miércoles, 29 de diciembre de 2010

... y cien (génesis de Crónicas guanacas)

Tengo que improvisar algo. Hace ya unos días que me comprometí con los responsables de El Faro, Jorge Simán y Carlos Dada, a enviarles un documento más formal sobre una idea que días atrás les había comentado: mi deseo de iniciar un blog que quepa en su periódico. Si tienen un proyecto estructurado, quizá alguna institución lo quiera financiar, me habían animado. Por eso ahora, 2 de octubre de 2009, me siento frente a mi vieja computadora para intentar dar forma a algo que no la tiene. Por ahora no sé en qué terminará esto, si tendrá continuidad o si será uno de esos blogs que arrancan con fuerza pero que solo tienen gasolina para unas pocas semanas. Desde que renuncié a La Prensa Gráfica, hace poco más de tres meses, la idea me ronda en la cabeza, convencido como estoy de que en El Salvador hay blogs de muchos colores y sabores, pero la inmensa mayoría son de carácter eminentemente político-partidario, se dedican a reproducir otras informaciones o tienen vocación de diario personal público. En otras palabras, demasiada opinión, pero poca información y/o interpretación.

Comienzo a escribir. 

No creo necesario tener que explicitar el papel que internet tiene ya en la sociedad mundial en general, y en la salvadoreña en particular. Pese a quien pese, esta herramienta se ha vuelto indispensable en… 
En poco más de un cuarto de hora escribo dos hojas Word con algunas pinceladas de lo que terminará llamándose Crónicas guanacas, con ideas tan generales que rozan la vaguedad. Pero hay un apartado se titula así: ¿Qué cabría en este blog?
La idea general es que los lectores tengan una manera de “vivir” situaciones y lugares en apariencia comunes pero que no todos vivimos. Sin meditarlo mucho, algunas de esas situaciones que se me ocurre que podrían convertirse en entradas del blog son una visita a un museo, un almuerzo en el centro de San Salvador, una tarde en Panchimalco, una noche en la sala de emergencias de un hospital, una conferencia de prensa del presidente, el zoológico, cualquier evento cultural, la cola para realizar un trámite burocrático, un viaje en bus, un… Son miles de escenas sobre las que se puede escribir y reflexionar, pero con una condición insalvable, y esta es que el autor presente información apegada a las estrictas reglas del periodismo, pero eso sí, desde un punto de vista muy personal y ameno. Reporteo y mirada a partes iguales. En definitiva, la idea es que el lector salvadoreño –y también el no salvadoreño– conozca mejor la idiosincrasia del país a través de este blog. 
Una vez terminado, el documento se lo enviaré hoy mismo a los responsables de El Faro, y a los días recibiré como respuesta que no es posible obtener financiamiento para un proyecto como este en esta coyuntura de crisis. Aun así, Crónicas guanacas nacerá el 5 de noviembre, pero lo hará, como dicen por ahí, por amor al arte, robándole horas al sueño. Quién sabe, quizá algún día este esfuerzo acumule 100 entradas.


viernes, 24 de diciembre de 2010

Memorables

De la Nochebuena del año pasado sé que hubo un árbol encendido y enclenque reflejado en el gran espejo de la sala, hubo el calor propio del Trópico, hubo pólvora ruidosa iluminando el cielo, hubo humo blanco sobre la ciudad, mi esposa Iris embarazada de ocho meses y medio, y mi hija Alejandra a 18 días de su nacimiento, hubo también la cena austera por principios, hubo besos, hubo pláticas transatlánticas vía Skype, hubo mil detalles, mil palabras… Sé que hubo todo eso aunque es un día que se borró de mi memoria. Todo lo que sé que hubo son nomás reconstrucciones mentales basadas en la lógica y en la matemática. Bien dicen que la memoria es selectiva, y que parece que solo selecciona lo realmente importante.

—Iris, ¿y dónde pasamos la Nochebuena pasada? –le he preguntado hace unos minutos.
—Yo creo que en la casa, los dos solos, estoy más que segura –me ha respondido después de darle no pocas vueltas.

Parece que la cena del 24 de diciembre de 2009 no fue ni más ni menos memorable que las del 12 de marzo o la del 9 de septiembre. A ver hoy.


Fotografía: www.depsicologia.com

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Carta de despedida de un marero


De un tiempo a esta parte Centroamérica en general, y El Salvador en particular, aparecen irremediablemente amarrados al fenómeno de las maras. Cuando uno viaja fuera de la región, raro es toparse con alguien que sepa qué son las pupusas o quién es Monseñor Romero, y más raro es hallar alguno que conozca la bahía de Jiquilisco o el volcán de Izalco. Pero las maras, un fenómeno importado desde Estados Unidos hace poco más de 20 años, se han convertido en la tarjeta de presentación.

Paradójicamente, sobre las maras, algo me atrevo a calificar como el principal problema de seguridad pública, se sabe muy poco en El Salvador. Se conocen, obvio, las consecuencias: los asesinatos, los descuartizamientos, las extorsiones las violaciones múltiples… Son un fenómeno mediático, pero ni las autoridades ni los académicos ni los investigadores ni mucho menos los periodistas conocen cómo son realmente las pandillas. En parte, por su constante evolución, pero también porque los acercamientos a los pandilleros son, cuando los hay, cargados de prejuicios a favor o en contra.

Esta carta de despedida escrita por un pandillero de la Mara Salvatrucha llegó a manos de las autoridades salvadoreñas hace algunos años ya. Es relativamente vieja, de julio de 2006, pero creo que ilustra el tipo de relaciones que hay al interior de esta agrupación. La transcribo literalmente.
Carta para los hommis caidos en la guerra de pandillas Tengo que partir por circunstancias de mi destino que escogí, por la verdadera inspiración, lealtad y voluntad de haber querido siempre formar parte de los ideales y la gran cultura de este Barrio Grande, el cual me enseño mucho y me dio lo que siempre quise desde niño.
El querer tener una forma controversial de vida y respeto el cual no me puedo dar Yo solo sino que hoy, lastimosamente he tenido que dejarlo Carnalitos de este mundo, llamado por siempre para mi, “La Mara Salvatrucha”, serán ustedes los que le darán el valor a mi memoria y a la de muchos que hemos tenido que viajar a la Eternidad.
Gracias por permitirme vivir y compartir dentro de este gran sistema que para mí siempre fue mi Vida…. Hoy que he tenido que tomar este viaje sin retorno les pido que: sigan con el trabajo que siempre hemos hecho de poner en alto esas dos grandes letras MS, y decirles que siempre tengan en su corazón y su mente que no importa el país de donde seamos sino lo que sentimos por este gran imperio que siempre será mas grande por que en nuestro Barrio no existen fronteras, sino igualdad en nuestra cultura y esperaremos siempre lo que el tiempo nos permita seguir haciendo sean ustedes los que hoy en día tengan que luchar por la subsistencia de esta gran Pandilla cumpliendo con su deber y obligación de todo HOMEBOY de la BIG MARA SALVATRUCHA… Por siempre…­……………
He tenido que dejarlos, por un corto tiempo, pero no quisiera ver trsitezas entre ustedes, ni que derramen lagrimas por mi, ni que abracen esta pena por muchos años; al contrario, empiecen sus vidas de nuevo, pero con valentía y con una sonrisa. Y por mi memoria y en mi nombre, vivan sus vidas y hagan todas las cosas como deben de ser. No quisieran que alimentaran esta soledad con días vacíos, sino que llenen cada hora que estén despiertos con actos útiles en bien de sus vidas. Den su mano para ayudar, consolar y animar; y yo en cambio les ayudare y estaré siempre muy cerca de ustedes. Y nunca, nunca tengan miedo de morir, pues yo estaré esperando por ustedes en el cielo.
La Mara Salvatrucha por siempre… El Salvador. (el HomeBoy de ACLS)Recuerdo de sus homeboys de la Mara Salvatrucha Ahuachapan El Salvador20 de julio de 2006.
Fanatismo, hermandad, lealtad ciega, solidaridad y apego mínimo a la vida. Un cóctel explosivo. El ejército perfecto. ¿Qué ocurriría si, como ya anuncian algunas voces, el narcotráfico absorbiera a las maras? ¿Es siquiera posible esa simbiosis?

Fotografía: Roberto Valencia

viernes, 17 de diciembre de 2010

La licenciada Girón Palma

La bachiller dejará de serlo en minutos, pasará de graduanda a graduada, de Bach. a Licda., una etiqueta que de por sí tiene una connotación especial en este país, pero que en este caso viene acentuada por la historia personal de la protagonista de este relato, porque más que licenciarse en Trabajo social, Iris Esmeralda Girón Palma recibirá hoy una licenciatura en Querer es poder.

Es viernes, 24 de septiembre de 2010, y falta poco para las 3 de la tarde. El auditorium Fepade acoge a unas pocas docenas de egresados de distintas facultades de la Universidad Doctor Andrés Bello. Casi todos han recibido ya su investidura académica, pero la bachiller Girón Palma es de la últimas y aún espera su turno al pie de las escaleras. Viste negro riguroso, como manda la tradición, con zapatos de medio tacón y vestido de dos piezas: manga corta arriba y falda hasta la rodilla. Aplaude cuando nombran por megafonía a la joven que la precede, consciente de que en poco más que un chasquido ella será la efímera protagonista del evento.

