martes, 24 de noviembre de 2009

Almuerzo con un pandillero en Pavón

Está endiabladamente bien hecha y es como un imán. Se la mandó tatuar como mecanismo de defensa, para que no lo reconocieran cuando se fugó del penal de El Infiernito. Por más que uno lo intente, cuesta dejar de mirar esa mano huesuda con forma de 18 tatuada en la cara. La tiene en su lado derecho. Nace de la yugular y se extiende sobre su pómulo con textura, profundidad y detalle. El dedo índice llega hasta encima de la ceja; y el dedo gordo, hasta los labios. Alguien podría considerarla una obra de arte, pero para él es una condena a ser inconfundible, a ser dieciochero a perpetuidad. Neck es un hombre pegado a una mano huesuda.

Fotografía: Roberto Valencia
—¿Y tiene algún significado especial?
—Mala suerte, ¿mentendés? –responde, una manera de decirme que deje de preguntar, que no conviene hablar de los tatuajes.

Hace más de una hora que los custodios nos encerraron en el Módulo de Aislados de Pavón, el sector en el que están algunos de los prisioneros más peligrosos y/o inadaptados de todo el penal. Casi todos son del Barrio 18 o de su entorno. Mish se ha echado a dormir, y ahora estoy con Neck y su esposa Brigitte sentado alrededor de la mesa de plástico verde. Ella pregunta la hora –faltan minutos para mediodía–, y pide permiso para levantarse y comenzar a preparar la comida. Al poco regresa, y deja un repollo sobre la mesa, justo delante de Neck.

—No me lo vayas a deshojar todo –eleva la voz Brigitte, y sigue con lo suyo sobre una repisa que le sirve de mesa de cocina.

Neck me ofrece otro vaso de naranjada, y continúa con su vida. La conversación está resultando amena y fluida, como si agradeciera el simple hecho de que alguien se haya molestado en preguntar. Decide liarse un puro. Conseguirlos aquí adentro es tan sencillo como disponer de 2 quetzales ($0.25). Lo ofrece. Neck conserva ese rasgo de ruralidad que lo empuja a uno a compartir lo que tiene, por poco que sea.

—…entonces tiré el arma, ¿mentendés? –divaga Neck.
—Mirá, Gordo –interrumpe Brigitte, casi un grito–, necesito aquel traste verdecito, porfa. Ah, y me traés una cebolla también, porfa.
—Va.
—Una así –extiende sus dedos–, más o menos, porque va a servir para la ensalada y para el chirimol.

Lo llama Gordo nomás por molestar. Neck mide en torno al metro setenta y cinco, pero es delgado como cebollín. Si dejamos a un lado los tatuajes, es bien parecido, un cazador. Tiene una cara simétrica, imberbe, la sonrisa como gesto dominante y de cada una de sus orejas cuelga un arete. El pelo le gusta llevarlo corto, lo justo para tapar las marcas en su cabeza. Su cuello está también surcado por cicatrices y en el brazo derecho tiene un balazo calibre 22. Pese a sus 30 años de vida y 10 en prisión, conserva un aire adolescente en su mirada, en su vestir y en su caminar.

—…pues ese día –retoma la plática y el repollo cuando regresa con el traste– perdimos una nueve milímetros, una Baby Glock, ¿va? Porque uno cuando…
—¡Todo me lo deshojaste ya, vos! –grita Brigitte, el enojo en la mirada– ¡Medio repollo vamos a hacer!

