domingo, 15 de noviembre de 2009

Penúltimo adiós del gremio a Christian Poveda

La noche del 2 de septiembre diluvió sobre San Salvador. A eso de las 9, comenzó una tormenta tropical ensordecedora, de esas que anegan calles, que desbordan quebradas y que hacen que la ciudad se vea envuelta por una niebla inexistente. Justo a esa hora, un grupo de unos 20 periodistas, camarógrafos y fotógrafos estábamos en la puerta del Instituto de Medicina Legal.

—Solo hace falta que haya inundaciones, porque promete ¿veá? –dijo un colega.

El cuerpo inerte de Christian Poveda, el fotoperiodista francoespañol que dirigió “La Vida Loca”, estaba al otro lado del portón negro y metálico que impide el acceso a las instalaciones. A este lado, una batería de rumores sobre el asesinato. Escuché que lo habían matado porque “La Vida Loca” ya estaba en las calles, que lo llevaron secuestrado a La Campanera, que había dejado una grabadora encendida, que desde hacía unas semanas estaba amenazado... Un colega había muerto y hoy le tocaba ser protagonista de las elucubraciones.

El Salvador es un país violento como pocos. Sus 52 homicidios por cada 100.000 habitantes hacen ver como remansos de paz la tasa de 33 que tienen Colombia y su guerra civil y la tasa de 26 en un México en guerra contra el narco. La violencia se ha instalado en la sociedad salvadoreña. Se asume con naturalidad que en las tiendas se despache a través de barrotes, que obliguen a apagar el celular al entrar en un banco, que haya guardas armados hasta en los hospitales, que la Policía se pasee con ametralladoras en las gradas cuando juega la selección nacional, que ni taxis ni cuerpos de socorro se atrevan a ir de noche a algunas colonias.

Esa naturalidad con la que se tolera la violencia es lo único que se me ocurre que pueda explicar la conversación entre dos camarógrafos que escuché frente al portón de Medicina Legal sobre Christian.

—Yo el cadáver de ese maje sí lo filmé. ¡Puta! ¡El balazo en la cara! Pero como estaba desfigurado, no se le conocía bien –y una risa, sonora.
—Vendele ese material a Cuatro visión, cerote –bromeó el otro, en referencia al noticiero más amarillista de la televisión salvadoreña.
—¡Puta! Es que yo hice las generales, y esas son las que pasamos nosotros, pero de ahí le hice al rostro, porque lo tenía cerca, hasta que los policías me llegaron a sacar, los cerotes.



3 comentarios:

  1. Qué triste. A veces no se sabe si lo peor es la violencia y el hecho de que la gente la ve como normal (o como espectáculo, como dijo Christian).

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  2. Enorme, Roberto. Enorme.

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  3. por lo que acabo de ver en su documental toman cada muerte de los compañeros de las maras entre llantos, resignación y, cómo expresarlo, naturalidad...

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