Conozco a la bachiller Girón Palma desde antes incluso de que fuera bachiller. Se cruzó en mi vida cuando tenía 18 años y repartía cervezas y sonrisas en un bar de San Salvador llamado Les 3 Diables, el mejor antro que he conocido jamás. La suya no ha sido una vida sencilla: su padre murió al poco de nacer, el pisto siempre escaseó y desde niña tuvo que compaginar trabajo y estudios. Allá por 2002 vivía en una comunidad de la colonia Zacamil de Mejicanos, un entorno que se tragó a muchos de sus compañeros en el Instituto Nacional Alberto Masferrer: maternidad precoz, maras, fracaso escolar… Pero ella siempre quiso algo más, por eso el simbolismo que siempre le dio a obtener su título, no porque lo necesite –desde hace años trabaja como trabajadora social, valga la redundancia, y lo hace muy bien–, sino por lo que representa lograr una meta trazada,. Quizá alguien logre entender esto que me resulta tan difícil de expresar con palabras.

—¡Iris Esmeralda Girón Palma! –gritan por megafonía.

La bachiller sube los cinco escalones con radiante sonrisa y melena al viento, da un fugaz apretón, y desciende por el otro extremo con su gran cartón en sus manos. La detienen para una fotografía y regresa a su asiento en la segunda fila, para la juramentación. Aún resuenan las palabras grandilocuentes que el rector, Tulio Magaña, dijo hace unos minutos: “Ustedes no van a buscar caminos, sino que van a hacer caminos” y “El país está necesitado de ustedes”, más propias para una graduación en Stanford que en la Andrés Bello. Consciente –quizá como pocos en esta sala– del país del que forma parte, a la bachiller Girón Palma no le va tanta palabrería gratuita; tampoco le entusiasmará el discurso ofensivamente religioso de la alumna con mejores calificaciones. Pero nada de eso enturbiará su satisfacción.

Ahora todos se ponen de pie.

—¿Juran blablabla…
—Sí, juramos –responden a coro.

Y hoy sí. Esa persona que sonríe igual que cuando la conocí es toda una licenciada, la licenciada Girón Palma.


Fotografía: Roberto Valencia

domingo, 12 de diciembre de 2010

Así amenazamos a Monseñor Romero (III)

Primeras semanas de 1979, días aciagos en El Salvador. La represión estatal ha alcanzado niveles nunca antes conocidos por esta generación, y la creciente organización de la izquierda revolucionaria se traduce en acciones cada vez más desestabilizadoras. Paradójicamente, mientras en el país se impone el odio, el Parlamento británico ha hecho pública en noviembre del año pasado su propuesta para que un salvadoreño, Monseñor Óscar Arnulfo Romero, reciba el Premio Nobel de la Paz.

Pero ni eso lo está librando de las amenazas de los escuadrones de la muerte, los grupos “ligados a estructuras estatales por participación activa o por tolerancia” que alcanzaron un control de tal naturaleza que sobrepasó los niveles de fenómeno aislado “para convertirse en instrumento de terror y de práctica sistemática de eliminación física de opositores políticos”, dirá el informe de la Comisión de la Verdad cuando termine la guerra. A Monseñor Romero, de hecho, lo asesinará un escuadrón de la muerte, el encabezado por Roberto d’Aubuisson, un siniestro personaje a quien tres décadas después todavía cientos de miles de salvadoreños le rendirán pleitesía con su voto. ¿Se puede idolatrar a la persona que mandó asesinar a un Nobel de la Paz en potencia? En El Salvador... (Este relato puede leerlo completo pulsando aquí)

Fotografía: Roberto Valencia

lunes, 6 de diciembre de 2010

Esmeralda y la leche materna

El mensaje ahora está impreso con letras generosas en todos los botes: “AVISO IMPORTANTE: LA LECHE MATERNA ES EL MEJOR ALIMENTO PARA EL LACTANTE. La práctica de la lactancia estimulará en su bebé el deseo de seguir siendo amamantado, siendo este el método más higiénico”. Pero no siempre fue así. Es más, al menos acá, en El Salvador, hubo un largo y no tan lejano tiempo en el que el sistema de salud público recomendaba la leche en polvo sobre la materna.

Yo me acabo de enterar. Me lo ha contado Esmeralda García, una persona sencilla pero plena de esa sabiduría que solo se adquiere en el campo. Vive en el área rural, en un cantón llamado El Espinal, municipio de San Rafael Cedros, a tres cuartos de hora de la capital. Ella lava y plancha ajeno en un par de casas un par de días por semana, y los poco más de 120 dólares mensuales que gana son el ingreso más constante del hogar. Su esposo es agricultor, pero no es propietario; siembra en tierra ajena maíz y frijol, y chilipuca y pipián cuando la humedad aguanta, pero la parcela que alquilan apenas alcanza para el consumo familiar. Esmeralda tiene 52 años y es abuela, pero el grueso de lo que sabe sobre lactantes y leches se lo ha contado su... (Este relato puede leerlo completo pulsando aquí

Fotografía: Roberto Valencia

viernes, 3 de diciembre de 2010

Testigo del rencuentro entre Boff y Sobrino

Jon Sobrino está vivo por saber hablar la lengua del imperio.

La primera ocasión que hablamos fue el 24 de marzo de 2008. Sobrino entonces ni siquiera sabía que alguien llevaba tiempo siguiéndolo para este perfil. Aquella resultó una conversación imprevista, fugaz, recelosa y a tres bandas. El tercer interlocutor era Leonardo Boff, teólogo brasileño que se encontraba de visita en el país y me había aceptado una entrevista. Él es otro referente mundial de la Teología de la Liberación, la doctrina que la jerarquía católica en general, y Ratzinger en particular, se empeñó en liquidar. Boff, franciscano hasta entonces, terminó colgando los hábitos.

Aquella mañana de marzo, aniversario del asesinato de Monseñor Romero, entrevistado y entrevistador estábamos sentados en unos sofás que hay en el hall del Hotel Beverly Hills, en Antiguo Cuscatlán. Boff me contaba el mal que el neoliberalismo hace al mundo.

—¿No bastaría con hacer reformas al sistema? –pregunté. —Si limamos los dientes del lobo, ¿desaparecerá su voracidad? No, porque el lobo es voraz por sí mismo. Lo mismo ocurre con el sistema neoliberal, que es malo para la humanidad, porque excluye a casi dos tercios del mundo...

Un taxi se paró en ese momento frente a la entrada del hotel. De él bajó Sobrino. El rencuentro lo habían fijado para después de la entrevista, pero Sobrino, fiel a sí mismo, se adelantó. Cruzó la puerta de vidrio con un portafolios de cuero marrón bajo el brazo, se acercó despacio, casi arrastrando los pies. Vestía sencillo: pantalón, una chaqueta sobre la camisa y zapatos negros. Apenas lo reconoció, Boff se levantó y salió a su encuentro.

—¡Caro Leonardo! ¡Caro Leonardo!

Los dos tienen la misma edad, estudiaron en Alemania e intimaron cuando en los ochenta participaron en un proyecto que pretendía sistematizar en 50 tomos toda la Teología de la Liberación. La iniciativa no se pudo finalizar por las trabas que puso el Vaticano. Pero además les une un vínculo especial. Cuando en la madrugada del 16 de noviembre de 1989 ocurrió la masacre de seis jesuitas en la Universidad Centroamericana (UCA) a manos del Ejército salvadoreño, Sobrino estaba fuera del país. Eso le salvó. La orden que tenían los militares era no dejar testigos. Uno de los cadáveres, el del padre Juan Ramón Moreno, apareció en la habitación de Sobrino. Pero él estaba en Tailandia. Lo habían invitado para impartir un curso sobre Cristología en inglés, la lengua de lo que él llama el imperio. Ese curso lo iba a dar Boff, pero tuvo que rechazarlo. “En la invitación pedían inglés, yo no lo podía bien, y les dije a los organizadores que invitaran a Jon Sobrino, que acababa de escribir un libro muy bueno”.

El rencuentro entre los dos teólogos fue cordial. Sonrisas y abrazo. Intercambiaron unas pocas palabras inaudibles.

—Te veo, te veo, te veo –elevó el tono Sobrino, mirando con descaro la panza de Boff– Los ojos, eso no has cambiado. La vivacidad... y estás aquí.
—Termino aquí –dijo, señalándome–, porque quiero hablar mucho contigo, Jon... Ah, Jon, este periodista me ha dicho que va a tu misa.
—¿Perdón?
—Que él va a tu misa.
—Yo llego a la iglesia de El Carmen, padre –no era el plan original, pero tuve que intervenir.
—Ah, no me digas.
—Ayer llegué.
—¿Ayer a las 11?

Su misa había sido a las 8 de la mañana, y supuse que me estaba probando. Meses después quise saber si la suposición era acertada, pero me dijo que no recordaba haberme visto nunca. Su memoria en verdad es mala para rostros y nombres. Hablamos un poco más, apenas un par de minutos. Sobrino se retiró para poder concluir la entrevista: “Sigan, sigan...”