Neck calla y me mira cómplice, como pidiéndome disculpas. No replica. Se levanta y sale a buscar la cebolla.
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Esta escena es un fragmento de una larga crónica titulada "Jonathan no tiene tatuajes" publicada en CIPER (Chile), en El Faro (El Salvador) y en El Patriota (Honduras).

viernes, 20 de noviembre de 2009

No hay peor sordo que el que no quiere oír

El sombrío salón de actos del edificio de la Asociación de Periodista de El Salvador (APES) se ve más luminoso esta noche, como si lo hubieran pintado hace poco. Pero no, la pintura es la misma azul cielo que se puso hace años, y ha bastado con que se cambien algunos fluorescentes para darle otro aire. Falta un cuarto de hora para las 7 del viernes 20 de noviembre, y al otro lado de la mesa cubierta con un mantel blanco están sentados Francisco Campos, Luis “La muñeca” Romero y Edgar Romero, fotoperiodistas los tres. Serán los ponentes de la charla titulada “La ofensiva guerrillera de 1989. Reflexiones 20 años después.”, organizada por la APES para inaugurar la exposición de las fotografías que cuelgan del techo, tomadas todas por Campos. Los tres hablarán con la sabiduría que solo da la experiencia. Tienen 55, 54 y 41 años.

“La muñeca” le apostará al anecdotario personal. Edgar pondrá el toque más didáctico, con sus reflexiones sobre los exiguos archivos fotográficos de la guerra civil salvadoreña. Y Francisco Campos, el protagonista, dará un repaso visual al conflicto apoyado en sus imágenes, el trabajo de toda una vida.

Eso es lo que se oirá desde el otro lado de la mesa.

Pero a este lado hay apenas una veintena de oyentes, 30 sumados los que llegarán con el evento ya comenzado. A este lado de la mesa que separa a ponentes y público faltan, cuanto menos, estudiantes con ganas de aprender, faltan los profesores que animen a asistir a los estudiantes, faltan los fotoperiodistas que creen que están de vuelta de todo, faltan los redactores que prefieren una cerveza a una charla y faltan los editores que creen que hacen periodismo encerrados en un despacho o pegados a un teléfono.

Falta, en definitiva, un gremio que quiera escuchar y aprender de su pasado.



Fotografía. Roberto Valencia

martes, 17 de noviembre de 2009

Si Ellacuría levantara la cabeza...

Al igual que harán más tarde, Juan Antonio Ellacuría también conversó con José María Tojeira hoy hace 20 años exactos. Aquella vez fue por teléfono, para pedir una confirmación de lo que acababa de escuchar por la radio en su casa de Madrid: que su hermano Ignacio, cinco jesuitas más, la empleada y su hija habían sido asesinadas en El Salvador. Esta vez será distinto.

Son las 10 de la mañana, y en unos minutos un jefe de Estado salvadoreño reconocerá por primera vez en público los aportes de los seis jesuitas masacrados aquel 16 de noviembre de 1989, y lo hará con la máxima distinción que otorga el Estado: la Orden Nacional José Matías Delgado Gran Cruz Placa de Oro. La ceremonia es en el Salón de Honor de Casa Presidencial, que se ha quedado pequeño. Es este un local con pretensiones versallescas, de paredes pintadas de blanco y oro, con cortinas doradas, cuadros de próceres y dos grandes lámparas que cuelgan del techo. El traje formal era un requisito explícito en las tarjetas de invitación.

Vestido de impecable traje negro y con corbata de lunares, Juan Antonio –76 años, ojos pequeños, el cabello blanco como la nieve– está sentado en la tercera fila, el gesto serio. Llegó hace unos días a El Salvador, acompañado por su esposa y casi una veintena de familiares. Este es un día realmente especial.

Todavía está esperando a que los que ordenaron la masacre lo admitan –o los condene la Justicia– y pidan perdón, pero cree que la condecoración es un paso importante. “Queremos que muestren un mínimo acto de perdón o de arrepentimiento”, me dijo ayer, cuando lo vi en la misa que la Compañía de Jesús celebró frente a la cripta de Monseñor Romero.

