domingo, 11 de julio de 2010

Así murió Natalie

Matar no supone mayor problema para decenas de miles de centroamericanos, quizá cientos de miles, quizá millones. Y no me refiero ahora a problemas con la Justicia, sino a los de tipo moral. Honduras, El Salvador y Guatemala han degenerado en sociedades en las que la vida vale poco, en las que convivimos con la muerte con cristiana resignación. En ese generoso grupo al que matar no le supone o supondría ningún dilema hay personas de todos los estratos sociales, y por supuesto incluye a la mayoría de los pandilleros. Uno al que llamaremos el Crazy me contó cómo mataron a Natalie a mediados de la década pasada, una chica de la que seguramente nadie ya se acuerde.

—El día en el que me estaban tinteando estaba yo así, acostado, cuando llegó así una chava. Va, esa chava viene y desde que llegó se quedó viéndome. Me acuerdo del nombre de la bicha porque era mujer de un loco, ¿va? A ella le decían Natalie.

El Crazy hizo una pausa para dar una profunda calada al canuto que se había liado.

—Viene y salió así, y desde que salió empezó a regar la bola, que ahí hay uno de los que buscaba la jura. Y una homegirl lo vio, y me llegó a decir: mira homeboy, esto, esto y esto. ¡Démosle en la nuca de una vez!, le digo, porque laneta, que en boca cerrada no entran moscas. Y así, como estaba, que solo me habían hecho el delineado y lo que estaba dentro, me paré, medio me limpié la cara, y me salí. Y le dije a la homegirl: vos la trajiste, vos la vas a ir a sacar de su chanti con cualquier casaca. Y viene, y la bicha le fue a decir que le hiciera el paro de ir a comprar unos canutos, ¿va? Al mercado, con ella. Y yo la estaba esperando enfrente de una iglesia. Cuando me la quedo viendo: ¿vos me conocés a mí? No, me dice. Estás diciendo que soy uno de los que busca la jura. Nel, yo no dije nada. Y bin, bin, bin, bin, bin, bien. Ahí mismo la empezamos a morterear. Te estoy diciendo que como 30 bombazos le cayeron ese día, ¿va? Pero la bicha ya sabía en el punto en que estaba viviendo.

Este fue tan solo uno de los asesinatos que aquella tarde me contó el Crazy. Había estado ya con él otras veces y, apenas se creó un poco de confianza, sus correrías fluían sin que yo tuviera necesidad de preguntar. Las intercalaba en el relato de una vida marcada por la violencia prácticamente desde que nació, y lo hacía sin el más mínimo atisbo de alardeo, como quien cuenta su primera borrachera o la película que vio la noche anterior.

Ocho meses después, el Crazy también estaba muerto.


Fotografía: Roberto Valencia

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