—¿Mucho tiempo sin verse? –pregunté a Boff.
—Sí, muchos años, más de 10.


Fotografía: Víctor Peña
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(Este relato forma parte del perfil sobre Jon Sobrino publicado en Séptimo Sentido, la revista dominical del diario salvadoreño La Prensa Gráfica, y en Revista C, la revista del diario argentino Crítica)

domingo, 28 de noviembre de 2010

Desconfianza y corrupción en Zacatraz

La vida de Óscar está marcada por la desconfianza. En su trabajo nadie sabe dónde vive, y en su cantón muy pocos saben dónde trabaja. Habla lo justo, cambia constantemente las rutas de los buses que lo llevan a casa, sus días libres los pasa enclaustrado en familia, y su número de celular lo guarda como si en ello le fuera la vida. Óscar tiene una profesión que en El Salvador es de altísimo riesgo. Óscar es custodio en el sistema de Centros Penales.

Óscar en realidad no se llama Óscar, por razones obvias, y hablar con periodistas es un riesgo que nunca correría, pero a veces el azar brinda situaciones extrañas que salvan la desconfianza, y esta es una de esas. Estamos en el área rural, en un cantón ubicado a unos 45 minutos en carro de la capital, entre sacos de mazorcas de maíz sin desgranar. La pobreza se respira. Dentro de dos horas me iré con la sensación de que aceptó platicar sobre lo que ocurre en las cárceles sin más pretensión que diluir las culpas que ahora recaen solo sobre su gremio, señalado como el principal responsable de que entre todo tipo de ilícitos.

Que el sistema penitenciario salvadoreño es una bomba de tiempo es una frase tan trillada como indiscutida. Las cifras asustan: los 19 centros penales tienen capacidad para poco más de 8.000 personas y albergan a más de 24.000. Al hacinamiento se le suma la corrupción, que ayuda a que haya poderosas redes de distribución de drogas, de armas, de teléfonos. El resultado de este caos, está comprobado, es que desde las cárceles se planean y se ejecutan delitos. Aplica a todo tipo de crimen organizado, pero el caso más significativo es el de las maras: los palabreros (tomadores de decisión) de la Mara Salvatrucha y del Barrio 18 están encerrados, pero desde adentro mueven a sus soldados en el exterior para extorsionar y asesinar... (Este artículo puede leerlo completo pulsando aquí)

Fotografía: Roberto Valencia

jueves, 25 de noviembre de 2010

Romero: “¿Se puede o no se puede?”

El 11 de febrero de 1980 fue un lunes complicado. Catedral metropolitana estaba tomada por enésima vez, y Monseñor Romero afrontaba sendas negociaciones para liberar al embajador de Sudáfrica, secuestrado semanas atrás por las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), y al embajador de España, rehén de las Ligas Populares 28 de Febrero desde la semana anterior. Así las cosas, Monseñor Romero se dirigió a primera hora a predicar en la iglesia del cantón Lourdes, municipio de Colón, que entonces era como ir al interior del país, y en la tarde recibió primero al embajador de Nicaragua, luego a un asesor venezolano del Partido Demócrata Cristiano, más luego a un ingeniero que buscaba mediación porque las Ligas también se habían tomado su fábrica, y por último, a un seminarista de La Unión cuya familia había sido víctima de la represión estatal.

Entrada ya la noche, Monseñor Romero subió a su Toyota Corona y manejó hasta la colonia Las Delicias, en Santa Tecla, a la vivienda de Alfonso y Carmen Chacón, un hogar y una familia que en los últimos años se había convertido en una especie de refugio espiritual. La visita la consignó en su diario: “Fui a visitar a la familia Chacón y convivir también estos sentimientos humanos de familia, que son tan necesarios en estas horas de tantas tensiones”.

—¿Se puede o no se puede? –preguntó Monseñor Romero desde el umbral de la puerta.

Ya se había vuelto costumbre, y raro es que se consumiera un mes entero sin repetirse la escena. Llegaba sin avisar y su carta de presentación era siempre la misma pregunta retórica: ¿se puede o no se puede? Siempre se podía. Un amigo es bien recibido sin que haya razón poderosa de por medio. En el hogar de los Chacón aquellas visitas hoy se recuerdan como cenas en familia, como pláticas sobre temas intrascendentes, como sentadas colectivas frente al televisor o como tardes de anécdotas y chistes.

—Él venía aquí –me cuenta Eleonor Chacón– con el afán de descansar, de olvidarse de sus cosas. Aquí él no hablaba de D’Aubuisson ni de los obispos ni nada de eso. Su idea era… ¿Cómo decirlo? Sentirse en familia.
—¿Y ustedes le preguntaban por sus problemas?
—No, tampoco.

Pues bien, aquel 11 de febrero se presentó solo, sin sotana, con una camisa azul de manga larga y un alzacuello que se soltó al poco haber entrado. Cenaron, hablaron, rieron. Casi al final, René Quijano, uno de los yernos de Alfonso y Carmen, sacó una cámara y pidió a sus cuñadas que se pusieran junto al invitado, quien no era un entusiasta de posar en fotografías. Tantos años de venir a esta casa, y nunca nos hemos tomado una, le argumentó René. Accedió, pero antes pidió unos segundos para colocarse bien el alzacuello.

René tomó dos fotografías: en una Monseñor Romero aparece junto a Elvira Chacón, una imagen que durante años estuvo celosamente guardada pero que hoy ocupa un lugar destacado en la casa; en la otra, aparecía junto a Eleonor Chacón, pero su esposo la quemó por temor cuando se corrió la voz de que los escuadrones de la muerte matarían a los que tuvieran imágenes del arzobispo.

Monseñor Romero aparece sentado y sonriente, las manos cruzadas sobre la mesa. Enfrente tiene un vaso metálico con cebada.

—¿Lo que consumía lo pagaba en el momento o le tenían cuenta abierta? –pregunto, más por método periodístico que por convicción.
—¿Pagar? –me mira extrañada Elvira Chacón–. No, él no pagaba nunca nada, él era un amigo de la casa.

Fotografía: Roberto Valencia
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(Este relato es un fragmento de un libro sobre Monseñor Romero que está previsto que sea publicado para marzo de 2011) 

domingo, 21 de noviembre de 2010

Estrategias de venta (silencio)

No son pocos ya los post de este blog que narran las distintas estrategias de venta que utilizan los vendedores que a diario suben a los buses para, con literalidad hiriente, ganarse la vida. Hoy es un martes cualquiera de octubre, y abordo la ruta 52 en la parada frente a Puertobús, sobre la alameda Juan Pablo II de San Salvador. Lo hago con la grabadora en la bolsa, preparado para encenderla apenas entre el primero. Hasta ahora, en estos meses en los que he prestado más atención al tema, me ha tocado escuchar discursos alegres y entristecidos, discursos que venden el producto y otros que venden al vendedor, discursos que apelan a la solidaridad y algotros también intimidatorios. En fin, una variada gama de discursos, pero todos, absolutamente todos, dependientes de la oratoria del vendedor. Por eso me sorprendo cuando ella sube y, sin decir palabra, entrega a los pasajeros bolsitas con caramelos. Lo hace a toda velocidad, como si sintiera vergüenza. Una de esas bolsitas transparentes llega también a mis manos. Adentro hay dos minipaquetes de chicles Clorets, y unos 10 caramelos de distintas marcas, pero todos emparejados de dos en dos. También hay un papelito con un texto.

HOLA SOY SORDA. VENDO ESTOS DULCES. VALOR $0.25.

Ella es joven y regordeta, bien podría confundirse con cualquier estudiante universitaria. Lleva una mochila negra cruzada en el pecho, para poder sacar con mayor facilidad las bolsitas. Viste jeans azules y una camisa polo de color rojo que lleva bordado en el pecho y en una manga el nombre de una asociación de vendedores. El pelo lo tiene recogido en una cola, que le sale por el hueco de la parte de atrás de su cachucha blanca.

Sea o no sea sorda, porque en esto nunca se sabe, tiene una estrategia más que interesante, y efectiva, vista la cantidad de personas que le dan la cora en vez de devolverle la bolsita. Es además una estrategia rápida. Menos de dos paradas. Se ha subido en la del colegio Joya de Cerén, frente a la Torre Telefónica, y se apresta a bajarse en la puerta principal del Centro Comercial Galerías. El bus se detiene, y ella desciende las escaleras, cruza la calle y se sienta en una verja que hay junto a la parada, a esperar en silencio al siguiente bus. 


Fotografía: Internet

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Anónimo

Martes 16 de noviembre, en torno a las 3:10 p.m., hora salvadoreña. Después de leer uno de mis artículos y de sentirse agredido por lo que en él se dice, Anónimo se siente mal y cree que la afrenta no puede quedar así. Piensa en cómo desquitarse. Me conoce. Anónimo y yo hemos trabajado juntos, seguramente en el diario salvadoreño La Prensa Gráfica, pero no tiene el valor suficiente para firmar lo que piensa. Herido en su orgullo, escribe un comentario, lo repasa varias veces al punto de que casi logra dejarlo sin errores de concordancia o puntuación, y a las 3:20 p.m. presiona satisfecho el botón de Enviar. 