Después de que Juan Antonio haya recibido la banda de seda azul y la cruz de oro, el presidente Mauricio Funes dará su discurso. Se presentará como un discípulo de los jesuitas masacrados, y explicitará un incuestionable cambio respecto a los gobiernos de ARENA: “Esta condecoración significa levantar la alfombra polvorosa de la hipocresía y empezar a limpiar la casa de nuestra historia reciente.” Pero no habrá una petición oficial de perdón como jefe de Estado, y dejará entrever que tampoco moverá un dedo por que en el país se derogue la Ley de Amnistía vigente desde 1993.

Eso será después. Ahora es cuando se acerca el momento de Juan Antonio.

—Por el reverendo padre Ignacio Ellacuría Beascoechea –anuncia la voz de la ceremonia– recibe el señor don Juan Antonio Ellacuría, hermano.

Se levanta, mira a su esposa, y los dos caminan –él primero, ella detrás– hacia donde los espera un sonriente Funes. El aplauso en el Salón es fuerte, sentido y se prolonga por 54 segundos, como si todos los aquí presentes quisieran con las palmas saldar una deuda personal. Juan Antonio cree que algún día la justicia llegará, más o menos tarde, pero llegará. Y esta satisfacción que está viviendo ahora es algo que se le parece bastante.

—Si no hubieran asesinado a su hermano –le preguntaré al final–, ¿cree que él pediría la derogación de la Ley de Amnistía?
—Sí, sí, sí, sí. Y que se aclarara todo. Mi hermano Ignacio habría querido que todo se aclarara porque mientras no se aclare todo, siempre habrá rincones oscuros y dudas.

Pero parece que aún falta. Hoy por hoy, ni siquiera está en agenda del jefe de Estado.



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(Esta es una versión revisada de una crónica publicada el 16 de noviembre en el diario español El Mundo)

domingo, 15 de noviembre de 2009

Penúltimo adiós del gremio a Christian Poveda

La noche del 2 de septiembre diluvió sobre San Salvador. A eso de las 9, comenzó una tormenta tropical ensordecedora, de esas que anegan calles, que desbordan quebradas y que hacen que la ciudad se vea envuelta por una niebla inexistente. Justo a esa hora, un grupo de unos 20 periodistas, camarógrafos y fotógrafos estábamos en la puerta del Instituto de Medicina Legal.

—Solo hace falta que haya inundaciones, porque promete ¿veá? –dijo un colega.

El cuerpo inerte de Christian Poveda, el fotoperiodista francoespañol que dirigió “La Vida Loca”, estaba al otro lado del portón negro y metálico que impide el acceso a las instalaciones. A este lado, una batería de rumores sobre el asesinato. Escuché que lo habían matado porque “La Vida Loca” ya estaba en las calles, que lo llevaron secuestrado a La Campanera, que había dejado una grabadora encendida, que desde hacía unas semanas estaba amenazado... Un colega había muerto y hoy le tocaba ser protagonista de las elucubraciones.

El Salvador es un país violento como pocos. Sus 52 homicidios por cada 100.000 habitantes hacen ver como remansos de paz la tasa de 33 que tienen Colombia y su guerra civil y la tasa de 26 en un México en guerra contra el narco. La violencia se ha instalado en la sociedad salvadoreña. Se asume con naturalidad que en las tiendas se despache a través de barrotes, que obliguen a apagar el celular al entrar en un banco, que haya guardas armados hasta en los hospitales, que la Policía se pasee con ametralladoras en las gradas cuando juega la selección nacional, que ni taxis ni cuerpos de socorro se atrevan a ir de noche a algunas colonias.

Esa naturalidad con la que se tolera la violencia es lo único que se me ocurre que pueda explicar la conversación entre dos camarógrafos que escuché frente al portón de Medicina Legal sobre Christian.

