extrema que se vive en nuestro país. Pues bien, si usted se quiere llevar el diario, se lo puede llevar. Son 25 centavos, y ahí le trae más noticias. Le va a interesar, de verdad. Y solo por una cora. Gracias.


Un minuto y 51 segundos. Nadie le compra nada. Sin embargo, conoce lo que vende, y me deja la sensación de que hay quien hace más por la supervivencia del papel impreso que las propias empresas periodísticas. Y que los propios periodistas.

viernes, 16 de julio de 2010

El amigo

Christian Poveda llegó poco antes de las 9 de la mañana del 29 de agosto de 2006 a la colonia Bella Vista, en Soyapango, a unos 10 minutos en carro del reparto La Campanera. Entró en un mesón que no le era desconocido y cámara en mano se dirigió al cuarto en el que dormía Moreno. Ese martes cumplía 26 años y Christian tenía algo en mente.

—Puta, hijoeputa, mirá cómo te veo –le dijo, fiel a su convicción de que los insultos servían para disimular su acento francés.
—¡Puta! ¡Come mierda! Dejá dormir, andate a la mierda –respondió la voz desde la cama.
—Ah, qué culero. Vámonos, vámonos.

No insistió. Cerró la puerta. Moreno dio medio vuelta y al poco se durmió. Moreno es José Luis Rosales, pandillero del Barrio 18 desde los 12 años, amigo de Christian y uno de los personajes que más peso tienen en el documental La vida loca. Tiene la piel clara, un bigote tímido en su rostro y por el cuello y el brazo derecho le asoman los tatuajes.

Pasada una hora, Christian regresó y comenzó a golpear de nuevo la puerta. Lo hizo con tanta fuerza que la destrabó. Entró, y le tiró un vaso con agua.

—Levantate, que te vamos a celebrar el cumpleaños.
—Hijoeputa, vos solo casaca sos.

El ofrecimiento iba en serio. Christian había ido a comprar una bolsada de carne, seis libras de arroz, tomates, cebolla y cilantro. También trajo dos garrafones de vodka Troika y cervezas para una tribu entera.

—Y ahorita llamá a los homeboys.
—¿Y qué vas a hacer?
—Celebrar, y lo vamos a poner en la película.

Durante la filmación Christian le pagó a Moreno el cuarto en la Bella Vista para evitar el acoso policial en La Campanera, le compró un teléfono celular, lo llevaba a restaurantes de la exclusiva colonia Escalón de la capital. A Moreno lo encarcelaron en octubre de 2007 por homicidio agravado y extorsión, pero ni aun así dejaron de verse. Un día antes de su asesinato Christian había gestionado ante las autoridades de Centros Penales una visita en la cárcel de Quezaltepeque. Moreno la aceptó por escrito pocas horas antes de que asesinaran a su amigo:

“Quezaltepeque 2 de septiembre de 2009. por este medio ago constar que yo Jose Luis Rosales estoy de acuerdo para seguir con la segunda etapa de el documental de Crístian el periodista. yo estoy dispuesto a trabajar con el F. Jose luis Rosales.”


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Este es un fragmento de una crónica titulada ¿Quién mató a Christian Poveda?, publicada en la edición de diciembre de 2009 de la revista Gatopardo.

domingo, 11 de julio de 2010

Así murió Natalie

Matar no supone mayor problema para decenas de miles de centroamericanos, quizá cientos de miles, quizá millones. Y no me refiero ahora a problemas con la Justicia, sino a los de tipo moral. Honduras, El Salvador y Guatemala han degenerado en sociedades en las que la vida vale poco, en las que convivimos con la muerte con cristiana resignación. En ese generoso grupo al que matar no le supone o supondría ningún dilema hay personas de todos los estratos sociales, y por supuesto incluye a la mayoría de los pandilleros. Uno al que llamaremos el Crazy me contó cómo mataron a Natalie a mediados de la década pasada, una chica de la que seguramente nadie ya se acuerde.

—El día en el que me estaban tinteando estaba yo así, acostado, cuando llegó así una chava. Va, esa chava viene y desde que llegó se quedó viéndome. Me acuerdo del nombre de la bicha porque era mujer de un loco, ¿va? A ella le decían Natalie.

El Crazy hizo una pausa para dar una profunda calada al canuto que se había liado.

—Viene y salió así, y desde que salió empezó a regar la bola, que ahí hay uno de los que buscaba la jura. Y una homegirl lo vio, y me llegó a decir: mira homeboy, esto, esto y esto. ¡Démosle en la nuca de una vez!, le digo, porque laneta, que en boca cerrada no entran moscas. Y así, como estaba, que solo me habían hecho el delineado y lo que estaba dentro, me paré, medio me limpié la cara, y me salí. Y le dije a la homegirl: vos la trajiste, vos la vas a ir a sacar de su chanti con cualquier casaca. Y viene, y la bicha le fue a decir que le hiciera el paro de ir a comprar unos canutos, ¿va? Al mercado, con ella. Y yo la estaba esperando enfrente de una iglesia. Cuando me la quedo viendo: ¿vos me conocés a mí? No, me dice. Estás diciendo que soy uno de los que busca la jura. Nel, yo no dije nada. Y bin, bin, bin, bin, bin, bien. Ahí mismo la empezamos a morterear. Te estoy diciendo que como 30 bombazos le cayeron ese día, ¿va? Pero la bicha ya sabía en el punto en que estaba viviendo.

Este fue tan solo uno de los asesinatos que aquella tarde me contó el Crazy. Había estado ya con él otras veces y, apenas se creó un poco de confianza, sus correrías fluían sin que yo tuviera necesidad de preguntar. Las intercalaba en el relato de una vida marcada por la violencia prácticamente desde que nació, y lo hacía sin el más mínimo atisbo de alardeo, como quien cuenta su primera borrachera o la película que vio la noche anterior.