Me causa mucha tristeza los comentarios del señor Valencia, ahora colaborador de este periódico español, proeza que logró gracias a su paso por las redacciones de los medios salvadoreños a los que ahora crítica tan férreamente. Obviamente, su nuevo trabajo lo ha logrado por la coyuntura y el lugar en el que se encuentra y no su calidad. Lamento terriblemente que haya aprendido lo que tanto crítica, a meter como lo hacemos la gran mayoría de los salvadoreños "a todos adentro del mismo saco". No todos los salvadoreños celebramos la muerte de estos jóvenes criminales y no creo que usted, quien critica tanto a los medios salvadoreños copie el mismo método de los que venden noticias basura a los canales estadounidenses a costa de lo que tanta amargura le causa. Su espejo está tan empañado en su apuesta de redentor que no ha visto que le está vendiendo la misma basura, con otra perspectiva y lenguaje a sus "colegas" españoles, ibéricos o, perdón, vascos. 

Anónimo reacciona así a un artículo titulado Un país que celebra sus tragedias, publicado tres días atrás en el blog Crónicas desde Centroamérica, albergado en la web del diario español El Mundo. El texto que originó su reacción no era más que una reflexión en voz alta sobre la violencia que carcome a la sociedad salvadoreña y sobre cómo esa violencia permea también en el comportamiento de nosotros, los periodistas, y en nuestra manera de hacer coberturas, muchas veces carente de ética. El detonante de mi reflexión fue la indisimulada satisfacción con la que, en general, el país recibió la noticia del incendio que ha costado ya la vida a 26 pandilleros en el penal de Ilobasco. A Anónimo parece que no le gustaron mis palabras, algo lógico porque para eso uno se expone en el escaparate y nadie es monedita de oro, pero me temo que lo que le movió a escribir no fue una discrepancia sana. Vamos por partes. 

Anónimo me conoce pero yo no sé quién es: sé que es alguien que trabajó cerca de mí, que se cree un buen periodista, que se las puede todas, obviamente sé también que es un cobarde, y poco más. Por esa cercanía, Anónimo sabe muy bien que mis críticas a los medios salvadoreños y mis señalamientos de las carencias que los periodistas tenemos como gremio no son algo nuevo en mi discurso, como quiere vendernos, sino que las he señalado, con mayor o menor acierto, desde que llegué a El Salvador hace ya una década y en infinidad de situaciones y lugares distintos, y que yo me sé corresponsable de esta situación. Anónimo sabe también que yo sé que no todos los salvadoreños celebraron la masacre –aparece de forma explícita en el texto: “Es una generalización y como tal siempre conlleva excepciones”–, pero sobre esa idea que él inventa apoya su teoría para presentarme como un arribista desagradecido. Anónimo, en definitiva, es alguien conocido, pero ignoro por qué razones aprovechó este artículo para vomitar sus viejos y mal disimulados resentimientos. 

Anónimo (o Anónima), si querías publicidad a tus palabras, acá la tenés, con megafonía. Y ahora que terminés de leer esto, porque sé que lo harás, solo te pido que pensés en tu vida profesional, en lo que cuando tenías 22 años aspirabas a ser y en lo que te has convertido. ¿No te apena querer dar lecciones de ética cuando ni siquiera te atrevés a firmar lo que escribís? Mirate en el espejo; lo dudo, pero quizá estés a tiempo de hacer algo en esta profesión, algo que realmente merezca la pena, de escribir un texto que algún día podás enseñar orgulloso a tus nietos, de serle útil al país y no solo a quien paga tu salario. Pensá, Anónimo, en algo más que tener un plasma o una Toyota Prado, y aprendé a encauzar bien ese resentimiento que te impide ver ojos bonitos en cara ajena, esa envidia que te carcome desde adentro; si no, vas a pasarlo mal en los próximos meses-años. Creeme, Anónimo.

Fotografía: Roberto Valencia

lunes, 15 de noviembre de 2010

La agonía del nawat

El Salvador está a un paso de convertirse en el segundo país latinoamericano en el que desaparecen todas las lenguas indígenas. Las estimaciones más optimistas cifran en 300 los hablantes de nawat, casi todos analfabetas y con un promedio de edad en torno a los 60 años. ¿Se puede evitar lo que parece inevitable? Un pequeño grupo de entusiastas cree que sí, y acaban de poner en marcha un proyecto llamado Cuna náhuat, con el que esperan garantizar el relevo generacional.

Valentín Ramírez lo admite: le cuesta entender el nawat, su vocabulario es limitado y se expresa con torpeza, pero esta lengua atraviesa una situación tan precaria que Valentín es hoy por hoy uno de sus profesores más brillantes. El nawat agoniza. Todos los hablantes juntos ni siquiera podrían llenar un avión Boeing 747, y la imagen resultante sería algo así como una excursión de jubilados. Las personas menores de 50 años que lo hablan con fluidez se cuentan literalmente con los dedos de una mano; quizá por eso resulta esperanzador y romántico el esfuerzo de Valentín por inculcar interés en sus alumnos.

“La verdad es que, por decirlo así, yo doy la materia de nawat con la esperanza de que algo les quede, para que se mantenga viva. Tal vez no vayan a aprender el gran montón, ¿va? Pero algo sí”, dice Valentín –36 años, moreno, bajito– como quien pide disculpas.

Valentín nació, vive y trabaja en un pueblo llamado Santo Domingo de Guzmán, en el departamento de Sonsonate. Es maestro en la única escuela pública en la que se puede estudiar bachillerato, y también es parte del reducido grupo de personas que con más voluntad que recursos se ha propuesto evitar lo que parece inevitable: que el nawat no cambie su estatus de lengua en peligro severo de extinción –el que en la actualidad le otorga la Unesco– por el de lengua extinta. 

Nawat es el nombre que sus hablantes dan al idioma, pero también se conoce como pipil o náhuat. Es la única lengua indígena que subsiste en El Salvador. Pertenece a la familia lingüística uto-azteca, que engloba a unas 60 lenguas dispersas desde la frontera norte de Estados Unidos hasta Centroamérica. De todas ellas la más extendida en la actualidad es el náhuatl, que se habla en la zona central de México y era la más difundida en el Imperio azteca. Entre los siglos IX y XIII hubo distintas oleadas migratorias hacia América Central, y con ellos viajó su lengua que, aislada durante siglos, evolucionó hasta convertirse en el nawat. 

“Nuestra lengua no es un dialecto del náhuatl mexicano”, señala enérgico Jorge Lemus para zanjar el recurrente error de considerar que náhuatl y nawat son lo mismo. Lemus es un etnolingüista que dirige el Departamento de Investigación de la Universidad Don Bosco (UDB), una de las escasas instituciones académicas involucradas en el rescate, y cuyo trabajo a favor de esta lengua le ha servido para ser reconocido con el Premio Nacional de Cultura 2010. Si se extinguiera, enfatiza, sería una pérdida para los salvadoreños, pero también para toda la humanidad.

El interés de Lemus comenzó en su etapa de universitario. Ahora tiene 49 años y es uno de los pilares de ese reducido grupo de personas que trabajan por el rescate. Desde la UDB dirige el Proyecto de Revitalización de la Lengua Náhuat, el único esfuerzo serio vigente, que incluye el proyecto Cuna náhuat, diseñado para garantizar un relevo generacional, y del que se hablará más luego.

El número real de nahuahablantes es una incógnita. La cifra recogida en el último censo oficial de población (2007) fue de 97, la que maneja la UDB es de 200, y los conteos más optimistas elevan el número hasta 300. Pero todos coinciden en el hecho de que se trata de personas con una edad promedio en torno a los 60 años, y que en su gran mayoría son analfabetas y viven en condiciones de extrema pobreza. La lengua carece de protección jurídica efectiva, no hay literatura ni medios de comunicación y durante el último siglo la actitud del Estado salvadoreño hacia lo indígena ha pasado de la represión abierta en la primera mitad del siglo XX a la desidia de los últimos 30 años.

Uno de los pocos puntos a favor que presenta el nawat, y al que se aferran los optimistas de la revitalización, es que la inmensa mayoría de los hablantes viven en Santo Domingo de Guzmán.

Michael Enrique Pineda tiene 12 años y cursa sexto grado en el centro escolar que se llama igual que el pueblo. En la materia de nawat es uno de los alumnos más destacados de Valentín, el único profesor que se ha atrevido a impartir clases. Desde hace tres años Michael estudia dos horas por semana y, si le dan el tiempo necesario, es capaz de escribir frases como Naja nikpia makuil tiltik pelu (Yo tengo cinco perros negros). Pero el año que viene pasará a tercer ciclo, y Valentín dejará de ser su maestro. Ahí terminará toda su formación.

Fotografía: Roberto Valencia


Santo Domingo de Guzmán en nawat se llama Witzapan, que podría traducirse como río de cenizas. Pero casi nadie lo llama así. Jorge Lemus, el etnolingüista, estima que el 95% de las personas que dominan la lengua residen en este pueblo. La cifra suena alentadora, pero no suponen ni siquiera el 3% entre los más de 7.000 habitantes. Además, el municipio es eminentemente rural, y tres de cada cuatro pobladores residen en cantones o caseríos de difícil acceso.