—Yo el cadáver de ese maje sí lo filmé. ¡Puta! ¡El balazo en la cara! Pero como estaba desfigurado, no se le conocía bien –y una risa, sonora.
—Vendele ese material a Cuatro visión, cerote –bromeó el otro, en referencia al noticiero más amarillista de la televisión salvadoreña.
—¡Puta! Es que yo hice las generales, y esas son las que pasamos nosotros, pero de ahí le hice al rostro, porque lo tenía cerca, hasta que los policías me llegaron a sacar, los cerotes.



jueves, 12 de noviembre de 2009

El parque de atracciones Verapaz

En unos minutos Jhonny Ramos se alterará un poco y sin dirigirse a nadie en particular, pero en alta voz para hacerse oír, dirá:

—¡Yo no sé por qué pasa la gente si la Policía cerró el paso! ¡…!

Eso será en unos minutos. Ahora está encorvado, intenta arrancar una motosierra.

Jhonny tiene 38 años, la piel oscura y el pelo rizado y negro como el joven Michael Jackson. Lleva puesto el overall amarillo chillón que identifica a la Ong Comandos de Salvamento y está al frente de la brigada que trabaja en el cruce de la 1.ª calle oriente con la 2.ª avenida norte, en la zona baja de Verapaz, San Vicente.

Es mediodía del lunes y Verapaz es un hervidero de gentes. La madrugada del domingo una correntada de lodo, rocas y árboles bajó del volcán Chichontepec y devastó este pequeño pueblo que rarísima vez aparecía en los noticieros. Hoy es distinto. Ni en las fiestas patronales se ve tan concurrido. Los menos han venido a ayudar, como Jhonny y su brigada. O a intentar ayudar al menos. Pero los más son curiosos que desde primera hora han llegado para ver con sus propios ojos la desgracia ajena. Los hay mirones, y también con cámaras de video, con cámaras fotográficas y con teléfono celular.

La Policía Nacional Civil ha colocado en la entrada a las calles más enlodadas bandas de plástico amarillas de esas que dicen POLICÍA NO CRUZAR, como las que pone cuando hay un asesinato. Pero el morbo puede más.

Hasta este cruce bajaron escombros arrastrados de todo el pueblo. El tapón es descomunal, inestable y surrealista. Lo que más se ve son troncos y raíces, pero también hay hierros retorcidos, rocas, cables, un poste del tendido eléctrico, un televisor, un par de refrigeradoras vacías, un paraguas abierto y un camión estrujado que misteriosamente tiene un foco encendido.

Llevo media hora aquí parado y sobre el tapón he visto pasar, varios tambaleándose, a jóvenes, a no tan jóvenes, a soldados, a viejitas encanecidas, a adultos, a niñas con su bebé en brazos, a socorristas de esos que no se sabe a qué institución pertenecen, a funcionarias del Ministerio de Salud… Parece parque de atracciones.

Y ahora es cuando Jhonny se da por vencido con la motosierra, se incorpora y grita.

—¡Yo no sé por qué pasa la gente si la Policía cerró el paso! ¡Estamos buscando cuerpos y cuanto más personas pasan, más se apelmaza este bolado!

Nadie parece darse por aludido. Y la gente sigue pasando.





sábado, 7 de noviembre de 2009

La muerte loca

A Christian Poveda lo habían asesinado hacía ya más de tres semanas, y en ese período había escuchado de todo sobre su documental “La Vida Loca”: que la copia pirata costaba cinco dólares y cuatro se los quedaba el Barrio, que ponerla en venta era como ponerse una diana en la nuca, que se estaba vendiendo como pan caliente.

Quizá por la sugestión, pero comprarla al atardecer del 24 de septiembre resultó un tanto complicado. Fui a la calle Delgado del centro de San Salvador, zona de influencia del Barrio 18. Dos cuadras al oriente del Teatro Nacional, comencé a preguntar. En los dos primeros puestos me respondieron de un solo que no la tenían. En el tercero, una señora morena y con un delantal blanco que cubría toda su circunferencia dijo que me la conseguiría si esperaba un rato. Gesticuló con la cabeza a un niño escuálido de unos 10 años que estaba a la par, el pequeño se alejó a la carrera, y al cabo de unos dos minutos regresó con la película dentro de una bolsa negra, como si fuera un cadáver.

