jueves, 4 de febrero de 2010

Neck ha muerto

Martes, 26 de enero de 2010, 9:34 p.m. Un correo electrónico cae en mi cuenta desde la cuenta de Mish, un pandillero calmado que el año pasado me puso en contacto con Neck, el dieciochero que protagonizó un relato que escribí sobre pandilleros y familia.

“(…) te contamos una mala noticia en estos dias neck tubo un posible accidente y ayer fallecio me da mucha pena escribirte para darte malas noticias pero creo que lo debes saber ojala te veamos pronto por aca mishell”.

Mishell es la pareja de Mish. La conocí también durante la investigación para escribir esta historia que transcurre en Guatemala. Leo sus palabras sobre el destino de Neck y me entristezco. Unas llamadas me servirán para saber más del “posible accidente”. Neck se cayó la semana anterior al interior de la Granja Modelo de Rehabilitación Pavón desde una altura de unos diez metros. Tuvo fracturas en el cráneo y en el rostro, y la pierna se machacó de tal manera que los médicos recomendaron su amputación por el muslo. Estuvo varios días moribundo en un hospital público, no resistió la segunda operación con anestesia general, y el lunes murió. Neck le alcanzó a susurrar a Brigitte, su esposa, que nadie lo empujó, pero en Pavón se oyen otras versiones.

A Neck lo entierran en la tarde del jueves 28 de enero en un nicho del Cementerio General de la Zona 3 de Ciudad de Guatemala. Sobran los dedos de las manos para contar los presentes, no hay hombres suficientes para cargar el ataúd, y a las mujeres les toca arrimar el hombro. También a Jonathan, su hijastro de 13 años al que Neck pedía que se mantuviera alejado de las pandillas. El nicho está alto y un desequilibrio en el improvisado y desbalanceado cortejo fúnebre hace que la caja se voltee, que se abra la tapa y que a través de un cristal aparezca por última vez el rostro tatuado y magullado de Neck. Brigitte llora y grita casi hasta el colapso. Jonathan llora más y grita más.

—Mi papiiiito, mi papiiiito…

Jonathan no tiene tatuajes. Aún.

Al poco llega una máquina para poder subir el ataúd. Brigitte llora. Jonathan llora más. Lloran en el entierro de Luis Efraín Sagastume López. Nadie desde su San Pedro Sula natal ha venido, quizá ni se hayan enterado. Tampoco ha venido nadie de la que Neck un día creyó que era su familia: el Barrio 18.

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Esta es la primera versión del epílogo añadido a una crónica titulada "Jonathan no tiene tatuajes" con motivo de su publicación en febrero de 2010 en el periódico digital Frontera D. El texto original se ha publicado en medios de Chile, El Salvador, Honduras, Uruguay, España y Bolivia, y ha sido antalogado en un libro de crónicas sobre violencia juvenil.

Fotografía: Miquel Dewever-Plana

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