El pueblo que se considera epicentro de la cultura nawat está a apenas 90 minutos en carro de San Salvador y a 20 minutos de Sonsonate, pero destila ruralidad. Tiene pocas y largas calles empedradas. La principal lleva el nombre del poeta nicaragüense Rubén Darío, y al caminarla uno se topa con gallinas, hombres que acarrean leña en la espalda o jóvenes en bicicleta; apenas pasan coches. En las tardes hay una banda sonora de cánticos que salen de las incontables iglesias evangélicas.

Niños descalzos que corren detrás de una pelota y calles mal adoquinadas y surcadas por regueros de aguas sucias dejan entrever lo que el gubernamental Mapa de Pobreza señaló en 2005: que es uno de los municipios más pobres del país. El 72% de los hogares está bajo la línea de pobreza, el 63% en condición de hacinamiento, el 39% sin energía eléctrica, el promedio de escolaridad es de 3 años…

La pobreza se siente en las calles de Santo Domingo de Guzmán, pero no el nawat, que ni siquiera tiene una presencia testimonial en forma de los recurrentes rótulos bilingües de otras latitudes. “Debido al extenso deterioro de la lengua y a la pérdida de identidad cultural, se deben hacer grandes esfuerzos para revivir esa identidad cultural perdida y despertar en los habitantes el deseo de hablar náhuat y así identificarse con su etnia”, se lee en uno de los informes elaborados por Lemus.

El nawat es hoy una lengua socialmente muerta, pero tuvo tiempos mejores. Reportes oficiales de inicios del siglo XX dibujan un pueblo en el que casi nadie sabía expresarse en español. Sin remontarse tanto, los hablantes que hoy tienen en torno a 65 años tuvieron infancias exclusivamente en nawat. Guillerma López, de 58 años, lo recuerda así: “Yo me acompañé a los 17 años y no podía hablar en español; mi marido me lo tuvo que enseñar”. Pero ella no creyó necesario transmitírselo a sus hijos.

La situación es más preocupante en el resto de municipios de la teórica órbita nawat, que incluye buena parte de los departamentos de Sonsonate y Ahuachapán. A unos 30 kilómetros de Santo Domingo se ubica Izalco, una ciudad de unos 70.000 habitantes que tiene el título no declarado de capital del indigenismo salvadoreño. Varias escuelas de este municipio se han sumado al proyecto de la UDB, y en ellas algunos profesores con conocimientos mínimos, menores que los de Valentín, son también los llamados a enseñar nawat una o dos horas por semana a estudiantes de entre 8 y 13 años de edad.

En el parque central de Izalco, sin embargo, sí se ven algunos guiños al nawat, como palabras pintadas en farolas y bordillos con dibujos que explicitan su significado: junto a la silueta de un niño se lee Piltzin. Además, los alumnos de una de las escuelas involucradas colgaron en el parque cartulinas plastificadas con textos en nawat y su traducción en español: “Tipalewiat ka ne kwajkwawit, Cuidemos a los árboles”. Así quedó anotado en la libreta y cuando un hablante fluido pudo leerlo se apresuró a corregirlo: “¿Dónde estaba escrito eso? Está mal escrito; debería decir Tikpalewiat ne kwajkwawit”.

Fotografía: Roberto Valencia

En 2004 arrancaron las clases impartidas por maestros cuyos conocimientos se limitan a 40 horas de capacitación. Sus promotores, la UDB, están conscientes de que por esa vía será muy complicado ampliar una base de hablantes. Los logros de la iniciativa, aseguran, están en el ámbito de la sensibilización, en haber conseguido que más personas estén conscientes de la precaria situación de la lengua. “Se ha creado conciencia de que el nawat es parte de su identidad como pueblo, un requisito imprescindible para que cualquier proyecto de revitalización tenga éxito”, comenta Lemus.

Las esperanzas están ahora puestas en el componente del proyecto llamado Cuna náhuat que, después de estar paralizado dos años por falta de financiamiento, arrancó a finales de agosto. Cuna náhuat se ejecuta en Santo Domingo de Guzmán y se basa en una idea simple: crear una guardería para 20 niños de entre 3 y 5 años que es atendida por cuatro señoras con alto dominio de la lengua. Así, cinco días a la semana, niños y niñas en una edad idónea para el aprendizaje pasan de 7 de la mañana a 12 del mediodía en un ambiente nawat. Un criterio para la elección ha sido que tengan abuelos hablantes dispuestos a complementar el aprendizaje en casa.

“Van a hacer lo mismo que se hace en cualquier guardería, pero en nawat”, resume el espíritu Carlos Cortez, el joven que se ha encargado de buscar y acondicionar el local, seleccionar a las nanas (las cuidadoras) y elegir a los 20 niños y niñas que asistirán.

Carlos Cortez es una rareza. Tiene 25 años y habla nawat con tanta fluidez que es coautor de buena parte de los escasos materiales didácticos que hay. Oriundo de Santo Domingo, aún puede considerarse el más joven de los nahuahablantes. Verle hablar nawat en el atrio de la iglesia junto a tres de las nanas –todas abuelas– resulta una escena en verdad esperanzadora.

La mayor de las nanas de Cuna náhuat tiene 68 años y se llama Fidelina. Sus palabras devuelven a uno a la realidad: “Este pueblo como que fue escogido, ¿verdad? Es el único en el que aún se habla nawat, aunque cada vez menos. Y hoy es peor, la juventud no lo quiere hablar ya”. Ha dedicado toda su vida a la alfarería, oficio que en Santo Domingo es sinónimo de pobreza extrema. Dice estar ilusionada por haber sido elegida, pero cuesta diferenciar si la alegría se debe a que en teoría beneficiará a la causa indígena o al salario que recibirán por cuidar a los niños.

Cuna náhuat sí puede suponer un punto de inflexión en el proceso de extinción del nawat, pero en El Salvador tampoco conviene entusiasmarse demasiado. De hecho, el proyecto a la fecha solo tiene garantizados 30,000 dólares que aportará el Ministerio de Educación, cifra que solo alcanza para los primeros meses.

No está de más recordar que desde que en 1992 finalizó la guerra civil un puñado de iniciativas apadrinadas por ONG o universidades extranjeras ya se arrogaron ser capaces de frenar la desaparición, pero los resultados han sido muy pobres. En El Salvador se habla hoy menos nawat que hace 10 años; y hace 10 años se hablaba menos que hace 20. 

Fotografía: Roberto Valencia

La desidia estatal tiene mucho que ver con esta situación. Si bien la Constitución señala en su artículo 62 que “las lenguas autóctonas que se hablan en el territorio nacional forman parte del patrimonio cultural y serán objeto de preservación, difusión y respeto”, la realidad es otra. Muchos confiaron en que la pasividad estatal de las últimas décadas cambiaría con la llegada del FMLN al Ejecutivo, pero desde junio 2009 los cambios en este tema han sido hasta la fecha más cosméticos y discursivos que de fondo. 


La defensa sigue siendo la misma: en un país con problemas que suenan más urgentes como la desnutrición, la violencia o la falta de acceso a agua potable o luz, a los tomadores de decisión les resulta fácil subordinar la cultura en general y lo indígena en particular.

Rita De Araujo trabaja desde 1995 en la gubernamental Jefatura de Asuntos Indígenas, rebautizada ahora como Programa de Pueblos Originarios e Interculturalidad. Es su máxima autoridad. No habla nawat. En su despacho de San Salvador la entrevista arranca con la entrega de un par de hojas que detallan todo lo que se ha hecho, en tono triunfalista, pero finaliza con frases más en sintonía con la realidad que se percibe en Santo Domingo de Guzmán: “Sí, ha habido poca sensibilidad de los gobiernos y de las autoridades, incluso ahorita la situación no es algo muy favorecedora, cuesta que aprueben fondos”.

El Estado apoya de forma tangencial el Proyecto de Revitalización de la Lengua Náhuat de la UDB, y De Araujo también ve en Cuna náhuat una pieza clave para intentar evitar lo que parece inevitable. La entrevista, sin embargo, concluye con una pregunta que responde con sorpresiva honestidad.

—¿Cree usted que en 50 años habrá más nahuahablantes?
—Ufff, voy a traer al pulpo Paul… Está difícil… Pero creo que no. Puede que haya una pequeña población porque incluso a nivel turístico se quiere impulsar, pero creo que no se hablará más.

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(Este reportaje apareció publicado primero en Zazpika, la revista dominical del diario vasco Gara, en su edición del 29 de agosto de 2010) 

sábado, 13 de noviembre de 2010

Un país que celebra sus tragedias

“Quiero advertirles que las imágenes que veremos a continuación son fuertes”, lee en el teleprompter la presentadora del noticiero de la 1:30 de la tarde. Lo dice como si con eso bastara, como si ese anuncio legitimara todo lo demás. “Tenemos todo sobre lo que ha sucedido alrededor del incendio en el penal Ilobasco”, apostilla.