—¿Y no me la va a probar?

—Mejor no, me la trae si está mala.

Todos los puestos del Centro Histórico tienen al menos un televisor para probar la calidad del producto, y el suyo no era la excepción.

—¿Por qué?

—Por la Policía, que si viene cree que somos mareros –evadió.

La Vida Loca” me costó un dólar. A su director le costó la vida.

jueves, 5 de noviembre de 2009

En misa con el padre Tojeira

Esta iglesia es diferente. Hasta el 13 de enero de 2001, el día del terremoto, las misas se oficiaban en el edificio de al lado, inaugurado hace un siglo, y cuyas dos torres serán hasta que otro terremoto las bote un emblema de la ciudad de Santa Tecla. Situada en el centro, la iglesia de El Carmen es como un garaje largo y estrecho, solo que en vez de carros está lleno de bancas de madera. Las paredes son de lámina y la decoración es escueta, nada que ver con las solemnidades a las que nos tiene acostumbrados la Iglesia católica. Hay un cartel pegado que dice “La pobreza toca el corazón de Dios”.

Son las 8 de la mañana del primer domingo de noviembre, y en el púlpito está el rector de la UCA, José María Tojeira, que cubre la ausencia por viaje del padre Jon Sobrino. Tojeira es largo como un palo de escoba, y sería difícil calcularle los 62 años que ha vivido si no fuera por sus abundantes canas. Ahora lleva una sotana verde que deja al descubierto los bajos de sus jeans. En la mesa hay un ramo de flores y tres velas encendidas. Justo antes de que comience con su homilía, el coro entona una canción sentida, con pasajes filosos, como aquel que dice que la Biblia es algo que sirve para “chapodar toditas las amarguras que hay en nuestra sociedad”. O el estribillo, que presenta las Sagradas Escrituras como “la palabra del pueblo que busca y construye su liberación”.

Tojeira se acerca al micrófono, lo eleva acorde a su altura y lee San Mateo 5, 1-12. Luego hace su interpretación, que no tarda en desembocar en la realidad nacional.

—En El Salvador -se envalentona Tojeira-, y a pesar de las medidas oficiales del Gobierno contra la pobreza, se nos dice, y yo creo que hay más pobreza que la que dicen las mediciones oficiales, que hemos pasado de un 30% de pobres a un 40%, de 2007 a 2009. Es decir, 600.000 personas más están hoy en un nivel de vida de pobreza.

Al fondo de la iglesia, pegado contra la pared, un anciano escucha postrado en su silla de ruedas y con la cachucha sobre sus piernas en señal de respeto.

—¿Y cómo se explica eso? –prosigue–. Hay una especie de guerra de los poderosos contra los débiles, ¿verdad? Porque los poderosos no han dejado de vivir bien. A veces a mí me dan risa, y me voy a meter en un tema en el que no me suelo meter en las homilías, estos pleitos en el partido ARENA sobre por qué perdieron las elecciones. Que si fue malo el candidato, que si no sé qué, que si no se cuánto… Pero si es relativamente normal, si hay 600.000 personas que en dos años han pasado a ser pobres, sea ARENA, FMLN o sea quien sea, lo normal es que pierda las elecciones, porque la gente se desespera. La gente siente cuando tiene el bolsillo o hasta el estómago vacíos.

El Salvador es un país en el que la televisión está llena de analistas –serios los menos, con su opinión hipotecada los más– que se pasean altaneros por los canales de televisión y las páginas de los periódicos. Sin embargo, es en esta humilde iglesia de Santa Tecla, desde un púlpito, donde me ha tocado escuchar uno de los análisis más concisos y diáfanos sobre la histórica derrota de la derecha en las elecciones del 15 de marzo.
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