sábado, 9 de octubre de 2010

El corazón de Monseñor Romero

El corazón de Monseñor Romero está debajo de esas piedras. Cuando al arzobispo de San Salvador lo asesinaron el 24 de marzo de 1980, su cuerpo fue embalsamado, y las hermanas carmelitas se llevaron el corazón y el resto de las vísceras al Hospital Divina Providencia, las introdujeron dentro de una caja, y la enterraron en el jardín junto a la casa donde vivía. A inicios de1983, visto que el lugar comenzaba a convertirse en punto de peregrinaje y ante la inminente llegada al país del Juan Pablo II, las hermanas decidieron levantar una humilde y pequeña gruta, apenas un montón de rocas apiladas en forma de arco, para que los restos quedaran debajo. Arriba colocaron una figura de la Virgen de Lourdes. Al desenterrar lo enterrada casi tres años atrás, vieron que las vísceras estaban incorruptas.

—El corazón de Monseñor estaba en muy buen estado –nos dice la hermana Bernardita Castro, una monja de 83 años, pequeña y con una voz dulce quien, además de atender a enfermos terminales en el hospital, en las tardes hace de guía en este improvisado museo llamado Centro Histórico Monseñor Romero.

Óscar Arnulfo Romero Galdámez fue asesinado de un disparo en el pecho mientras oficiaba misa en la capilla del hospital, a apenas 50 metros de donde Bernardita ahora nos explica que el corazón sigue enterrado. Monseñor Romero es, sin duda, el salvadoreño más universal, y el sentido común indica que algún día será canonizado, pero la Santa Sede –que desde 1997 tiene sobre la mesa la causa– se está tomando su caso con parsimonia. Para la Iglesia católica, la institución, Romero terminó siendo alguien incómodo por su compromiso honesto y sin matices con los más desfavorecidos; tres décadas después, el Vaticano aún no sabe muy bien qué hacer con él.

“Romero no es que sea progresista”, me dijo una vez Miguel Cavada, uno de los teólogos que más han estudiado su palabra, “no es un Casaldáliga, pero a la vez va mucho más allá que un progresista, es una mezcla de lo antiguo con lo nuevo, y eso es lo que lo hace auténtico”. Y peligroso.

En El Salvador muchos aún lo odian. Durante la guerra civil (1980-1992), una fotografía suya colgada en la pared era razón suficiente para ser visitado por los escuadrones de la muerte. Cuando callaron las armas, siguió siendo una figura denostada para el Gobierno en manos del partido fundado por Roberto d’Aubuisson, el asesino intelectual, e incluso para la propia Iglesia. Bernardita está convencida de que el rechazo que todavía por él siente un amplio sector de la poderosa oligarquía salvadoreña –quienes por años financiaron los escuadrones de la muerte– es la razón principal de que no haya sido canonizado.

—En el Vaticano están llevando esto muy despacio –dice–, y es porque la Iglesia aquí, en El Salvador, está muy sumisa al Gobierno, y los de los gobiernos dicen que mientras ellos gobiernen no autorizarán la canonización. Y como el gobierno siempre está bajo la dependencia de la derecha, ¿verdad? Aunque sean de izquierda. Este señor Funes decía que era de izquierda, pero está bajo presiones.

El señor Funes que menciona Bernardita es Mauricio Funes, presidente de la República desde el 1 de junio de 2009. Con su llegada al Ejecutivo, al frente de un conglomerado de fuerzas encabezado por la ex guerrilla del FMLN, parecía que las cosas cambiarían. Y no se puede negar que el obispo mártir tiene hoy mayor presencia en el discurso presidencial y se hicieron guiños simbólicos, como imprimir sellos, sacar un CD de música en su honor o pintar un gran mural en el aeropuerto internacional.


En su primer día de mandato Funes le dio el estatus de guía espiritual de la nación y se comprometió a que el suyo sería un gobierno con una opción preferencial por los pobres. Palabras mayores. “Vamos a combatir la pobreza, a reducir la desigualdad social, a generar más y mejores empleos, a combatir la delincuencia y el crimen organizado”, gritó Funes ante miles de seguidores. ¿Cómo no entusiasmarse ante tanta promesa que sonaba sincera?

Transcurrida más de la cuarta parte de su mandato, El Salvador sigue sumido en una ola de violencia que deja 11 asesinatos cada día, la ley de amnistía de 1993 está aún vigente, el precio de la canasta básica ha aumentado mientras el salario mínimo sigue congelado, el país no deja de endeudarse ante el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional y la CEPAL estima que el crecimiento económico en 2011 será el más bajo de todo el continente. Mientras todo esto ocurre, el gasto en publicidad de la administración Funes poco tiene que envidiar al de su predecesor.


Bernardita nos invita a entrar en la casa, que es poco más que un humilde cuarto con una cama estrecha, una mesa de oficina con una máquina de escribir, una mecedora y un crucifijo. Parece que Monseñor Romero sí se tomó en serio lo de la opción preferencial por los pobres. Quizá por eso a Bernardita no le importa tanto que el Vaticano retrase la canonización, ella está convencida de que el pueblo ya lo hizo santo: San Romero de América.

Para lo otro, para la desigualdad, la miseria y la impunidad que tanto denunció Monseñor Romero y que siguen vigentes en El Salvador, no tiene respuesta. Solo una certeza: que el corazón de Monseñor Romero aún sigue bajo tierra. Quizá para siempre.



Fotografía: Roberto Valencia
---------------------------------------------------------
(Este relato se publicó primero el 8 de octubre de 2010 en el blog "Crónicas de Centroamérica", del diario español El Mundo, bajo el título El corazón de Monseñor Romero)

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Related Posts with Thumbnails