jueves, 10 de diciembre de 2009

El payaso sin gracia

Desde que el país entró en recesión cada vez hay más payasos. No resulta difícil verlos caminar por la calle en parejas o en solitario, con sus trajes anchos y coloridos, con sus rostros ocultos por la pintura, con su sonrisa dibujada. No resulta difícil verlos por la calle, pero donde proliferan es en los autobuses.

Hace cuatro días, cuando regresaba de San Rafael Cedros, una pareja se subió en la unidad que hace el recorrido desde San Vicente hasta la Terminal de Oriente, en San Salvador. Eran realmente buenos, con gracia. Con más o menos disimulo, todo el pasaje sonreía ante sus ocurrencias. Una que me gustó fue que al llegar al túnel del aeropuerto de Ilopango, uno de ellos, el que llevaba la palabra bajó el volumen de sus gritos hasta ahogarlos en silencio, como ocurre con la radio del carro. Tuvieron buena cosecha de monedas.

Hoy es distinto. Acaba de subir un payaso en este bus de la ruta 101-D, dos paradas después de la de Metrocentro. Lleva una camisola fluorescente –la del segundo equipamiento del Barcelona–, unos pantalones anchos de color rojo y naranja, unos tenis blancos y viejos y una mochila al hombro.

Arranca el bus y un pasajero se va hacia la parte de atrás.
—Caballero –grita el payaso–, no se baje, macizo. Mire, que son pérdidas monetarias…

Una joven se levanta también.
—Señorita, no siga los malos ejemplos, ¡no se baje!

La cara la tiene bien maquillada, predominan el blanco y el rojo, con dos cruces negras delineadas sobre sus mejillas.

—Caballero, ¿usted me ha visto en la radio? Sí, es cierto, sí me puede ver en la radio, en la radiopatrulla, cuando me llevaban preso.

Ni una risa.

—¿Verdad que aburren los payasos? Si hasta caen mal, yo ni puedo ver a un payaso. ¿Por qué creen que no compro espejos grandes?

Es evidente que el payaso no tiene gracia alguna.

—Tengo un consejo para las señoritas. Mire, si una muchacha a lo mejor siente, piensa o sospecha de que su novio le es infiel, ¡solución! Desquítelas conmigo.

Cuenta otro par de chistes igual de malos. Nadie le ríe nada. Casi nadie le da nada. Desde que el país entró en recesión, pienso, el hambre está creando más payasos sin gracia.


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