Hoy es 10 de noviembre, miércoles, y en El Salvador hemos amanecido con una noticia que espantaría en cualquier sociedad sana. Acá no; acá para muchos de nosotros será motivo de celebración. En Ilobasco, una pintoresca ciudad situada al norte del país, a una hora de la capital, el fuego consumió el sector 1 del “Centro Alternativo para Jóvenes Infractores”, el lugar donde 43 jóvenes cumplían su pena. La presentadora menciona 16 fallecidos y 22 heridos en el recuento de víctimas, pero para el sábado ya serán 19 y 19 respectivamente, y a cinco de los convalecientes el fuego los consumió tanto que los médicos prácticamente los han desahuciado. Fue un cortocircuito, dicen, pero nadie abrió las puertas. Todos son pandilleros, integrantes del Barrio 18, una de las dos maras que siembran el terror sobre todo en los estratos más desfavorecidos de la sociedad. Casi todos ellos son asesinos, violadores o las dos cosas al mismo tiempo. Las pandillas tienen el repudio social, pero han hecho y siguen haciendo sobrados méritos para ganárselo.

Las imágenes fuertes anunciadas por la vivaracha presentadora son una sucesión de cuerpos incandescentes, tan rojos que duele mirarlos, de seres humanos ennegrecidos, de tatuajes corporales hechos jirones, de carnes vivas, de... (Este artículo puede leerlo completo pulsando aquí)

Fotografía: Roberto Valencia

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Y tú, ¿qué estás pensando?

¿Qué estás pensando?, pregunta Facebook a la estudiante universitaria.

Es sábado y faltan poco más de tres horas para que se enfrenten la Universidad de El Salvador (UES) y Alianza, los dos equipos capitalinos de la Primera División que más afición arrastran. A la estudiante universitaria el fútbol nunca le ha quitado el sueño, pero este año, tras el ascenso del equipo de su centro de estudios, probó a vivir un partido desde las gradas, en el sector donde se aloja la llamada Furia Escarlata, y ahora podría decirse que se ha convertido en toda una fanática. Al menos eso se infiere de la creciente frecuencia de sus comentarios futboleros en las redes sociales. Quizá por eso, cuando hace unos segundos se ha conectado desde su celular y Facebook le ha preguntado sobre lo que estaba pensando, no lo ha pensado dos veces.

Estudiante universitaria. Esta es la U... Liberen a Belloso!!! Esperando un resultado positivo, vamos a ver!!! 
06 de noviembre a las 13:43 a través de Web Móvil · Me gusta · Comentar 

Belloso es Mario Belloso Castillo, un asesino de policías. El 5 de julio de 2006, en medio de una tumultuosa manifestación estudiantil, sacó un fusil de asalto M-16, se parapetó detrás de una pancarta, y cuando la pancarta se movió, disparó sin piedad a no más de 100 metros de distancia contra un pelotón de agentes de la Unidad de Mantenimiento del Orden. Fallecieron dos antimotines y 12 más resultaron heridos. La carnicería ocurrió en la puerta principal de la universidad, a pocos cientos de metros de donde se jugará el partido esta tarde. Belloso huyó y fue capturado meses después al interior del campus. Tras el juicio se le condenó a cumplir 35 años en prisión y a pagar 753 dólares y 70 centavos a la familia de uno de los policías fallecidos. Belloso en la actualidad cumple su condena en el Centro Penitenciario de Seguridad de Zacatecoluca. 

Amiga X de la estudiante universitaria. Vas a ir? 
06 de noviembre a las 14:06 · Me gusta 
Roberto Valencia. Debo estar haciéndome viejo, porque no le veo gracia a pedir que liberen a un asesino confeso. 
06 de noviembre a las 14:13 · Me gusta 

El partido finaliza con un triunfo por la mínima de Alianza, polémica arbitral incluida. Las gradas, eso sí, han lucido casi llenas, una auténtica rareza en el fútbol salvadoreño. Aficionados de la UES y del Alianza han teñido de rojo y blanco respectivamente los sectores asignados, y sus cánticos e insultos mutuos se ha hecho sentir. Mareros, gritaban unos. Terroristas, gritaban otros.

Al día siguiente, con la resaca de la derrota, la estudiante universitaria ingresa de nuevo en Facebook y ve prendido el bocadillito rojo que indica que alguien comentó su pensamiento del día anterior.

Estudiante universitaria. Amiga: si, si fui! 
Roberto: efectivamente, no tiene nada de gracia... pero nos gusta (a mis amigos y a mi) gritarle eso a los antimotines porque se ponen incomodos XD 
07 de noviembre a las 12:11 · Me gusta 
Roberto Valencia. Esa respuesta me daría material para un post en Crónicas guanacas. Quizá lo haga. 
07 de noviembre a las 13:10 · Me gusta 
Estudiante universitaria. ‎:D Deberías de ir a un partido, pero estar en la Furia Escarlata y escuchar la cantidad de improperios contra los oponentes y contra los policías, que al final vienen siendo lo mismo. 
07 de noviembre a las 13:12 · Me gusta 

El quizá deja de serlo, y esta plática feisbuquera sobre lo que cantan los estudiantes universitarios del que dicen que es el país más violento del continente termina siendo materia prima para este post. ¿Por qué? Un sabio salvadoreño llamado Arnulfo lo dijo hace 30 años: “Todos somos pecadores y todos hemos puesto nuestro grano de arena en esta mole de crímenes y de violencia en nuestra patria”.

Y el martillero de Facebook continúa: ¿Qué estás pensando (sobre la violencia exacerbada que nos carcome)? La respuesta hoy por hoy suena imposible, quizá porque ningún salvadoreño la estamos buscando en nuestro interior.

Fotografía: Roberto Valencia

sábado, 6 de noviembre de 2010

En Guatemala se corre el Sur

Ocurrió hace unos días en un chupadero de la Zona-1 de Ciudad de Guatemala. Un grupo de pandilleros de la Mara Salvatrucha (MS-13) llegados desde El Salvador se echaban unas cervezas cuando entró en el local otro grupo del Barrio 18, guatemaltecos estos últimos. La rivalidad entre las dos pandillas es a muerte, y un encuentro de este tipo debe terminar en conflicto abierto, muchas veces en muerte, pero esta vez nada de eso sucedió. Desde hace algunos días en Guatemala se corre el Sur, que es algo así como una tregua pactada por los máximos líderes (palabreros) de las dos maras, y asumida como una orden de obligado cumplimiento por todos los integrantes de cada pandilla.

Para entender todo esto un poco mejor, conviene algo de contextualización. Las dos pandillas dominantes en Centroamérica –el Barrio 18 y la MS-13– son originarias de Los Ángeles, California, y ambas se cobijan bajo la sombrilla de la Mexican Mafia, la eMe. Unos y otros se reconocen como sureños, con respeto obligado al número 13 que representa la eMe. Salvatruchos y dieciocheros se odian a muerte, sí, pero comparten códigos de comportamiento porque son pandillas hermanas, si bienconciben su hermandad como Caín y Abel. Eso sí, cuando las circunstancias lo ameritan, pactan treguas, es decir, se corre el Sur. Esta figura es relativamente habitual en Estados Unidos para hacer frente a pandillas de negros, blancos o asiáticos, sobre todo al interior de las prisiones, pero en Centroamérica el Sur no se corre con... (Este artículo puede leerlo completo pulsando aquí)


Fotografía: Roberto Valencia

lunes, 1 de noviembre de 2010

Las (al menos) dos centroaméricas


Falta hora y media para que anochezca en esta minúscula isla llamada Isla Grande. Los periodistas salvadoreños Carlos Dada, Óscar Martínez y yo llegamos hasta acá casi a ciegas, tras dos horas de viaje en carro motivadas por el deseo de conocer algo más de Panamá que su capital y por un puñado de vagas sugerencias de que era este un lugar bonito. Desembarcamos hace pocos minutos, alquilamos una cabaña, y preguntamos por algún sitio que mereciera la pena.

—Pueden pasear por al pueblo o subir hasta el faro –responde Pastor, el administrador del hospedaje.

Lo del faro suena atractivo, está en el punto más elevado de la isla y las vistas son espectaculares, pero llegar cuesta unos 25 minutos, calcula Pastor, y el camino es una empinada y solitaria vereda abierta entre la abundante vegetación del trópico.

—Cuando bajemos quizá sea noche, ¿aquí es seguro? –repregunta Dada.

Isla Grande está a no más de cinco minutos en lancha de La Guaira, en el distrito de Portobelo, provincia de Colón, en la costa caribeña de Panamá. Es una isla exuberante, compacta y con marcada vocación turística, y en ella viven unos pocos cientos de personas, la inmensa mayoría afrodescendientes y jóvenes. El pueblo se estira a lo largo de la primera línea de playa, con casas pintadas de vivos colores, y a primera vista parece tranquilo, pero esto sigue siendo Centroamérica y preguntar por la seguridad nunca está de más, sobre todo cuando se viene con el disco duro salvadoreño, uno de los países más peligrosos del mundo.

La respuesta de Pastor nos sorprenderá, pero antes conviene hacer una breve explicación.