Ocho meses después, el Crazy también estaba muerto.


Fotografía: Roberto Valencia

jueves, 8 de julio de 2010

Ponga una Leila en su vida


Rompo por completo con el tono de los microrrelatos que dan vida a este blog, pero lo hago, creo, con causa justificada: alguien a quien admiro, la cronista argentina Leila Guerriero, acaba de ganar con una crónica titulada “El rastro en los huesos” el premio mayor de la Fundación Nuevo Periodismo Latinoamericano (FNPI), el más prestigioso de cuantos se entregan en el continente.

Conocí a Leila a finales de agosto de 2007, en un modesto taller sobre periodismo narrativo impartido en Ciudad de Panamá. Caí en sus brazos por casualidad. Nunca antes había oído hablar de ella, y disfruté sus textos por primera vez cuando nos los hizo llegar en los días previos al encuentro. 

Fue un taller de apenas dos días, pero no exagero si afirmo que conocer su concepción del periodismo supuso un antes y un después en mi manera de entender esta profesión y, por extensión, de entender toda mi vida. Hasta que la conocí estaba convencido de que los tres ingredientes diferenciadores del buen periodista eran manejar un buen abanico de fuentes, saber cuestionar con argumentos a las autoridades y tener en la agenda de fuentes voces cualificadas y alternativas al discurso oficial. Con Leila aprendí que es mucho más importante –y gratificante– elegir una buena historia, reportearla hasta la saciedad e invertir todo el esfuerzo y el talento posibles para dignificar el texto que firmamos. No se trata de alargar esto, pero sin Leila de por medio en El Salvador no existiría una revista de periodismo narrativo como lo es el dominical Séptimo Sentido, ni habría escrito el pequeño puñado de historias de las que me siento satisfecho, ni seguramente yo habría renunciado a La Prensa Gráfica, ni en la actualidad trabajaría como freelance, ni se estuviera gestando el primer libro de crónicas periodísticas escritas en y sobre este país. Ni siquiera existiría este blog.

Leila es una gran cronista, pero decir eso de alguien que acaba de ganar el premio de la FNPI es perogrullada. Iré un poquito más allá. Dentro del no tan amplio abanico de cronistas latinoamericanos reconocidos, Leila ofrece algo que pocos pueden ofrecer. Entre los cronistas hay virtuosos del lenguaje, verdaderos magos con una mirada incisiva y capaces de sacar una buena historia de una habitación blanca y vacía. Hay también otro grupo de cronistas que saben elegir bien sus historias y que las reportean con tanta rigurosidad que paren relatos brillantes basados en lo sorprendente de sus averiguaciones. Leila se mueve como pez en el agua en ambos terrenos, y los conjunta de forma magistral, con creaciones tan perfectas que muchas veces para el cronista amateur resultan frustrantes por inasequibles. Pero si hubiera que ubicarla en un bando, sería en el de los reporteros exhaustivos más que en el de las plumas privilegiadas, aunque una primera lectura de sus crónicas invite a pensar lo contrario.

Leila es una de las grandes del periodismo latinoamericano, y este premio (aunque intuyo que tiene su dosis de fetidez tras bambalinas, como casi todos los premios) viene a tapar muchas bocas y a poner a mucha gente en su lugar. Lo ha ganado la mejor. La maestra.

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Dejo para los interesados tres enlaces a crónicas suyas:

lunes, 5 de julio de 2010

Brasil en Casa Presidencial

De un tiempo a esta parte en Casa Presidencial se respira en brasileño. Hace una hora, en la sala de prensa fotografiaba un cuadro con la imagen sonriente de Vanda Pignato de Funes, y me preguntaba por qué está ella y no hay ni una sola foto del vicepresidente, que a fin de cuentas es la persona por la que se votó. La inquietud, no está nunca de más remarcarlo, aplicaría también si la esposa del presidente fuera salvadoreña de nacimiento. Y es que Pignato, la Primera Dama, es una brasileñísima de armas tomar que desde la campaña electoral dejó claro que no se conformaría con ser una mujer-objeto, a la usanza de sus predecesoras. Antes de señora De Funes, había sido la representante para Centroamérica del Partido de los Trabajadores, el partido de Luis Inázio Lula Da Silva. Lula y Pignato eran amigos de mucho antes, y como bien dicen que los amigos de mis amigos son mis amigos, ahora Funes también llama “mi amigo” a Lula.


La sala de prensa con la imagen sonriente, de hecho, se inauguró durante la visita de Lula, el único gran líder que ha estado en Casa Presidencial en los 13 meses transcurridos desde la toma de posesión. Un significativo gesto que va más allá. En el gabinete Funes cada día aparecen más consultores brasileños, asesores brasileños, réplicas de planes vigentes en Brasil, préstamos de bancos brasileños, autobuses brasileños, soluciones brasileñas, capacitaciones impartidas por técnicos brasileños, aviones de combate brasileños…


Ahora, a la 1 de la tarde de un lunes, mientras medio continente y quizá también Vanda Pignato están pegados a los televisores por el partido mundialista entre Brasil y Chile, el presidente Funes se reúne con los líderes de los partidos políticos. Discuten cómo abordar el fenómeno de las maras. Discuten y comen. Comen y caro. De la nada aparece el camioncito que les trajo el almuerzo. Se marcha ya vacío. En los costados del remolque se ven sendos apetitosos cortes de carne al fuego y el nombre del exclusivo restaurante que alimenta al presidente de El Salvador y a sus invitados salvadoreños: Faísca do Brasil.


Fotografía: Roberto Valencia

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