Nuestra presencia en Panamá se debe a que hemos sido invitados a un seminario internacional bajo un sugerente título: “¿Cómo pueden aportar los medios de comunicación a la seguridad en Centroamérica?” Hasta ayer estuvimos encerrados en uno de los mejores hoteles de Panamá con colegas que en su mayoría eran de esos que llevan años sin subirse a un autobús urbano público. Habían venido de todos los países centroamericanos, de República Dominicana y había también algún que otro español. Las ponencias las dieron supuestos expertos en seguridad, altos funcionarios públicos de la región y periodistas, pero todas –casi– partían de la misma premisa errónea planteada por los organizadores: considerar que los problemas de inseguridad en Centroamérica son homogéneos, que San Pedro Sula tiene las mismas inquietudes que Managua, que el narcotráfico ha infiltrado de igual manera el estado guatemalteco que el costarricense, que una receta para abordar violencia de género diseñada por algún gurú en Madrid puede aplicarse en San José o en Belmopán, que las maras afectan por igual a El Salvador que a Panamá.

En el tema de seguridad ciudadana hay cuanto menos dos centroaméricas separadas por la frontera entre Honduras y Nicaragua. Lo que ocurre arriba poco tiene que ver con lo que sucede abajo, y antes de responder cómo pueden aportar los medios de comunicación a la seguridad en Centroamérica cabría primero preguntarse si puede y si debe aplicársele el mismo diagnóstico a toda la región. Establecer como punto de partida una tasa centroamericana promedio de homicidios por cada 100,000 habitantes suena forzado cuando en Nicaragua y Costa Rica apenas superan los 10, mientras que en El Salvador y Honduras se sobrepasaron en 2009 los 70.

De regreso a Isla Grande, la respuesta que Pastor dio a la inquietud del periodista Carlos Dada.

—¿Aquí es seguro?
—Seguro no, puede que al bajar del faro les salga una serpiente, pero es lo único.

Inconcebible escuchar algo así en El Salvador, donde incluso las caminatas que organiza la Federación Salvadoreña de Montañismo se hacen con presencia policial.

Dos centroaméricas, cuanto menos.

Fotografía: Roberto Valencia
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(Este artículo se publicó también el 1 de noviembre de 2010 en Crónicas de Centroamérica, mi blog en la edición digital del diario español El Mundo)

domingo, 24 de octubre de 2010

Gente que engrandece un país

A Niña Mari la conoceré en unos minutos, cuando la persona a la que he venido a entrevistar en esta humilde casa del barrio San Jacinto insista en presentarme a su suegra. Niña Mari es María Guadrón, una anciana delgada de ojos pequeños y tímidos, cabello sometido por las canas y piel requemada como la de un rozador de caña. En su pecho carga un rosario. Niña Mari tiene 80 años. Cuando la vea estará haciendo lo que ha hecho toda su vida: lavar. Me la encontraré inclinada sobre el lavadero-pila de concreto, junto a una pila de trastes sucios y con un huacal rojo entre las manos que dejará de inmediato, se secará sonriente en el delantal y me saludará con afecto. Niña Mari tiene ochenta años, ¿lo había dicho ya? Pero parece más joven. Me dirá que cuando está con cualquiera de sus hermanos y alguien les pregunta si ella es la más joven, responden que no, que es la mayor de todos.

—¿Usted cuántos años tiene? –le preguntaré yo.
—Yo ya tengo 80.
—Se ve mucho más joven…
—Ah –reirá con mirada tímida–, ¿de verdad?

Niña Mari lava ajeno. Va dos días por semana a lavar y a planchar ropa en una casa de Santa Tecla desde hace 30 años. Antes iba cinco, pero la vivienda envejeció y se fue vaciando de gente hasta que un día le dijeron que con dos visitas era suficiente. Niña Mari no tiene Seguro Social, nunca lo ha tenido. Niña Mari no tiene pensión de jubilación, nunca la ha tenido. Lleva toda la vida lavando calzones y blumer chucos ajenos y lo sigue haciendo con 80 años. Con lo poco que le pagan aporta a la casa. Me dirá que tiene esperanzas de encontrar otro trabajo, que quizá la contraten donde trabaja su hija Marta Alicia. Ella logró su cartón de bachiller en Salud, pero también limpia ajeno.

—Está en un banco por aquí, por el Mercado Central –me dirá–, porque a veces no pueden hallar de lo que han estudiado, pero como dicen, hay que trabajar de lo que caiga, ¿verdad? Así es. Pero mire, yo oigo en las noticias que van a poner más personal, ella me está diciendo también que tal vez me puedo colocar allí. Ojalá, ¿verdad? Primero Dios.

Tiene 80 años y busca trabajo. En un país en el que en los supermercados la mayoría se cruza de brazos y comienza a mirar impaciente a la nada hasta que alguien –un muchacho, la cajera– le mete su compra en bolsas.

—Madre, no la molesto más –le diré cuando me despida.
—No ha sido ninguna molestia, que le vaya bien.
—Gracias, ha sido un verdadero placer platicar con usted.
—Vaya, que Dios lo bendiga.

Pero todo eso será en cuestión de minutos. Ahora ni siquiera sé que conoceré a Niña Mari, ni que hablaré largo con ella, ni que incluso le terminaré tomando una fotografía porque su yerno así me lo pedirá, ni que al salir de esta humilde casa del barrio San Jacinto sentiré que acabo de estar con una de esas personas que en silencio engrandecen este país, que logran que uno siga enamorado de El Salvador, que permiten mantener la esperanza… A pesar de todo lo demás.


Fotografía: Roberto Valencia

martes, 19 de octubre de 2010

Tenis manchados de sangre

Chinautla (Guatemala), julio de 2009. El taxi ya salió de Ciudad de Guatemala y se acerca a la colonia Tierra Nueva, un populoso y estigmatizado asentamiento compuesto por cientos de casas unifamiliares de bloque, sin parques, casi sin árboles.

—Poné buena música, jefe, que vamos a Tierra Nueva –dice el pandillero que ocupa el asiento de copiloto, al que llamaremos Snayder–. Quizá sea nuestra última canción.

Son varios días juntos ya por un reportaje, y hay cierto grado de confianza. Lo de la última canción lo dice como si fuera chiste, pero él sabe mejor que nadie que Tierra Nueva es una zona con fuerte presencia de maras. Snayder tiene ahora casi 40 años y es lo que se llama un pandillero calmado. Se integró en el Barrio 18 a principios de la década de los 90, en los inicios, cuando la política de deportaciones masivas implementada por el Gobierno estadounidense sembró el fenómeno de las maras en Centroamérica. Le entregó mucho al Barrio, demasiado, por eso no hubo mayores inconvenientes cuando quiso salirse para formar una familia. En el cuello carga una cadena de oro con un fusil de asalto AR-15 a escala. Cualquier pandillero de cualquier país que viera ese colgante sabría qué significa: respeto hacia su portador.

Lo que se sembró hace dos décadas germinó, creció y hoy es un cáncer que carcome desde adentro las sociedades centroamericanas. Los mareros ahora asesinan, descuartizan, torturan, extorsionan y violan de forma sistemática. La violencia desde siempre fue un elemento sine qua non en las pandillas, pero hace cinco años la violencia era menos; y hace diez, menos aún que hace cinco. Al menos en Centroamérica se están perdiendo los códigos, el conjunto de reglas de comportamiento no escritas. Saber qué significa el AR-15 de Snayder es un código, como también lo es no fumar crack o saber que no hay que emborracharse sin permiso. En el submundo de las pandillas, la vestimenta también está regida por códigos: se evita el color rojo, se prefiere la ropa amplia, y siempre debe estar limpia y planchada. La cachucha es un elemento importantísimo, pero más aún lo son los tenis. Pero no cualquiera. Entre toda la oferta, el modelo más apreciado son las Nike Cortez.

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Penal de Izalco (El Salvador), abril de 2010. En el grupo de siete pandilleros que están sentados alrededor de esta mesa hay bajos y altos, flacos y menos flacos, tatuados y sin tatuajes visibles, rapados y engominados… Pero todos tienen tres cosas en común: son jóvenes, visten el uniforme amarillo chillón de reo y llevan tenis de marca tan nuevos que parece que hoy los estrenaron. Casi todos son Nike Cortez.

Los tenis son señal de estatus al interior de la pandilla, por eso la pandilla entrega buenos tenis a los pandilleros más entregados. No es la única función que cumplen. Cuando se arruinan, los tenis se tiran a los cables del tendido eléctrico que atraviesan las colonias, y así se marca el territorio, igual que un graffiti.

Lo de colgar el calzado viejo no lo inventaron las maras ni mucho menos, pero lo han hecho suyo. Se apoderaron de lo que en principio no era más que un mínimo acto de rebeldía juvenil igual que se adueñaron de la palabra mara, que en El Salvador de hace 15 años se usaba para referirse al grupo de amigos, y hoy es sinónimo de grupo de delincuentes.

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La escuela de la Tierra Nueva ni siquiera lleva el nombre de nadie, se llama simplemente Escuela Oficial Urbana Mixta Nº 931. Hacia allá voy ahora con Snayder por una calle polvorienta por el que también caminan niños uniformados –camisa blanca, pantalón o falda azul marino– cargados con libros y mochilas. Es cerca de la 1 de la tarde. Snayder mira inquieto a uno y otro lado. Le pregunto si pasa algo. Con la mirada me señala hacia arriba. De un cable eléctrico que atraviesa la calle cuelgan dos pares de tenis viejos y ennegrecidos.

*****

Después de pasar el día en el penal de Izalco le pregunto a uno del grupo de siete pandilleros la duda que me ha rondado la cabeza.

—Esos tenis tan nuevos, ¿quién te los trae?
—La familia, vos sabés –evade el tema. Las interioridades de la pandilla no se hablan con extraños, es otro código.

En una interpretación muy generosa no me ha mentido. Para un amplio pero indeterminado porcentaje de pandilleros la pandilla es la familia –Por mi madre nací, por el Barrio moriré, dicen los dieciocheros–, con lazos mucho más fuertes que los que jamás tuvieron con su familia biológica. Al pandillero preso la pandilla lo cuida. Es también cuestión de códigos, y este es de los que no se ha perdido. Por eso los centros penales están llenos de Nike Cortez, a 70 dólares el par, casi lo mismo que gana en El Salvador un cortador de café en un mes. Afuera, en las calles de Guatemala y San Salvador, miles de motoristas de autobús, repartidores, profesionales y pequeñas vendedoras que apenas sacan para llevar algo de comer a sus hijos son extorsionados por las maras bajo amenaza de muerte. Pagar la renta, lo llaman cínicamente. Adentro de los penales los pandilleros lucen orgullosos sus Nike Cortez de estreno. Tan limpios como manchados de sangre.


Fotografía: Roberto Valencia
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(Este relato se publicó en el blog Crónicas de Centroamérica, de 
 www.elmundo.es, el 19 de octubre de 2010, bajo el título de Tenis manchados de sangre)

jueves, 14 de octubre de 2010

Mágico, solo uno

—Escuché que le han quitado el nombre al Estadio Mágico González –dice uno.

Y Jorge González, el Mágico, abre los ojos como platos.

En febrero de 2003 el Estadio Nacional de San Salvador Flor Blanca fue rebautizado como Estadio Nacional Jorge Mágico González, un homenaje para muchos merecido al más grande futbolista salvadoreño de todos los tiempos. Pero eso sí, tuvieron que pasar años hasta que al Gobierno el presupuesto le cuadró para invertir en las grandes letras metálicas que explicitan el cambio.

—Sí, así dicen: se metieron a robar y le han quitado el nombre –dice el otro.

El grupo es reducido: el Mágico, dos amigos suyos y yo, que nos hemos citado junto a la canchita de la 10 de Septiembre, en San Salvador. Él vivió algunos años en esta colonia, y la gente lo conoce y lo aprecia, pero de manera comedida, sin esas aglomeraciones que a él tan poca gracia le hacen. Hasta que alguien ha dicho eso de que le han quitado el nombre al estadio solo una señora se ha acercado con unas camisetas para que las firme. 



Con 52 años encima, con lentes y el pelo largo pero vencido ya por las canas, Mágico ha llegado enfundado en unos jeans y con una camiseta con reminiscencias psicotrópicas.

—Ahhhhh –interviene el Mágico cuando se empapa de lo que sus amigos quieren decir–, yo creía que le iban a cambiar el nombre, que no se iba a llamar más como yo.
—N’ombre –dice el otro, entre risas generalizadas–, que se hueviaron las letras, para venderlas.
—No, si a mí no me importaría, en serio, a mí me gustaba más el nombre que tenía antes, el Flor Blanca.

Genio y figura hasta la sepultura, dicen por ahí.


Fotografía: Carlos G. Cano

sábado, 9 de octubre de 2010

El corazón de Monseñor Romero

El corazón de Monseñor Romero está debajo de esas piedras. Cuando al arzobispo de San Salvador lo asesinaron el 24 de marzo de 1980, su cuerpo fue embalsamado, y las hermanas carmelitas se llevaron el corazón y el resto de las vísceras al Hospital Divina Providencia, las introdujeron dentro de una caja, y la enterraron en el jardín junto a la casa donde vivía. A inicios de1983, visto que el lugar comenzaba a convertirse en punto de peregrinaje y ante la inminente llegada al país del Juan Pablo II, las hermanas decidieron levantar una humilde y pequeña gruta, apenas un montón de rocas apiladas en forma de arco, para que los restos quedaran debajo. Arriba colocaron una figura de la Virgen de Lourdes. Al desenterrar lo enterrada casi tres años atrás, vieron que las vísceras estaban incorruptas.

—El corazón de Monseñor estaba en muy buen estado –nos dice la hermana Bernardita Castro, una monja de 83 años, pequeña y con una voz dulce quien, además de atender a enfermos terminales en el hospital, en las tardes hace de guía en este improvisado museo llamado Centro Histórico Monseñor Romero.

Óscar Arnulfo Romero Galdámez fue asesinado de un disparo en el pecho mientras oficiaba misa en la capilla del hospital, a apenas 50 metros de donde Bernardita ahora nos explica que el corazón sigue enterrado. Monseñor Romero es, sin duda, el salvadoreño más universal, y el sentido común indica que algún día será canonizado, pero la Santa Sede –que desde 1997 tiene sobre la mesa la causa– se está tomando su caso con parsimonia. Para la Iglesia católica, la institución, Romero terminó siendo alguien incómodo por su compromiso honesto y sin matices con los más desfavorecidos; tres décadas después, el Vaticano aún no sabe muy bien qué hacer con él.

“Romero no es que sea progresista”, me dijo una vez Miguel Cavada, uno de los teólogos que más han estudiado su palabra, “no es un Casaldáliga, pero a la vez va mucho más allá que un progresista, es una mezcla de lo antiguo con lo nuevo, y eso es lo que lo hace auténtico”. Y peligroso.

En El Salvador muchos aún lo odian. Durante la guerra civil (1980-1992), una fotografía suya colgada en la pared era razón suficiente para ser visitado por los escuadrones de la muerte. Cuando callaron las armas, siguió siendo una figura denostada para el Gobierno en manos del partido fundado por Roberto d’Aubuisson, el asesino intelectual, e incluso para la propia Iglesia. Bernardita está convencida de que el rechazo que todavía por él siente un amplio sector de la poderosa oligarquía salvadoreña –quienes por años financiaron los escuadrones de la muerte– es la razón principal de que no haya sido canonizado.

—En el Vaticano están llevando esto muy despacio –dice–, y es porque la Iglesia aquí, en El Salvador, está muy sumisa al Gobierno, y los de los gobiernos dicen que mientras ellos gobiernen no autorizarán la canonización. Y como el gobierno siempre está bajo la dependencia de la derecha, ¿verdad? Aunque sean de izquierda. Este señor Funes decía que era de izquierda, pero está bajo presiones.

El señor Funes que menciona Bernardita es Mauricio Funes, presidente de la República desde el 1 de junio de 2009. Con su llegada al Ejecutivo, al frente de un conglomerado de fuerzas encabezado por la ex guerrilla del FMLN, parecía que las cosas cambiarían. Y no se puede negar que el obispo mártir tiene hoy mayor presencia en el discurso presidencial y se hicieron guiños simbólicos, como imprimir sellos, sacar un CD de música en su honor o pintar un gran mural en el aeropuerto internacional.


En su primer día de mandato Funes le dio el estatus de guía espiritual de la nación y se comprometió a que el suyo sería un gobierno con una opción preferencial por los pobres. Palabras mayores. “Vamos a combatir la pobreza, a reducir la desigualdad social, a generar más y mejores empleos, a combatir la delincuencia y el crimen organizado”, gritó Funes ante miles de seguidores. ¿Cómo no entusiasmarse ante tanta promesa que sonaba sincera?

Transcurrida más de la cuarta parte de su mandato, El Salvador sigue sumido en una ola de violencia que deja 11 asesinatos cada día, la ley de amnistía de 1993 está aún vigente, el precio de la canasta básica ha aumentado mientras el salario mínimo sigue congelado, el país no deja de endeudarse ante el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional y la CEPAL estima que el crecimiento económico en 2011 será el más bajo de todo el continente. Mientras todo esto ocurre, el gasto en publicidad de la administración Funes poco tiene que envidiar al de su predecesor.


Bernardita nos invita a entrar en la casa, que es poco más que un humilde cuarto con una cama estrecha, una mesa de oficina con una máquina de escribir, una mecedora y un crucifijo. Parece que Monseñor Romero sí se tomó en serio lo de la opción preferencial por los pobres. Quizá por eso a Bernardita no le importa tanto que el Vaticano retrase la canonización, ella está convencida de que el pueblo ya lo hizo santo: San Romero de América.

Para lo otro, para la desigualdad, la miseria y la impunidad que tanto denunció Monseñor Romero y que siguen vigentes en El Salvador, no tiene respuesta. Solo una certeza: que el corazón de Monseñor Romero aún sigue bajo tierra. Quizá para siempre.



Fotografía: Roberto Valencia
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(Este relato se publicó primero el 8 de octubre de 2010 en el blog "Crónicas de Centroamérica", del diario español El Mundo, bajo el título El corazón de Monseñor Romero)
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